Los niños del dique

Antonio A. Herrera-Vaillant

Las aguas económicas inexorablemente encuentran su nivel: el capital exige seguridad

Casi todo el mundo recuerda el cuento del niño holandés que salvó a su pueblo metiendo su dedito para tapar un hueco en el dique que amenazaba con inundarlo.
A lo largo de la historia muchos gobernantes han querido actuar como el niño del dique, desafiando ciertas leyes económicas con medidas oficiales. La situación se agrava en países con tradición quijotesca.


El Libertador, con el arrojo de 28 años de edad y sin experiencia política, indignado con ciertas prédicas clericales ante el terremoto de 1812, dijo: “Si la naturaleza se opone a nuestros designios, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”.
Aquella inocente exhortación bolivariana la esculpió el Banco de Comercio de Caracas en grandes letras sobre su pared lateral de la Plaza El Venezolano. Ese banco quebró en 1985.
La tendencia a querer resolverlo todo por decreto se agudiza en los períodos de bonanza de naciones monoproductoras. Allí la prepotencia oficial no tiene límites, e invariablemente se administra la abundancia con escasez de criterio.
Pero la guinda de la torta surge cuando aparecen abusivos déspotas, con mentalidad de sargentos y edad emocional de niños de 12 años. Si a ellos se suman los persistentes neo-comunistas, empeñados en resucitar teorías universalmente fracasadas, la receta para una hecatombe queda garantizada.
Pese al colapso global, aquellos teóricos se nutren de resentimientos tan intensos que alcanzan el desequilibrio emocional. Admiran el “modelo chino” por lo autoritario, pero contradicen todo cuanto China hace para lograr su desarrollo económico.
Una vez en el poder rinden culto a lo rojo, proliferan imágenes del “Che” Guevara -émulo latinoamericano de Pol Pot- y ultimadamente sacan afiches de Stalin: su verdadera querencia.
Promueven el modelo cubano, una versión latina de Corea del Norte, que sobrevive en el oxígeno de subsidios externos y remisiones de emigrados: son naciones fracasadas en todo menos la total sumisión a un hombre, el descarado culto a su personalidad, y la falta de sucesión fuera de su círculo familiar inmediato.
Pero las aguas económicas inexorablemente encuentran su nivel: el capital siempre exige seguridad y aun la más férrea dictadura es impotente frente a un “mercado negro”, que abarca no sólo divisas sino también productos y servicios.
Y es que cuando se dinamitan los diques de la confianza y el raciocinio desaparece, se presenta -no apenas un huequito- sino una tronera del tamaño del derrame petrolero del Golfo de México- que ningún infantil dedito podrá tapar.

aherreravaillant@yahoo.com

 
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