Hay que hacerse respetar

Argelia Rios

Argelia Ríos
argelia.rios@gmail.com

La sola unidad electoral es insuficiente para plantarle cara a la revolución.

Un hombre toma el recipiente donde trae su almuerzo. Lo oculta en un sobre manila y se dirige hacia al pequeño comedor de la oficina. Allí, frente al microondas, se ordena en la fila donde sus compañeros aguardan turno para calentar el almuerzo. La corbata no es una diferencia: quien la lleva está en la misma condición de quien luce atuendos más informales. La envoltura de la vianda esconde los pudores de unos y otros. Las raciones son similares en tamaño y contenido: se disponen a comer lo que pueden, para engañar al estómago.


Dentro de cada tupperware hay un mundo de preguntas y respuestas acerca de lo que nos está ocurriendo como país. El alimento diario es una hazaña; una prueba ostensible de la bancarrota del país. El pudor es llamativo: en las oficinas, en sus espacios de trabajo, hombres y mujeres se esquivan para no compartir la mesa. Comen a hurtadillas, encorvados alrededor de los tazones: resguardándose de las miradas; evitando exponer sus mazacotes de arroz partido. El ritual corresponde a lo que el gran maestro Cabrujas describía como “el país del disimulo”; del enmascaramiento.
Sinuosamente, la gente de a pie se esfuerza en no exteriorizar su situación ruinosa; en evitar la exhibición de su vergüenza que, en sí misma, representa un silencioso reconocimiento del menoscabo de su calidad de vida… En la imagen de la vianda guardada con celo hay una mezcla de sentimientos: orgullo, decoro, y también, al mismo tiempo, humillación y degradación… “El proceso” trabaja para menoscabar la dignidad; para ultrajar su voluntad. Nos exige una rendición incondicional, a la que pudiéramos estar cediendo por causa del disimulo al que Cabrujas dedicó tantas reflexiones atinadas.
Quienes aspiran a producir un cambio en Venezuela tienen el deber moral de estimular el cese del disimulo. El arroz partido -el tupperware camuflado dentro del sobre manila- es parte del boceto de la cubanización. Del empobrecimiento fabricado para facilitar la opresión; para dominarnos a través del hambre. Para apocarnos.
La sola unidad electoral es insuficiente para plantarle cara a la revolución. La decadencia a la que nos están condenando merece otro tipo de atención. Las batallas entre los factores democráticos no son del interés de los ciudadanos humillados. Ellos las observan con el mismo hastío que les provoca el gobierno, porque, en el fondo, hacen parte del mismo estado de disimulo; del conjunto de artificios con el cual se eluden luchas más arrojadas y confiables. La dirigencia opositora está obligada a rebelarse -sin cálculos inferiores- contra el deliberado abajamiento de la nación. No somos ni queremos ser lo mismo que Cuba. Pero hay que hacerse respetar para impedirlo. ¿Para qué otra cosa eran los espacios conquistados?



Título original: Espacios conquistados, país del disimulo

 
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