Todos quieren a Kafka

Sergio Dahbar
sdahbar@hotmail.com

Amante de las paradojas y los retratos exagerados de un mundo que sufre la inclemencia de una justicia ciega e irracional, Franz Kafka (1883-1924) jamás imaginó en vida (¡y hay que ver que imaginó monstruosidades!) que su legado se convertiría en un capítulo más de su obra.

La existencia a veces es cruel con quienes respiran cerca del abismo.

La obra de Franz Kafka ha sido estudiada en exceso, sobre todo porque las emociones del ser humano que la imaginó en infinitas pesadillas eran inestables. El carácter fragmentario y desopilante de sus escritos reflejaban los cambios de una época que se transformaba a pasos agigantados. Vivió a caballo de dos siglos, el diecinueve y el veinte, y apenas publicó en vida.

Por suerte su testamento fue traicionado, porque su deseo era que se destruyeran todas las páginas que había escrito.

Consideraba su obra inmadura, imperfecta y poco trascendente. Este abogado de la ciudad de Praga, marcado por un padre autoritario, no pudo convivir con la grandeza de su obra y los terrores que lo acosaban como ser humano. Había recreado los mitos constitutivos de Occidente, pero apenas podía advertirlo.

Franz Kafka

Cada realidad tiene otra que la mejora. Kafka hubiera destruido su obra y hoy no podríamos hablar de temas kafkianos, aludiendo a esos gobiernos irracionales que en busca de una verdad muerta convierten la justicia en un asunto personal y despótico.

Cuando la gente es detenida y enjuiciada sin entender de qué son culpables, lo primero en lo que pensamos es en la fragilidad de ese genio desmesurado que fue Franz Kafka.

Ahí entra en escena Max Brod, su albacea, poeta, ensayista, dramaturgo, y crítico literario. Este hombre lo traiciona (para tristeza de una relación fraternal) y lo protege (para bien de la humanidad).

A veces los seres humanos deben sopesar lo que la posteridad tomará en cuenta cuando se echen las cartas y se evalúe lo que era correcto y lo que no debió ocurrir. Hoy podemos felicitar a Brod por haber traicionado al amigo.

Max Brod huyó en 1939 de los nazis y se refugió en Israel, donde fueron a parar todos los papeles que se encontraban en su poder. Brod se instaló en Tel Aviv y vivió, primero con su esposa (que falleció más tarde) y después con una secretaria y amiga personal, Esther Hoffe, hasta 1968, año de su muerte.

El legado de Kafka pasó así de las manos de Brod a las de Hoffe, con la expresa indicación en su testamento de que lo ordenara y lo protegiera más tarde en una institución respetada, como la Biblioteca Nacional de Israel. Si Kafka se salvó gracias a Brod, Hoffe se ha convertido en su Savonarola personal.

Esther no sólo irrespetó de la peor manera el legado de su amante Brod, sino que vendió en dos millones de dólares el manuscrito de El Proceso a una universidad alemana y le donó a sus hijas el resto de los materiales.

Max Brod

Tanto Esther Hoffe, quien ya falleció a los 102 años, como sus hijas Ruth y Hava, han realizado un manejo absolutamente inescrupuloso del legado de uno de los escritores más significativos de la historia de la literatura universal. Sin duda no estaban a la altura del propósito para el que fueron destinadas por el albacea que intentó burlar al destino.

Las últimas noticias que han trascendido hablan de textos que se estarían perdiendo (serían robados) en la casa de Tel Aviv donde aparentemente las hermanas Hoffe guardan parte del legado. Un apartamento curioso, habitados por gatos y textos kafkianos.

La Biblioteca Nacional de Israel, que ha iniciado un pleito con las hermanas por la posesión de los manuscritos, tiene indicios de que el patrimonio del autor de “Ante la ley’’ está siendo liquidado. En setiembre de 2009 se denunció un robo, sin mencionar quién lo habría realizado. En mayo de 2010 hubo otras dos incursiones a la casa de los gatos.

Todo esto sin contar textos que han aparecido en el pasado en subastas públicas. En 2006 se vendió una carta de Kafka a Brod en 60.000 euros.

Y dos años más tarde escritos de amor del escritor checo se vendieron en 25.000 euros.

El dicho popular suele indicarnos que Dios le da pan a quien no tiene dientes. Así como Brod pasó a la historia como un preservador de uno de los hitos de la cultura universal, las hermanas Hoffe ya entraron en el palacio helado donde van a parar las criaturas que sólo saben convivir con el caos y la estupidez. Mala suerte.

 
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