DESPIERTA VENEZUELA

Francisco A. Bello Conde

Francisco Bello

Hoy amanecí asqueado. Me vienen a la mente episodios protagonizados por los líderes del Gobierno Nacional: frases mal construidas adornadas con trajes y corbatas italianas, relojes costosos con uñas mugrientas, Hummers con muñequitos colgando del retrovisor, una lancha importada inmensa llamada “La Revolucionaria” con un peculiar logotipo que coloca una boina roja sobre la primera “R”, jets de última generación llenos de meretrices que mezclan champaña francesa con chimó y restaurantes llenos de groseros personajes que a voz en cuello hablan de millardos mientras saborean algún escocés de 18 años.

Inevitablemente, estos pensamientos que representan una oda a la chabacanería, comienzan a mezclarse con imágenes de nuestros barrios y zonas rurales. Aparece  un niño desnudo cubierto de tierra, una niña de 14 años en cinta cargando en los brazos su primer hijo, un adolecente baleado, una madre humilde que llora, un enfermo que espera y unos ojos sin luz que perdieron los sueños.

Pienso en los presos políticos y sus familias, en los dueños de fincas y empresas expropiadas, hechas a punta de trabajo por generaciones, en RCTV, en una pila sin agua, en un País a oscuras.

La grima me carcome y se convierte en vergüenza; la ira muta hasta hacerme besar la tristeza. Se cuela por mis venas un doloroso ácido que nos tienta a desgarrarnos a golpes, a arrancarle del pecho el corazón a quienes juegan con la esperanza ajena, a gritar lo que pretenden callar quienes gobiernan, a abrazar cualquier mendigo de la calle,  a llorar con cada niño que se acuesta sin comer.

En medio de la rabia y la impotencia que produce la injusticia, miro alrededor y me liquida de un zarpazo la indolencia de muchos de mis afectos, la indiferencia de tantos a quienes quiero, la comodidad de los que tienen más que dar y tanto por hacer.

El País no aguanta otro amanecer sin que despierte su gente, no soporta la ceguera de los que pueden ver pero son incapaces de abrir los ojos, pero sobretodo, Venezuela no merece morir de mengua en los brazos de quienes tanto le debemos.

No se puede estar en medio de un incendio sin quemarse, es imposible naufragar sin tocar el agua, como no se puede vivir en un País que se derrumba sin que nos tapien de escombros tarde o temprano.

Ha llegado la hora, el atraso nos embosca y el futuro ruega por nuestra participación; Despierta Venezuela

 
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