Gratuidad y nueva sociedad

Ovidio Pérez Morales*

Ovidio Pérez Morales

ovidio.perez@gmail.com

El término “nueva sociedad” designa otro “tipo” de convivencia social que se corresponda más y mejor con lo que requiere la comunidad humana. Y entre los factores (valores) que se explicitan al perfilarla, destacan la justicia y la libertad, los derechos humanos.

La “nueva sociedad” no puede pensarse como un punto terminal histórico; es, en efecto, un horizonte, que progresivamente se alarga en metas y exigencias, aprovechando la experiencia (logros y frustraciones) y la reflexión del homo viator (el humano caminante).

Ahora bien, a la hora de precisar formas y estructuras de la convivencia por alcanzar, se manifiestan filosofías e ideologías, concepciones diversas de la vida, con sus correspondientes proyectos societarios.

Adam Smith y Marx, por ejemplo, abren, en perspectiva económica, caminos distintos. De modo semejante, corrientes espiritualistas orientales y utilitarismos de corte occidental despliegan escenarios contrastantes en cuanto al sentido del perfeccionamiento humano.

En el Evangelio, los cristianos encontramos, por supuesto, principios y orientaciones, valores y motivaciones relativos a la edificación de esa “nueva sociedad” (civilización del amor). Y no sobra repetir que el incansable molino de la historia es permanente trituradora y/o mezcladora de especulaciones y diseños, y fuerza así una permanente generación de novedades.

Un factor que debe ser incluido en la concepción y construcción de esa “sociedad deseable” es la gratuidad, la cual ofrece un ícono patente en nuestro tiempo: Teresa de Calcuta. Invita a todos, cualesquiera sean los campos en que se muevan y sus situaciones personales, a obrar no simplemente por la ganancia económica, el mantenimiento o aumento del poder (político o de otra índole), el prestigio y culto de la propia imagen, el placer de los sentidos. De Jesús es la frase: “Mayor felicidad hay en dar que en recibir”. (Hechos 20, 35).

La gratuidad supone la justicia e implica, junto con la solidaridad (que es empeño por el bien común, por el bien de todos y cada uno), variadas formas de sensibilidad humana y también de delicadeza ecológica. El Evangelio invita a ir todavía más allá, abriendo la gratuidad a fascinantes, escandalosas y trascendentes exigencias. Es la razón de por qué, para muchos, resulta risible y chocante el Sermón de la Montaña. Éste llama e interpela hacia la compasión y la misericordia, el perdón y la reconciliación, el amor a los enemigos. La medida de la gratuidad evangélica es como un tonel sin fondo, porque tiene como modelo el amor de Cristo, la caridad de Dios.

La gratuidad, además de impregnar el relacionamiento interpersonal, comunitario, ha de abrirse espacio también en el ámbito organizacional y empresarial, para hacer más perceptibles y eficaces la fraternidad y el amor en nuestro mundo concreto. Por eso, hoy, términos como economía de gratuidad, economía de comunión, no son sólo palabras y romántico fantaseo, sino búsqueda y trabajo serios y realistas.

De Benedicto XVI es esta afirmación: la economía globalizada parece privilegiar la lógica del intercambio contractual; pero tiene necesidad de otras dos: la de la política y la de la gratuidad (véase Caritas in Veritate 37). La economía exige acompañarse de ética y de mística. Por el bien de toda la sociedad. ¡Y de ella misma! Una “nueva sociedad” es impensable sin gratuidad, que es don sin contraprestación.

* Ex presidente de la Conferencia Episcopal/Arzobispo emeritus de Zulia y Miranda

 
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