Silencio en las paredes

REPIQUE

Mélida Qüenza Ponte

Por siempre, muros y paredes han sido  los sitios naturales donde la gente expresa lo que siente. Ahí rueda la información, se difunden opiniones, se lanzan primicias o “tubazos”, en fin, las paredes son como las primeras páginas de los diarios, con la ventaja que allí no hay censura, no existe la limitante de guardar formas y contenidos de temas que pueden ser incómodos, escabrosos o riesgosos y por tanto requieren especial tratamiento para ser difundidos. Si el escrito, pinta o graffiti, es anónimo, no hay límite alguno para que se exprese su autor.

En culturas milenarias como la china, escribir en las paredes fue parte de la vida cotidiana, los dazibaos eran grandes paredes donde el pueblo se expresaba, eran una especie de periódicos gigantes donde se resumía la actividad de los pueblos, sitios respetados por todos.

En otros casos, la costumbre de una persona o grupo de colocar  periódicamente en muros sus opiniones, críticas o simples frases, convierte en símbolo el lugar y la gente está pendiente de lo que allí se escribe e identifica de inmediato su procedencia.

También las paredes han servido para que los jóvenes con inclinaciones artísticas den rienda suelta a su creatividad, algunos tienen propuestas interesantes, otros no tanto, pero en todo caso, los muros ayudan a esos muchachos que tienen necesidad de expresarse. Los graffitis en todas sus modalidades son parte del paisaje urbano.

Todo esto viene a colación por las acciones que se han visto en la ciudad donde murales y pintas, específicamente de naturaleza política, han sido borrados totalmente con baños de pintura blanca y gris. Todo apunta a brigadas del gobierno regional que en horas nocturnas se dedican a esta tarea, un trabajo claramente dirigido a eliminar todo mensaje político de partidos identificados con el gobierno nacional. Pareciera que no tienen inconveniente para asumir la autoría, pues se han visto a pleno día, concretamente en la autopista del sur, vía Tocuyito, trabajadores del llamado “ejército de la alegría”, con sus franelas amarillas, echándole brocha a murales “bolivarianos”.

A lo mejor, el argumento de esta “operación brocha”, es que los murales afean el ambiente, que se trabaja por una ciudad limpia, etc., eso tal vez puede aplicarse en casos de mensajes insultantes, obscenos, irrespetuosos o que atenten contra los valores humanos, pero no cuando se trata de simple promoción de un grupo con su logo y lema o slogan, como ha sido tradición en Venezuela. Claramente, hay un ventajismo por parte de quien ostenta el poder regional, una doble ventaja sobre los movimientos que no tienen los recursos económicos para emplear vallas, pendones y otros elementos publicitarios, para difundir sus ideas. Eso va contra los derechos que la Constitución Nacional establece para todo ciudadano.

Silenciar las pared

 
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