Vuelvan caras

Juan Miguel Matheus
jmmfuma@gmail.com
Twitter: @JuanMMatheus

La frase del General Páez que titula este artículo es especialmente oportuna en los tiempos que corren. Hoy miles de venezolanos sucumben a la tentación de irse del país. La descomposición moral y política, el temor a la delincuencia, la incertidumbre frente al porvenir y las penurias económicas son algunas de las razones que mueven a probar suerte en latitudes lejanas. Venezuela -duele decirlo- se está desangrando. Cada día que pasa pierde su mayor riqueza: los venezolanos. No sólo han muerto 120.000 personas en manos del hampa durante los últimos once años sino que, además, son muchos los venezolanos que se marchan.
Hay ocasiones en las cuales irse del país es algo inevitable. Pueden existir razones familiares, de salud o de conciencia que lo justifiquen. Sin embargo, la mayoría de las veces se trata de una huida al hecho de vivir en la en la zozobra, lo cual es comprensible. Nadie puede ser obligado a soportar unas condiciones de vida como las que padecemos los venezolanos. Pero lo mejor para Venezuela es quedarse. Sólo si nos quedamos estaremos en condiciones de luchar. De lo contrario -aunque suene fuerte- se abandona la patria a merced de los malos y se empeña el futuro de las próximas generaciones.
Como es obvio, quedarse en el país requiere un ejercicio de generosidad. Supone una decisión personalísima de asumir libremente el sufrimiento. Ello es especialmente costoso cuando se tiene una familia y se es responsable de otras personas, o cuando se tienen bienes económicos que proteger. Sin embargo, aquí aparece la idea que esclarece el asunto: lo que Venezuela necesita es heroísmo. Eso quiere decir sacrificio. Nadie nos regalará la paz ni la libertad. Serán fruto de un heroísmo magnánimo, que mueva a construir en el país lo que se busca en otros lugares: justicia, seguridad, progreso, etc.
Debe tenerse en cuenta que no hemos nacido en Venezuela por obra del azar. Ser venezolanos tiene un componente providencial. El hecho de vivir aquí y ahora, en la Venezuela chavista, es algo que no escapa a los designios de la Providencia. Es en Venezuela en donde nos corresponder desplegar nuestra humanidad y hacernos mejores personas. Nosotros no hemos elegido lo que nos toca sufrir. Lo que sí podemos elegir, lo que verdaderamente depende de nosotros y conduce a la plenitud humana, es ser generosos para resistir este aluvión de mal, aunque ello comporte incomodidades y riesgos.
Para ello la clave es cultivar una esperanza responsable. Juan Pablo II nos enseñó que “el mal, aunque lo parezca, no prevalece sobre el bien”. Sus victorias son aparentes. Tiene sus días contados. Dios, quien gobierna el mundo, es la fuerza que lo limita. Pero a los hombres nos corresponde poner los medios humanos para que eso sea así. Entre ellos el primero es, precisamente, quedarse en el país. Y si sobreviene el sufrimiento podremos recordar lo dicho por Sócrates, una vez sentenciado a muerte: “No os preocupéis, atenienses, que los dioses no son indiferentes a los sufrimientos del hombre que lucha por la justicia”. Algún premio tendremos reservado.


 
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