España es la gran incógnita del Mundial de Sudáfrica

Raúl Fain Binda

Uno de los interrogantes más sugestivos en los días previos al Mundial de Sudáfrica es cómo asimilará España su condición de favorita.

El equipo de Del Bosque es el único que estrena la etiqueta, gracias a la madurez de una generación excepcional, pero la situación, tan gratificante para los aficionados y los periodistas, no les causa gracia a los jugadores.

A la gente del fútbol no le gusta que la señalen como favorita.

En esto hay que destacar un matiz: por un lado, los futbolistas quieren que se reconozcan sus méritos individuales, para mejorar el cachet, pero al mismo tiempo temen que el rótulo de “favoritos” perjudique al equipo.

Hasta los brasileños, siempre favoritos por tradición y merecimientos, tratan de escabullirse. No es raro, en los días previos a un mundial, que algún brasileño salga a promover las posibilidades de los otros candidatos.

Los únicos que parecen asimilar con naturalidad la condición de favoritos son los alemanes, expertos insuperables en el arte de llegar a la final.

Alemania ya no tiene el poderío de hace algunos años, pero todos los colocamos entre los favoritos, por si las moscas. En esto hacemos como el apostador prudente, que siempre pone alguna ficha en el cero.

En realidad, no existe una conspiración de los dioses o demonios que rigen la ruleta de la suerte deportiva. Lo que pasa es que un solo equipo puede ganar, y esto requiere la frustración de todos los demás.

Las grandes sorpresas de los mundiales no fueron tan sorprendentes después de todo. En 1950, Brasil cayó en su casa ante Uruguay, una de las grandes potencias del fútbol de la época. En 1954, Hungría cayó ante Alemania, cuyo poderío podemos ver ahora en perspectiva.

De modo que eso de que los “favoritos nunca ganan” es equívoco. Más correcto sería decir que “la mayoría de los favoritos no ganan” y hasta que “siempre gana un favorito”.

Los méritos de España son de sobra conocidos: en pocas palabras, porteros excelentes, defensores expertos, mediocampistas excepcionales, delanteros letales. El equipo sabe a qué juega y lo hace bien. Y no olvidemos a Del Bosque, un técnico sensato.

¿Éxito asegurado?  ( Intertítulo)

Claro que no, y no sólo por la carga psicológica de la bendita etiqueta.

Gabriele Marcotti, el experto en fútbol internacional del Times de Londres y el Corriere dello Sport, enumeró algunos indicios de la posible vulnerabilidad del equipo español.

Lo primero que menciona Marcotti es el problema de la estatura, el mismo que señalara Marcelo Bielsa sobre su propio equipo, Chile, uno de los primeros rivales de España en Sudáfrica.

El amistoso de España con Arabia Saudita parece darle la razón: la victoria, tras un juego mediocre, sólo llegó con el ingreso de Fernando Llorente, un delantero de 1.96m, que cabeceó un centro de corner a la red.

El dibujo de la formación inicial también puede ser un problema.

Los delanteros habituales de Del Bosque son David Villa y Fernando Torres. Que son mucho, se dirá, pero según Marcotti no forman una pareja tan rendidora como cabe suponer por sus aportes individuales.

De los diez partidos ganados durante la clasificación, España sólo logró una diferencia de goles de +4 con Villa y Torres en la formación, mientras que la diferencia trepó a +19 con uno u otro en solitario.

Marcotti dice que la insistencia con Villa y Torres en la misma formación puede haber sido la razón del “fracaso” de España en la Copa Confederaciones… a la que llegó como favorito, conviene recordar.

El medio campo, poblado de jugadores de baja estatura, salvo Sergio Busquets, no es tan flexible como debería ser para ganar un mundial.

El comentarista dice que Silva, Xavi, Iniesta, Fábregas y Xabi Alonso, todos cómodos en posiciones centrales, deben esforzarse para encontrar cabida en la formación inicial.

Uno de ellos debe hacer banco (normalmente Fábregas) y otros dos (Silva e Iniesta) son desplazados a las bandas, como en sus respectivos clubes.

Pero un análisis similar podría detectar debilidades semejantes en todos los favoritos, salvo quizás Brasil, que ha sacrificado calidad por potencia.

 
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