¡Hay que hacerse respetar!

Argelia Rios

Argelia Ríos
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¿Cuál temor es mayor? ¿El temor a la victoria o el temor a la derrota?

La revolución no se detiene. Incluso cuando luce encasquillada, los motores que la empujan pueden continuar su marcha. Cada combate de esta lucha pone a prueba al país democrático. Permanentemente, el gobierno busca exponer a esa enorme porción de venezolanos como a un grupo carente de dirección y sin bríos para defenderse de arbitrariedades que procuran profundizar la impotencia y provocar la rendición de los contrarios.


Es probable, desde luego, que -sobreestimando su liderazgo- el cálculo de Chávez resulte equivocado; pero es ingenuo descartar de plano que “el proceso” está condenado a fracasar por causa de la ruina económica del país. El “modelo” que Chávez proclama -inspirado en la subordinación y el empobrecimiento de la sociedad- pudiera seguir avanzando en medio de los peores ahogos, si la dirección democrática eludiera una firme respuesta ciudadana, en la cual quede claramente expuesta su decisión de exigir, a las autoridades, respeto.
No es discutible la pertinencia del esfuerzo por transformar en votos el descontento de la gente. Sí lo es, en cambio, no ofrecer -en este trayecto -una reacción atinada a las barbaridades del gobierno, que -aun pareciendo pifias de consecuencias gravísimas e inevitables- podrían convertirse en sólidos “progresos revolucionarios”. Dicho de otro modo, el resultado electoral -sea cual sea- necesita ser defendido desde ya, mediante triunfos políticos que se anticipen al 26S: el chavismo debe saber cuán costoso le será reeditar la experiencia del post 2D, cuando, habiendo sido derrotado en las urnas, desconoció en la práctica el mandato popular, al imponer su reforma constitucional.

La estrategia electoral del país democrático no puede reducirse únicamente a la obtención de unos votos y de unas curules. Limitar el éxito a ese hecho coincidiría con el plan de Chávez, de degradar la confianza, efectividad y eficiencia del voto como mecanismo de cambio. Es un hecho que el gobierno procurará esterilizar los resultados: pero también es cierto que una actuación insatisfactoria de sus adversarios, ante ese nuevo arrebato, desprestigiaría la alternativa al “proceso” y a la propia actividad política.

El asunto, por lo que comienza a observarse, ha puesto sobre la mesa una espinosa interrogante. ¿Cuál temor es mayor? ¿El temor a la victoria o el temor a la derrota? El revés electoral de la oposición desencadenará, sin duda, un terrible terremoto revolucionario: el mismo que derivaría de una victoria opositora mal administrada, de la cual germinen ideas dramáticas que marcarán el futuro. Desde el “que se vayan todos”, pasando por el “ya no hay nada qué hacer”, hasta algunas otras innombrables. No basta crecer o ganar. ¡Hay que hacerse respetar!

 
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