LA REVOLUCIÓN DE LAS IDEAS MUERTAS

Carlos Ochoa

Carlos Ochoa

Moisés Naim en una entrevista reciente, soltó una frase que resume el compendio ideológico del padre del Socialismo del siglo XXI: “Chávez está enamorado de las ideas muertas”.  La precisión del diagnostico de Naim, calificandolo de necrofilia ideológica, ayuda a comprender mejor el socialismo in retro del líder, que utiliza como gancho empero el discurso del progresismo social.

El progresismo como otras corrientes de pensamiento político, tiene su origen  en la Revolución Francesa, defendía la igualdad, la solidaridad social y el fin de los privilegios, pero también defendía las libertades individuales. Esto lo vinculó en el siglo XIX con el socialismo utópico. En el contexto histórico contemporáneo el progresismo es lo opuesto al conservadurismo, por ello en esta etapa se opone al neoliberalismo que impulsa la reducción del estado y la privatización de la vida pública. El progresismo actual propone una sociedad democrática, comunitaria, autogestionaria, multicultural, ecologista, defensora de las libertades sexuales etc. En esencia  privilegia una sociedad centrada en  la vida comunitaria sobre la vida individual. Mucho de estas ideas progresistas están plasmadas  en la constitución votada en  1999. Pero además el progresismo sostiene, que para crear una red de ciudadanía que profundice la democracia y la justicia social, es imprescindible la existencia de un estado descentralizado  donde lo público no aplaste ni invada lo privado.

La revolución cubana es un fósil ideológico, y por ello poco o nada puede ofrecer en  materia de ideas a las complejas sociedades latinoamericanas. La razón principal radica en que la solidaridad y el desarrollo humano, sólo pueden avanzar en una sociedad con una economía emprendedora y un empresariado sin tutelaje del estado omnipresente.

El progresismo de nuestros días combate el estatismo radical. En esta premisa encontramos la mayor contradicción ideológica de Hugo Chávez. No se puede ser progresista y a la vez desarrollar controles para imponer un sistema de gobierno secuestrado por un caudillo. El discurso de justicia social, de equidad, bienestar, se estrella contra la muralla dogmática del socialismo estatista soviético en su versión cubanizada, que por todos los medios posibles intenta imponernos el Presidente.

Bien distante está el comandante del neo-marxismo de la Escuela de Frankfurt, que relanzó los socialismos a un área más clara de compromiso social, sumando una importante representación de cristianos y socialdemócratas. El socialismo de Chávez huele a formol y a naftalina. ¿Qué de nuevo hay en el socialismo expropiador, regulador, de pensamiento único?

La necrofilia ideológica de Chávez nos está costando demasiado, el estado clientelar y centralizador es todo lo contrario al estado emprendedor que se requiere para impulsar una sociedad comunitaria, democrática y autogestionaria.

 
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