El futuro está en el caos

Alberto Barrera Tyszka

Alberto Barrera Tyszka

Sobre las dificultades de la diversidad: desde 1998, en todas las elecciones presidenciales o parlamentarias, a muchos venezolanos nos ha tocado votar de reojo, con cierto temblor en el ánimo, negociando a regañadientes con nuestras preferencias particulares. Quiero decir que, en gran parte de este proceso, muchos ciudadanos hemos ejercido nuestro derecho de elegir aun a pesar de los candidatos por quienes hemos votado. Y lo hemos hecho, además, deliberadamente y, en algunos casos, incluso, con patriótico entusiasmo.

Tengo un amigo en los Andes que no le confiaría a uno de los líderes de la oposición de Mérida ni siquiera la administración de esa singular placita, con pretensiones de pequeña Baviera, donde un reloj intenta unos compases de Beethoven cada cuatro horas. Ni siquiera, dije. Pero no dudo que el próximo septiembre irá a votar por ese mismo líder, así sea tragando grueso y con el orgullo un poco cabizbajo.

La democracia se nos ha vuelto más compleja, más difícil. No votamos tan sólo por un candidato sino por una posibilidad, por un sistema de posibilidades. Entendemos que estamos eligiendo, también, una dinámica política. Frente a la oferta de la sociedad disciplinada, que pretende uniformar la vida civil y cuartelizar la experiencia ciudadana, nosotros votamos por la alternancia, votamos, incluso, por sus errores. Preferimos apostar por la imperfecta pluralidad.

El proceso de elección interna de candidatos de la oposición, que culminó la semana pasada, como siempre, ha mostrado esta realidad desigual, irregular. Por supuesto que para un buen grupo de ciudadanos la actitud de Enrique Mendoza es incomprensible. Tan incomprensible, por cierto, como la manera de hacer telepolítica que ha desarrollado Julio Borges.

De la misma forma, puede resultar inexplicable que, en un mismo espacio, se haya puesto a competir a dos candidatos como María Corina Machado o Carlos Vecchio, quienes más allá de sus posturas ideológicas representan propuestas independientes, con arrastre y fuerza en diversos sectores de la sociedad. Tan inexplicable como la escogencia de algunos candidatos que hicieron determinados partidos políticos, como si secretamente quisieran desconcertar a sus votantes y espantar a los llamados Ni-Ni, proponiendo a figuras emblemáticas de lo peor de la cuarta república.

Creo que, sin embargo, esta vez, y quizás por primera vez, este proceso de unidad, aun con todo lo ocurrido y todo lo dicho, terminó ofreciendo una imagen de una oposición más densa, heterogénea pero articulada. No faltarán, supongo, los analistas y expertos en sondeos y en imagen que reiteren que no hay salida, que la oposición está asociada al caos, que carga encima la “marca del caos”.

El imperio de lo lineal

Esa apreciación, esa frase tan de diagnóstico publicitario, dialoga muy bien con el momento que vive la sociedad venezolana, con la nueva cultura y los nuevos sentidos que promueve el poder. Forma parte, también, del lento pero seguro proceso de militarización que vive el país. Todo aquello que implique diferencias, que reconozca desacuerdos, que requiera un mínimo debate, es juzgado y señalado de inmediato como caótico, como desordenado, como ineficaz.

El modelo autoritario que controla el poder aparece como representación ideal de todas las relaciones sociales. Frente a la diversidad de la oposición, se propone una organización, mitad iglesia, mitad ejército, donde sólo una persona tiene la primera y la última palabra.

Todos están uniformados, todos invocan el nombre del supremo líder a cada rato, todos repiten sus palabras.

Lo ha dicho esta semana ese apóstol aventajado que es Carlos Escarrá: “Aquí no hay confrontaciones”. Queriendo diferenciarse de la oposición, ha recordado uno de sus dogmas esenciales: aquí no hay divergencias, aquí sólo hay una voz. Ordene. Comandante, ordene.

Las primarias del PSUV más que un ejercicio democrático son un acto publicitario.

Forman parte de la campaña electoral. Ya el partido discutió eso hace mucho. Incluso, hace meses, según se señaló, el mismo Diosdado Cabello anunció que “por razones estratégicas” sus candidatos serían elegidos por el propio Presidente. En todo caso, no hace falta convencer a nadie de que no habrá un solo diputado oficialista que no haya sido bendecido por el dedo superior.

Frente a esto, cualquier cosa es caos, todo lo demás es caos. Esa es su importancia radical en estos momentos.

La pluralidad, hoy en día, es un bien no renovable. Como nos enseñaban cuando éramos niños. Ahora podríamos decir lo mismo. La diversidad es vida: no la malgastes. Sólo en el caos hay futuro.


[i] Título original LA IMPORTANCIA DEL CAOS

 
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