Todos bajo sospecha

Alberto Barrera Tyszka
abarrera60@gmail.com

El Gobierno ya no sabe cómo defenderse de la realidad. – Después de casi 12 años manejando presupuestos multimillonarios, no es fácil enfrentar el desastre

Hugo Chávez

Resulta tan asombrosa como aterradora la manera como nuestras autoridades pueden decirse y desdecirse sin ningún problema, como se contradicen sin que les tiemble el ánimo, como pronuncian la más trepidante incoherencia sin siquiera parpadear.

André Breton defendía la no intervención “reguladora” de la razón en el discurso. Tal vez sea verdad lo que afirman algunos: más que en el socialismo, vivimos en el surrealismo del siglo XXI.

Por ejemplo: ¿quién puede creer seriamente que Antonini Wilson es un agente de la CIA? Lo dijo el Presidente esta semana en Buenos Aires. Por más que lo intento, que trato de encontrarle algo de lógica, siempre fracaso: no hay por dónde agarrar el cuento para darle alguna forma. ¿Un agente de la CIA infiltrado en los alrededores de Pdvsa? ¿Un agente de la CIA que negociaba con el gobierno revolucionario? ¿Un agente de la CIA disfrazado de gordito sonriente haciendo autostop sobre la pista del aeropuerto de Maiquetía? Es una versión de la historia que, mínimo, necesita muletas. ¿Un agente de la CIA que intenta pasar clandestinamente un guacal de dólares a Argentina? ¿Un agente de la CIA que termina tomándose un copetín en la Casa Rosada? ¿Un agente de la CIA que se hace pasar por pendejo para desestabilizar al poder venezolano? Pero resulta todavía más asombroso y aterrador constatar que hay gente que escucha o lee estas explicaciones y las cree con absoluta devoción.

No tienen ni siquiera media pregunta debajo de la lengua.

Su pensamiento es un tris. Han clausurado su departamento de dudas. Tienen el espíritu crítico sedado. Están embebidos, sólo desean repetir cualquier cosa que diga el poder.

Antonini Wilson

Hasta un jadeo puede ser un argumento. Ya no hablan. Sólo recitan.

Esta fidelidad automática, todo un clásico en los procesos de polarización, es uno de los síntomas más evidentes de las sociedades con grandes debilidades democráticas, donde la práctica del debate y el ejercicio de la diversidad son cada vez más escasos. Todo comienza a articularse alrededor de las complicidades. Las ideas pasan a ser parte de la vida secreta de cada individuo. El consenso se convierte en una experiencia de sumisión Ocurre a cada rato. El Gobierno ya no sabe cómo defenderse de la realidad. Después de casi doce años en el poder, manejando presupuestos multimillonarios, no es fácil enfrentar el desastre con alguna coherencia. ¿Qué hacer con el poeta Derek Walcott que viene de aguafiestas a hablar de la pobreza “casi obscena” que se observa en Caracas? La cuarta república, como justificación, ya no da más. Han ido dejando secas casi todas las excusas. Estamos ante un gobierno que tiene más carisma que argumentos. Por eso necesita desesperadamente más culpables. Así alimenta la devoción. Piensa que su éxito consiste en arruinar el éxito de los otros.

Primero nos aseguraron que tenían todo resuelto, que menos mal que la revolución estaba aquí, dijeron, que la crisis económica no nos tocaría ni con el pétalo de un dólar.

Luego presentaron planes, prometieron nuevos cielos, aseguraron que con sus magníficos programas el mercado negro descendería incluso a nivel de la cifra oficial.

Ahora, de pronto, resulta que nada era cierto, que no, que sí, que la culpa del dólar paralelo es de las casas de bolsa, que la culpa de la inflación es de Empresas Polar, que la culpa de todo es del sistema salvaje… Curiosamente, el capitalismo se ha convertido en el mejor aliado del Gobierno bolivariano. Hacia el exterior, disfruta de todos sus beneficios, manejándose sin ningún remordimiento en el negocio especulativo del petróleo; mientras a lo interno es el emblema del mal, el fantasma enemigo que le permite justificar los grandes problemas de su gestión y seguir concentrando poder y controlando cada vez más la sociedad venezolana.

Asombroso y aterrador también puede ser el silencio.

Frente a Laura Vaamonde, por ejemplo. Líder del Sindicato de Hospitales y Clínicas, reprimida brutalmente por la policía del Gobierno revolucionario en la Maternidad Concepción Palacios, detenida después junto con dos enfermeras… ¿Son ellas también agentes de la CIA? ¿Son unas capitalistas degeneradas, con acciones en el mercado bursátil? ¿Son unas infiltradas pagadas por la burguesía? Otra paradoja: ahora nos parecemos bastante a Arizona. Así es este surrealismo del siglo XXI. Tal vez la AN mande una comisión a asesorarse con Jan Brewer. Tal vez redacten una ley parecida, una ley que permita a los funcionarios detener a cualquiera que les huela a capitalista, a dólar paralelo. Cuídense. Todos estamos bajo sospecha.

 
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