¿Rumbo? Ninguno

Carlos Blanco

Los que se creen Napoleón dentro del manicomio se introducen una mano en la levita y con la otra apuntan al que se cree Bolívar y lo acusan de loco, mientras Penélope asegura que Ulises regresó de La Habana, pero salió a hacer mercado en Quinta Crespo. Rasputín discute con Sancho Panza y uno que dice llamarse Hugo Rafael quiere divertirse con lobotomías. Así están las cosas. Pareciera que varios orates, malos, malignos y malucos, hubiesen descabezado a los pilotos y, luego de instalados en la cabina de mando, empezado a apretar botones. Una bomba lanzan aquí mientras una ametralladora dispara allá; entretanto, el monje loco mueve las palancas de ascenso y descenso, traspasa la barrera del sonido, después apaga los motores, no encuentra el freno de mano, arranca en cuarta, revienta la caja de velocidades, y los pasajeros -el país completo- como rehenes de la pandilla de maniáticos que se divierte con chifladuras suicidas. Así anda el país.

Manejo de la Economía.

Jorge Giordani se ha impuesto en esta pelea, al menos por ahora. No lo ha hecho, de acuerdo a sus declaraciones, basado en razones sino en sentimientos; no se trata de lograr objetivos económicos sino de hacer que sus enemigos prueben la arenilla que se mete en la boca cuando a alguien le machucan la cabeza contra el pavimento. Giordani, que era un modoso fantaseador de la planificación centralizada, encontró en Chávez la mina de oro que le permitió vengarse de sus propias modestias y a partir de allí ha decidido quebrarles el espinazo a los especuladores que son todos aquellos que se comportan racionalmente en una economía salvaje. Se cuida bien de no mirar a sus lados, donde están sentados los que han vendido ilegalmente dólares en el mercado permuta, cuando han debido entregarlos al Banco Central.

Quien conozca a Giordani desde hace años jamás habría podido imaginar que esa desgarbada catadura, de hablar suave, albergara tanto deseo de poder y tanto odio como el que trasunta. Él, como Chávez, quiere ver a sus enemigos chillando; tal vez no con la picana sino con la ruina. Giordani tiene ventajas sobre sus colegas pues no le interesa la acumulación personal de bienes (como por ejemplo al colega pillín que, aseguran, se nacionalizó en Luxemburgo); lo que le interesa es el ejercicio duro del poder. Ha logrado experimentar el goce siniestro de ver cómo se arruinan los empresarios porque sobre la desolación se edificará el socialismo a fuerza de hambre y fuego.

Lo que hacen los chiflados al mando, con la clara oposición de varios miembros del directorio del BCV, incluido Merentes, así como de otros que tienen nociones de economía, es detener en seco el aparato productivo. Pararlo por completo mientras cavilan sobre la manera de meter más alcabalas y controles; en tanto las importaciones -que son de casi todo lo que se come- se paralizan hasta que un grupo de caballeros y doncellas lleguen a entenderse. La ilusión que tienen estos personajes es que una vez que hayan detenido el músculo cardíaco del país por 15 días, volverán a conectar los cables y la humanidad echará a andar otra vez. Estos nigromantes usan “esa clase de remedios que curan la enfermedad matando al paciente” (Keynes dixit). Escasez e inflación son las respuestas que vendrán a las medidas tomadas. Buscarán como responsables a “los especuladores” e incrementarán controles, apretando el cuello a cualquiera que pase por allí hasta que no les quede otro cuello libre que el propio.

Jorge Giordani

La Otra Banda. Para infortunio de las buenas conciencias, el país no está dividido entre malos que gobiernan y los buenos que se le oponen. La sociedad toda está contaminada de los virus del odio y la exclusión. La disidencia hoy ha vuelto a ser mayoría, pero la dirección partidista se ha cerrado sobre sí misma. Muchos de los voceros de la Mesa de los partidos son expresión del chavismo sin Chávez: no admiten la más mínima disidencia y, como el caudillo, descalifican a quien ose disentir. Cabe pensar en cómo serían algunos de estos personajes en el ejercicio del Gobierno. Deberían comprender que hay un sector de la sociedad que lucha contra el actual régimen porque no admite la discrepancia y no está dispuesto a luchar para que, al final, otros intolerantes lo sustituyan. Como los partidos tienen el monopolio de las postulaciones electorales, varios dirigentes se dan el lujo de vituperar a los divergentes porque quien diverge es “antiunitario”. Igual que Chávez. Para no hablar de las vergonzosas risotadas…

Los del Medio. Quien esto escribe ha saludado la disidencia del chavismo. El caso de Podemos, del PCV, el más reciente del PPT. Pero, como dicen en las orillas del Capanaparo, una cosa es con guitarra y otra con bandola. Muchos de estos chavistas de hasta antier ahora se consideran con derecho a denostar de las luchas de los sectores opositores que no se comieron el cuento de la revolución bolivariana. Exhiben como credenciales que le fueron leales a Chávez pero que anduvieron engañados. Lo cual no es cierto; no los engañó; los usó hasta que se cansó y estos sectores compartieron todos los abusos en contra de la disidencia democrática, hasta que Chávez los expulsó del paraíso. Y se separaron, en varios casos por razones principistas, pero en otros porque no les dieron lo que pedían, los pusieron en la cola o les cerraron el grifo. Por tanto, no les queda bien comenzar a dar lecciones de democracia cuando ampararon los latrocinios cometidos. El encuentro entre todos los disidentes es excelente, pero sin tutelas y sin derechos adquiridos.

¡Agárrenlo, que se va!

La única tuerca floja del tinglado oficial es el descontento. No de la burguesía sino del carnicero, del panadero, del obrero, del empleado, del agricultor, del militar, del estudiante; en fin, del proletario. Chávez, que tiene un barómetro especial para medir el peligro, que es su propio miedo, sabe que la marea sube y que amenaza reventar las compuertas. Huele a remezón. Nadie lo organiza porque no hay nadie capaz de meter en una busaca el descontento existente, pero allí se incuba. No se les ocurre otra cosa que hacer persecuciones individuales con las cuales gozan mórbidamente del poder que ostentan y así tratan de aleccionar. No te alebrestes porque vas preso.
El resultado lamentable es que estos sapos uniformados o de cuello blanco pueden hacer cosas horribles como las que han practicado en contra de muchos, como a la jueza Afiuni, Leocenis García, Baduel, Álvarez Paz, Diego Arria, los comisarios, la Gente del Petróleo, Otto Gebauer… Hacen daño; se vengan. Pero apuntan a donde no es. Ese descontento que anda por allí estalla todos los días como fumarolas dispersas; llegará un día en que una dirección competente, lúcida y arrojada, convertirá la furia en fuerza. Si no llega el caos total primero.

 
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