Un café con Manuel Caballero

Simon Alberto Consalvi

SIMÓN ALBERTO CONSALVI
sconsalvi @el-nacional.com

Manuel Caballero no va a misa desde que tenía 7 años de edad, cuando hizo la primera comunión. No le pregunto si es ateo porque me abstengo de poner a los amigos en ascuas. Si yo fuera Saramago (delirio extravagante) y hubiera escrito la gran novela Caín, diría que Dios suele ser generoso con quienes no creen en él: Manuel está otra vez en luna de miel, y no hay mejor prueba de existencia del Altísimo.

El historiador tiene una colección de arte popular con la imagen de la Divina Pastora, y le pregunto si es un signo de fe. “Nunca le pido nada ­dice­. De hecho, nunca rezo.

Pero ella es tan generosa conmigo, que se la pasa haciéndome milagros: solidaridad de paisanos, supongo”. Entre guaros, obvio.

–¿Has pensado alguna vez en que los pecadores van al infierno? –Pero también los justos: ¿no estamos en este país desde hace once años pagando justos por pecadores? Manuel acaba de escribir Historia de los venezolanos en el siglo XX, editado por Alfa.

–¿De qué se trata, en pocas palabras? –Un intento de escribir la historia de los venezolanos en el siglo XX ­responde­. ¿Por qué no “Historia de Venezuela”? Por dos razones: la primera, porque es en el siglo XX que podemos llamarnos venezolanos, por haber logrado la integración como nación, y conciencia de serlo. La segunda, porque “Historia de Venezuela” remite a un texto descriptivo, cosa que trato de evitar: mi libro intenta combinar información y reflexión.

–Al escribir esa historia, ¿te movió la pasión política o la histórica? –Ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario: lo que me movió fue la pasión de comprender el porqué de su prolongada influencia en el siglo XXI.

–Dame tres nombres de los venezolanos que marcaron ese siglo…

–Los dos primeros ya tú los conoces, porque he escrito sendos libros sobre ellos: Juan Vicente Gómez, el fundador del Ejército nacional y del Estado moderno; Rómulo Betancourt, por haber “nacionalizado” a los venezolanos en 1945.

Sobre el tercero, el historiador no tiene un nombre, y explica: –En cuanto al tercero, la lista es más amplia: figuran allí Rafael Caldera, por haber creado (y destruido) la democracia cristiana y convertido así un conservatismo arrinconado y endógeno en una organización de masas; Carlos Andrés Pérez, por no haberse dejado tumbar en el 92 y haberse dejado tumbar en el 93: en ambos casos, por evitarnos la guerra civil; Rómulo Gallegos, Jesús Soto y José Antonio Abreu, por haber trascendido las fronteras nacionales y demostrado que la mayor gloria no es necesariamente la de las armas.

–Siempre has dicho que el 14 de febrero de 1936 nació la democracia venezolana. ¿Por qué lo sostienes de manera tan categórica? –Porque para mí la democracia no es la sucesión de gobiernos democráticos, sino la conciencia popular de su propia fuerza, como lo demostró por primera vez en esa fecha. Esta no es una afirmación siempre elogiosa, porque esa conciencia y esa fuerza no las emplea el pueblo siempre derechamente. De hecho, como lo afirmo en mi libro, la democracia no “se derrumbó” en 1998: ella está vivita y coleando, sólo que ahora nos está mostrando su peor cara. Es por eso que, en mi libro, pongo la política por encima de la democracia.

–Luego de escribir la historia del siglo XX, ¿cómo lo juzgarías en el contexto general de la historia venezolana? –Es el siglo de la paz y de la democracia ­dice el historiador con convicción­, pero sobre todo es el siglo de la política. Las tres cosas nos han hecho vivir una de las etapas más brillantes de nuestra historia.

Le pregunto a Manuel cómo imaginaría a Venezuela sin petróleo; desdeña la pregunta y me dice, simplemente, que no lo sabe ni le interesa saberlo: “Yo no practico lo que la insondable erudición de Luis Castro Leiva llamaba `contrafactualidad histórica’, la historia es lo que es, no lo que debió haber sido”. Santa palabra. Persisto en el ejercicio imaginario y le pregunto al historiador por el futuro que se aproxima en este ambiguo siglo XXI, y me da sus claves, como quien no le hace concesiones a las fantasías ni elude lo extravagante de estas realidades: –No soy profeta ni iluminado. Parto de la base de lo que hemos vivido en el siglo XX, y sobre eso decimos que en el XXI seremos actores y testigos de la misma situación que hemos vivido hasta ahora: la lucha entre la política, o sea, el reino de la imaginación, y la peste militar, o sea, el reino de la estupidez. Si Venezuela quiere ser un país y no sólo “un gentío” debemos vacunarnos contra esto último. Pero sabiendo que siempre estará presente, buscando aniquilarnos. A Dios gracias, porque si no, este sería un país muy aburrido.

Finalmente, menciono lo inevitable, qué piensa de la adulteración o la llamada “reescritura” de la historia. Y así concluye este café: –Maxime Rodinson escribió que cada generación vuelve a escribir la historia, a la luz de sus preocupaciones presentes. Pero lo que la peste militar pretende no es reescribir la historia, sino abolirla, para sustituirla por una imbécil tira cómica dentro del proceso de cretinización de un pueblo para convertirlo en una masa gregaria y aclamacionista.

 
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