EL EMPATE TECNICO

Manuel Felipe Sierra

FABULA COTIDIANA

Manuel Felipe Sierra

¿Era posible un resultado distinto al que reflejó la primera vuelta presidencial de Colombia? Hasta pocos días antes, existía la impresión que se trataba de una elección no sólo polarizada sino caracterizada por un “empate técnico”. ¿Hasta dónde esa visión sintonizaba con la realidad? Colombia es un país en guerra. La sociedad vecina ha padecido y padece un terrible conflicto con raíces históricas y sociales que, necesariamente, se expresa en los eventos políticos. ¿Cómo era concebible, entonces, que una corriente que colocaba el tema en segundo plano, que le cantaba a la naturaleza y que practicaba rituales propios de una secta oriental, pudiera en sólo dos meses acceder al poder? Es explicable que un conflicto como el colombiano que genera enormes costos sociales, produzca cansancio y abra espacio para la búsqueda de formulas de paz. Pero que una tendencia semejante cobre fuerza en poco tiempo para sepultar la contienda no cabe en el análisis.

El “Partido Verde” de Mockus participó en las elecciones parlamentarias del 14 de marzo y obtuvo una modesta representación en comparación con el uribismo. Es una votación significativa en términos de futuro, como base para acumular fuerzas y perfilar una alternativa a mediano plazo; ¿Pero que debió ocurrir para que esa fuerza en dos meses asumiera una dimensión capaz de ganar la Presidencia de la Republica? Uribe, según todos los sondeos, tiene una popularidad del 80 por ciento; y de no haberse producido la decisión de la Corte Constitucional que anulo el referéndum, tendría asegurado un tercer mandato. Juan Manuel Santos, el candidato con mayor proyección del uribismo (Vargas Lleras y Noemí Sanín son aspirantes también en el mismo mercado) no es un simple beneficiario de la herencia política presidencial. Santos está plenamente identificado con las decisiones más importantes y decisivas de la política de “Seguridad Democrática” cuyos logros sustentan el liderazgo de Uribe. En consecuencia, sólo una candidatura capaz de enfrentar frontalmente las propuestas uribistas, y unificar la oposición política, podría resultar atractiva para la mayoría del electorado y tener posibilidades de victoria. Lógicamente, siempre en el abanico de ofertas electorales existirá espacio para opciones como la de Mockus, pero difícilmente está pueda cobrar la velocidad de un rayo como para asaltar sorpresivamente el poder por la vía electoral.

¿Cómo se explica entonces el “empate técnico” que vaticinaban las encuestas? Colombia, como la mayoría de los países latinoamericanos presencia el declive de los partidos históricos. Los partidos Conservador y Liberal sufren un progresivo desmantelamiento clientelar. Uribe y el propio Santos vienen de las filas liberales y ahora representan el rostro de nuevas organizaciones. Este proceso ha facilitado la emergencia de novedosas propuestas programáticas y otros líderes y conductores. En este marco en los años sesenta emergió el planteamiento de la “antipolítica” que ayudo a Alberto Fujimori en Perú y Collor de Melo en Brasil a llegar al poder y catapulto a Mockus como alcalde de Bogotá. En Venezuela esta onda tuvo expresión en 1988 con la caída electoral de AD y COPEI y la insurgencia de los liderazgos de Henrique Salas Römer y Hugo Chávez, pero ambos como expresiones de la política y la tradición democrática. Salas represento el surgimiento de nuevos actores sociales y políticos con un proyecto de relevo a favor de la descentralización; y Chávez rescató el lenguaje de la izquierda tradicional y reivindico los resabios míticos del caudillismo y el militarismo. Pero en ningún caso estas opciones podrían considerarse como productos de la “antipolítica”.

Mockus logra combinar ahora el reclamo de paz que genera la guerra de Colombia, con las corrientes ecologistas y cuasi-religiosas que tienen un notable poder cultural y social, pero mucho menos eficacia política. Estos movimientos son abrazados por los tentáculos de lo que Sartori denomina la “videocracia”, es decir, el uso de los medios de comunicación y la tecnología de investigación pública en el ámbito electoral. Tendencia que se ha hecho mucho más compleja con la consolidación de las redes sociales (facebook y twitter) que desatan un poderoso alcance comunicacional.

A este cuadro se suma el uso que se suele hacer de las encuestas. Las mediciones de opinión son un instrumento científico válido como herramientas para el análisis y la articulación de estrategias. Sin embargo, se ha hecho común su uso propagandístico en la medida que los resultados sean favorables a determinados partidos o candidatos. Más que la equivocación de las encuestas y la responsabilidad de los encuestadores, habría que señalar en este caso la irresponsabilidad de voceros políticos y el uso fácil que de ellas suelen hacer algunos medios de comunicación. En Colombia el domingo 30 ocurrió lo que tenía que ocurrir.

 
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