El fin de la guerra

Luis Ugalde

LUIS UGALDE

Los cantos de guerra siempre son engañosos, prometen vida y traen muerte. La guerra es odio, miedo, silencio, muerte, exilio, cárcel y cementerio. La guerra es hambre y miseria que perduran por décadas. Los resultados de la guerra presidencial están claros: puso en fuga el dólar y las inversiones, destrozó la empresa privada y empujó a abandonar el país a miles de jóvenes bien formados. El éxito de su política (destruir la empresa y la iniciativa privada de millones) es la derrota de su gobierno y de su país: fábricas y haciendas cerradas, sin producción endógena, puertos cubanizados descargando productos importados, precios por las nubes y un gobierno lamentable con un discurso ideológico trasnochado. Verdadero triunfo pírrico: destruyó la empresa y se quedó sin posibilidades de rendimiento y trabajo digno. Sembró con éxito la mala cultura “reparticionista” frente a la necesaria cultura “productivista”, pero no distribuyó a los pobres educación de calidad, capacitación

y oportunidades multiplicadoras; por eso los trabajadores con trabajo precario o desempleados suman 70%. El desastre no discrimina colores.

El decenio de promesas, anuncios de guerra y de oportunidades perdidas concluye con un hecho claro y alentador: la inmensa mayoría de los venezolanos no quiere guerra, ni siquiera la verbal, y está harta y convencida de que su esperanza no pasa por las armas, ni por el odio ni por la eliminación de los derechos humanos de los “traidores” que no apoyan al régimen.

Sin embargo, esa mayoría no quiere volver al pasado ni quiere renunciar a la poderosa esperanza de vida y de cambio que se levantó hace una década, con brotes primaverales y sueños de vuelo libre que alegraron el año 1999 y aterrizaron en una Constitución idealista.

Pero sólo quien sabe producir y construir convierte los bellos sueños en realidades. Ahora, en medio del desencanto, el país necesita encontrarse con renovados políticos (de diverso signo), empresarios, gente de las iglesias, universidades…. portadores de esa esperanza legítima con nuevo espíritu creativo, visión de inclusión y responsabilidad social. La esperanza era correcta y sigue siendo válida; pero el camino fue errado.

No se trata de salir de esta guerra para entrar en otra de revanchas y venganzas. En los próximos dos años tenemos extraordinarias oportunidades para aislar las voces del odio y de la criminalización del otro, para superar absurdos estatismos improductivos y atraer y promover creadores y educadores de ciudadanos para hacer y ofrecer oportunidades en una democracia social con convivencia y respeto a la Constitución. Crear convivencia y bienes y servicios de calidad.

Que en la nueva Asamblea se oigan voces diversas, se traigan razones, se discutan proyectos y se crucen argumentos. Que todos los venezolanos sientan que, por encima de todo (incluso de “Yo el Supremo”), hay un Tribunal Supremo confiable que defiende sus derechos. Necesitamos un presidente que sea el eje de la unión, entrenador que convoca a jugadores de clubes rivales para que jueguen en una sola selección nacional y juntos hagan goles para el triunfo tricolor; no hay otra manera de salir de la pobreza, la corrupción, la ineficacia, el odio, la división y el miedo. No se trata de salir de una guerra para entrar en otra. La guerra ha terminado en el sentir de los venezolanos que la repudian, la construcción sólo es posible sobre los cimientos de la paz y tenemos dos años para realizar los cambios democráticos.

¿Deseos? Por supuesto, pero deseos de la inmensa mayoría de los venezolanos, no importa de qué bando. Falta que ese sentir mayoritario encuentre dirección y cauce.

Habrá dificultades, el Presidente seguirá montando teatros de guerra, acosando con agresividad y excluyendo; minorías ruidosas de diverso signo le harán el juego en el mantenimiento del espíritu de amenaza y destrucción. Pero no hay que caer en su trampa. Los venezolanos quieren la paz, la guerra ha terminado; ésta y cualquier otra. La alternativa constructiva debe presentarse con emoción, claridad y sin dispersión.

El cambio soñado en 1998 es posible, pero el camino no es la ruina cubana, sino la afirmación y el trabajo en un equipo formado por todos “nos-otros”, venezolanos diversos, sumando fuerzas y en paz.

Fuente El Nacional

 
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