Los carteles de la droga no mueren, se mudan

Andrés Oppenheimer

Observando cómo los carteles de narcotráfico están penetrando en los niveles más altos de algunos gobiernos centroamericanos, no puedo evitar preguntarme si la guerra de Estados Unidos contra las drogas sólo ha servido para empujar a los capos de la droga a mudarse de Colombia a México, y ahora de México a Centroamérica.

¿Está logrando reducir el narcotráfico esta guerra? ¿O sólo sirve para expulsar a los narcotraficantes de un país a otro?

La semana pasada, durante una visita de 48 horas a Guatemala para participar en una conferencia sobre asuntos económicos, encendí el televisor del hotel antes de ir a dormir la primera noche y me enteré de que el presidente Alvaro Colom acababa de despedir a su ministro del Interior Raúl Velásquez por un caso de corrupción.

Velásquez era el cuarto ministro del Interior destituido en poco más de dos años. Dos de sus predecesores habían sido echados por presuntos vínculos con el narcotráfico.

Pero eso no fue todo. Al día siguiente me enteré de que Colom acababa de destituir al jefe de la Policía del país, Baltazar Gómez, y al jefe de su unidad antidrogas, por su presunta responsabilidad en el robo de 700 kilogramos de cocaína decomisados el año pasado.

El predecesor de Gómez, Porfirio Pérez, había sido depuesto en septiembre acusado de robar $300,000 de los narcotraficantes. Y uno de los más recientes predecesores de Pérez, Adan Castillo, había sido despedido tras haber sido filmado en secreto cuando aceptaba $25,000 de un informante de la DEA en el 2005.

El tráfico de drogas no es algo nuevo en Centroamérica. Pero tal como lo reconoció el propio Departamento de Estado de Estados Unidos en su informe anual sobre el narcotráfico en el mundo, dado a conocer la semana pasada, el tráfico de drogas se ha disparado en Centroamérica desde que el presidente mexicano Felipe Calderón lanzó su guerra contra las drogas –apoyada por Washington– hace hace tres años.

“A medida que México logra mayores avances contra las organizaciones criminales que operan en su territorio hay cada vez más evidencias de que las organizaciones de tráfico de drogas de México están estableciendo su presencia en estas regiones [vecinas], particularmente en algunos estados centroamericanos”, afirma el informe del Departamento de Estado.

Intrigado, pedí una entrevista con Colom y le pregunté si encuentra alguna correlación entre la ofensiva de México contra los carteles y el aumento de la corrupción y la violencia vinculada al narcotráfico en su país.

“Cuando el presidente Calderón tiene éxito, yo tengo problemas”, respondió Colom con una sonrisa de resignación. “O luchamos regionalmente contra el narcotráfico o perdemos”.

Según Colom, la guerra contra los carteles que está teniendo lugar en México no es el único motivo por el que los carteles se están mudando a Centroamérica. El virtual desmantelamiento del ejército guatemalteco tras los acuerdos de paz de 1996 que pusieron fin a la guerra civil redujo las fuerzas armadas de 54,000 a 12,000 efectivos en los años siguientes, y dejó el norte del país sin protección, explicó.

“Cuando el presidente Calderón tiene éxito, yo tengo problemas” Álvaro Colom, presidente de Guatemala.

¿Vale la pena que Estados Unidos siga gastando miles de millones de dólares en la lucha contra el narcotráfico en Latinoamérica, cuando los carteles simplemente se mudan de un país a otro?, le pregunté.

“Sí”, dijo el presidente. “El año pasado incautamos más cocaína y drogas sintéticas que en los últimos cuatro años. Yo no me quiero siquiera imaginar cuántas vidas se salvaron con las toneladas de drogas que incautamos”.

Mi opinión: Estoy de acuerdo en que no se puede tirar la toalla y no hacer nada. Pero también está claro que tras haber gastado mas de $14 mil millones en las últimas cuatro décadas en programas antinarcóticos en Colombia, Bolivia, Perú, México y otros países de la región, Latinoamérica sigue siendo el mayor exportador de cocaína y marihuana a los Estados Unidos.

Es cierto que en los últimos años Estados Unidos ha destinado una creciente proporción de su presupuesto antidrogas a la prevención y educación dentro de sus fronteras, y que el porcentaje de la población estadounidense que consume drogas ha disminuido.

Pero es necesario hacer algo más. Quizás es hora de que Washington considere seriamente la despenalización del consumo personal de marihuana –tal como lo propusieron el año pasado los ex presidentes Fernando Henrique Cardoso, de Brasil; Ernesto Zedillo, de México y César Gaviria de Colombia– para liberar enormes recursos que podrían ser usados para combatir más eficientemente las drogas más peligrosas, como la cocaína y la heroína.

Tal como están las cosas ahora, la guerra contra las drogas de Estados Unidos no está funcionando. Todo lo que está haciendo es expulsar a los carteles de un país a otro, sin afectar demasiado el narcotráfico.

 
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