La otra solidaridad

Tulio Hernández

TULIO HERNÁNDEZ
hernandezmontenegro@cantv.net

Me conmueve grandemente el destino de aquellos venezolanos que luego de haber estado en el punto más alto del poder político bolivariano, sentados tantas veces a la diestra del Dios padre en sus paradas militares, se hallan hoy sometidos, o a punto de estarlo, al mayor sufrimiento y escarnio moral que alguna vez hubiesen imaginado para sí mismos y sus familias.

Ahora, Albornoz está viviendo la intolerancia.

Andan por allí. Dispersos.

Escondidos, unos. Ocultos debajo de la mesa, los que pueden. Exiliados y autoexiliados, otros. O condenados, muchos, a pasar buena parte de sus vidas útiles, y cuidado si el resto de su vida toda, pagando la condena que les ha impuesto como castigo divino el implacable dedo del jefe militar al que hasta hace muy poco sirvieron.

No hago ironías. Ni mofas soterradas. Cuando digo “me conmueve” expreso un sentimiento profundo de tristeza, desencanto y dolor por el destino de este nuestro país perdido al verificar los niveles de crueldad, desagradecimiento, intolerancia, sentido utilitarista de las personas y manejo grotescamente arbitrario de la justicia, al que ha llegado en su ambición de poder Yo el Supremo y la cúpula militar con apoyo civil que le acompaña.

Es como para que se nos encoja la esperanza. Obviamente, no creo que todos estos ex funcionarios sean varones inmaculados. No me consta su inocencia. Tampoco sus culpas. Pero lo que resulta absolutamente inaceptable, y por eso sin titubeos me solidarizo con ellos y sus familias, es que los mecanismos mediante los cuales el Gobierno les persigue y humilla, tratando de degradarlos moralmente, primero; de impedir su incorporación a la vida política, después; y de abrirles procesos judiciales amañados que los lleven a prisión, por último, pecan de la misma arbitrariedad, ilegalidad y caprichos personales con los que se ha tratado a los civiles de las diversas tendencias de oposición.

Ni el mismísimo Müller Rojas se salvó del descrédito.

Si no fuese así, ¿cómo se explica que personas, como el general Baduel, que hasta la noche anterior eran héroes de guerra, revolucionarios insignes, salvadores de la patria, oficiales de excepción merecedores de los tres soles del Mariscal de Ayacucho, a la mañana siguiente, una vez que han hecho públicas sus diferencias con el régimen, quedan convertidos en boca del jefe y de sus seguidores-perritos en cobardes de mediopelo, contrarrevolucionarios probados, agentes del imperio y de la CIA y, sobre todo, degenerados ladrones de siete suelas?

No es un hecho fortuito. Es una metodología. En asunto de días, Henry Falcón, el consensualmente exitoso gobernador de Lara, pasó de “brillante expresión de la eficiencia revolucionaria” a “contrarrevolucionario mediocre cuya traición hace tiempo aguardábamos”. Y bastó que el general Müller Rojas abriera la boca para expresar sus preocupaciones por el caos y el personalismo reinante en el PSUV para que pasara de ser “el hombre de la sabiduría consensual del partido” a la condición de “pendejo viejito lusinchista”, como le escuchamos decir frente a una botella de dieciocho años a un apasionado oficialista.

Baduel pasó de salvador de la patria a agente del imperio.

Ahora le ha tocado el turno a José Albornoz, nuestro ex compañero de estudios ucevistas, hasta el lunes vicepresidente de la Asamblea Nacional. Albornoz, que hizo filas con Falcón y el PPT en sus críticas a la intolerancia, el sectarismo y el autoritarismo del PSUV y del presidente Chávez, pero sin saltar la talanquera, como le gusta decir a la televisora estatal del PSUV.

Es decir, hizo lo imposible para que se entendiera que sus críticas eran hechas desde dentro del proyecto del socialismo del siglo XXI.

Fue más lejos aún. Hizo públicas declaraciones de fidelidad a Hugo Chávez. Le mandó flores. Chocolates. Buenas intenciones. Pero nada funcionó. Recibió a cambio un puntapié en el trasero, en una de esas operaciones de malandros de puerto que ha caracterizado la vida reciente de la Asamblea Nacional.

Chavez y Baduel

La lección es clara para todos los que están dentro. O bajan la cabeza y piden perdón o a prepararse para lo peor. No sé de dónde sacaron que las cosas podrían ser diferentes si la consigna siempre ha estado clara: “¡Con la revolución todo, contra la revolución nada!”. Y ya sabemos quién es la revolución.

Dime cómo tratas a quienes han estado cerca de ti y te diré quién eres. O mejor, te diré cómo tratas a quienes siempre han estado lejos.

 
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