LA SALA DE ESPERA

Jonathan Humpierres (*Juan Diego)


Juan Diego y sus reflexiones
Jonathan Humpierres
juandiegocd@yahoo.com


“Hoy me duele en el alma sentirme parte de este nudo cómplice que sustenta esta desgracia patria.”

Hoy es uno de esos días de reflexión imperativa, en el que la paciencia se convierte en un aliado determinante para soportar lo insoportable. Sin embargo como creo que el tiempo es un recurso privilegiado, aprovecho mi larga espera en un centro privado de resonancia magnética para sugerir estas líneas que redacto a continuación.

En estas extensas 6 horas de ardua tolerancia, después de haber leído una gama de revistas de consejos de salud, de enseñanzas casi fantásticas de cómo llevar una vida en paz y en profunda armonía, de ver un canal de televisión nacional, que sin duda es reflejo exacto de una sociedad cuyos preceptos se encuentran en el vago trayecto de la mediocridad y de leer casi de manera compulsiva los variados diarios informativos a ver si por esas coincidencias tropiezo con una noticia distinta que por lo menos haga de mi espera un episodio un poco más amigable.

Empiezo, sin darme cuenta, a conversar con el clásico intrépido de  inquietud morbosa que busca indagar sobre la  dolencia  del compañero más cercano y emitir un exacto diagnóstico, que incluirá la recomendación del especialista y el futuro tratamiento. Por un instante logro hacer un ejercicio de abstracción imaginaria y enfocar en esos escasos metros al país actual en el que vivimos.

La sala de espera de cualquier centro de salud es un sitio inhóspito por naturaleza, pero en un país donde la política sanitaria  es sinónimo de médicos cubanos, no puede arrojar otro resultado que un colapso definitivo en el sector público y una  gran movilización hacia los centros de atención privados, que hoy lucen saturados y con un servicio completamente deficiente.

Todo fuimos citados a una hora específica, la cual por supuesto como parte del protocolo impuntual que nos caracteriza no se cumplió. No obstante, a pesar de la prolongada demora nadie alzó su voz en ejercicio de su derecho.

La sensación de descontento era clara, mas no pasaba del murmullo tímido y de miradas inquietas que procuraban la búsqueda de quién sería el salvador de nuestra espera, una suerte de Chapulín con el coraje de pararse para decir ¡carajo esto es un abuso, aquí estamos pagando un servicio y nos atienden ya! Como era de esperarse las horas transcurrieron y nuestro justiciero defensor jamás llegó.

Era una necesidad patológica traer a colación nuestro  escenario político,  cada uno de nosotros hablaba con propiedad extrema bajo el   más profundo análisis de la actualidad venezolana, incluyendo los pronósticos cercanos, esos que nos fascina oír y anestesian nuestro presente.

Ya cayendo la noche, un grupo de no más de tres, de los casi sesenta que fuimos a practicarnos los exámenes, decidió de manera amable y respetuosa conversar con el encargado de la unidad. Allí estaba sentado y relajado con una media sonrisa déspota el jefe autoritario, quien manifestó textualmente “esto es lo que hay, deben seguir esperando o váyanse a otro lugar”, en ese preciso momento me di cuenta de que estaba frente a un  prototipo conocido,  ése  que asume  el poder  bajo actos enfurecidos de  mandón acomplejado.

La pregunta sin respuesta clara era: ¿a dónde nos vamos?, si la mayoría de los centros que prestan ese servicio están en las mismas condiciones. Ante la urgencia que todos teníamos en realizarnos las pruebas,  tragamos hondo y decidimos con la rabia contenida seguir esperando nuestro turno. Mientras tanto, escuchábamos la frase alentadora de un paciente que a viva voz preguntó: ¿si esto es así como estarán los hospitales?, cuestionamiento analgésico con el cual decidimos soportar la dilación.

Esta sala de espera, es la verdadera resonancia magnética de nuestro contexto actual, un país herido, enfermo, desasistido, con una pasividad agresiva silente, siempre a la espera de que el derecho propio lo defienda el de al lado, sin gerencia alguna y bajo el caudillo resentido de un déspota acomplejado. Esta sala de espera, que ve programas de televisión burda y revistas faranduleras de tercera mientras se nos cae la casa en nuestras narices, es la punción clara de nuestra tragedia.

Hoy me duele en el alma sentirme parte de este nudo cómplice que sustenta esta desgracia patria; tengamos todos, y allí me incluyo, el coraje de revisarnos, de inmiscuirnos  en lo profundo para de una buena vez despertar de esta interminable pesadilla.

 
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