Los dos miedos

Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner

Vivo entre dos mundos. Vivo entre dos miedos. En uno, en Europa, donde pasó buena parte del año, formo parte de los atemorizados. En el otro, en Estados Unidos, pertenezco a los que atemorizan. Me explico: en Europa, la corriente principal de la sociedad o mainstream sufre atormentada por la creciente presencia de personas de religión islámica. Cincuenta y cuatro millones de musulmanes viven en Europa. Según afirma el parlamentario holandés Geert Wilders, en sólo 12 años el 25 por ciento de la población europea será mahometana. Esa ya es la proporción en varias ciudades: Ámsterdam en Holanda, Marsella en Francia y Malmo en Suecia. De acuerdo con la proyección demográfica, a fines del siglo XXI, impulsados por una tasa de natalidad mucho más intensa, quienes se identifican con el Islam serán mayoría en el Viejo Continente. En Europa se les atribuye a estas personas, especialmente a las de origen árabe, una frágil identidad cívica y un débil arraigo nacional. De acuerdo con el Pew Research Center, la mitad de los musulmanes radicados en Francia, muchos de ellos nacidos allí, aseguran que su lealtad religiosa es más poderosa que la que los vincula a la nación a la que pertenecen. Otra institución citada por Wilders, el British Centre for Social Cohesion, afirma que en Gran Bretaña una tercera parte de los estudiantes desearía que el mundo viviera bajo la autoridad de un califato.

A numerosos europeos les molestan las mujeres con velo o burka, los guetos excluyentes, la proliferación de las mezquitas, el antifeminismo, la intolerancia inherentes al Corán y el sordo respaldo al terrorismo islámico: un tercio de los musulmanes franceses no rechazan a los terroristas suicidas. A muchos europeos, además, les irrita no poder exhibir su enojo con la situación porque la “corrección política”, en nombre del multiculturalismo, exige mostrar una risueña indiferencia ante esta minoría.

¿Qué temen, en suma, millones de europeos? Temen que el creciente peso demográfico de un segmento étnico-cultural ajeno a la tradición y a la historia blanca y cristiana de la región, enemiga de Occidente durante el milenio medieval, acabe por convertirse en la fuerza dominante de la sociedad y termine por imponer sus valores retrógrados y su cosmovisión antiliberal.

Cruzo el Atlántico. La otra parte del año suelo pasarla en Estados Unidos. En el último viaje a Miami me recibe un letrero antihispano. Dice: “Latinos no. Tacos no”. Han hakeado la cartelera electrónica de una autopista para escribir ese texto. La asociación entre latinos y tacos forma parte del estereotipo. La idea platónica de los hispanos es un mexicano. En Miami hay pocos mexicanos, pero la confusión es razonable: el 80 por ciento de los cuarenta y cinco millones de hispanos son mexicanos.

Muchos “anglos” y afroamericanos sospechan de los hispanos. Les preocupa el aumento notable de este grupo, el uso frecuente de la lengua española y las costumbres diferentes. Todos los días confirman el dictum famoso: la lengua más extendida del mundo es el broken English. Los hispanos ya constituyen la mayor minoría del país, pero en torno al 2050 será el segmento étnico mayoritario. Serán unos cien millones y habrán superado el número de anglos. Ya hay varias ciudades abrumadoramente hispanas: Miami, Hialeah, Coral Gables, El Paso, Los Ángeles. Son más de veinte. Pero el dato más sobrecogedor es otro: en más de 200 ciudades norteamericanas se ha detectado la presencia mafiosa de los cárteles mexicanos con sus secuestros y crímenes.

Arizona, por su proximidad a México, es uno de esos campos de batalla. La legislación “anti inmigrantes ilegales” que acaba de aprobar tiene relación con estos hechos violentos, pero el espíritu de la ley (no la letra) es antihispana. Son decenas de millones los norteamericanos que silenciosamente detestan que su país cambie de perfil cultural. Algo parecido a lo que sucede en Europa con la presencia de la minoría islámica.

O estoy comparando las actitudes de los hispanos en Estados Unidos y los mahometanos en Europa. En general, los hispanos tratan de integrarse a la cultura central del país, son cristianos y no aborrecen el sistema político y económico de Estados Unidos. Al contrario: acudieron al país en busca precisamente de ese tipo de convivencia. Lo que me parece curioso es que los dos grandes centros políticos y económicos de Occidente, tanto Estados Unidos como Europa, perciban que su identidad esté en peligro. Y a lo mejor están en lo cierto: Occidente está mudando de piel. Parece que es un proceso lento, largo, muy doloroso y permeado por el miedo.

Fuente: www.firmaspress.com

 
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