A su salud



ALBERSIDADES

“… y todos contentos, excepto la competencia, que desde ya parece frotarse las manos ante el panorama”

PETER K. ALBERS
peterkalbers@yahoo.com

La cerveza, como los quesos, los embutidos y la carne ahumada, o ésta última secada al sol igual que los pescados, o como las mermeladas y confituras, nació de la necesidad de conservar los alimentos por largo tiempo. La leche se convierte en queso o yogurt para conservarla a temperatura ambiente, y la conversión de los granos en cerveza cumple el mismo cometido. Así lo descubrió el hombre primitivo cuando dio los primeros pasos en el cultivo de la cebada, el arroz o el maíz. Observaron que el grano, guardado molido en recipientes, se fermentaba por la acción de entonces desconocidas causas, como lo son los microorganismos. Probaron la pasta resultante y les agradó; le agregaron agua para hacerla más agradable aún.

La cerveza era un importante renglón en la dieta de los babilonios, complementada con granos, frutas, verdura y cebollas. El oficio era tan respetado entonces, que los cerveceros estaban dispensados de alistarse en los ejércitos, pero eran obligados a seguirlos en sus campañas, para garantizar que los soldados estuvieran bien provistos de la nutritiva bebida.

La popularidad de la cerveza se extendió por todo el mundo, y en Europa sentó sus reales para convertirse en la bebida más popular entre checos, irlandeses y alemanes; también en América se consume cerveza, aunque por estos lados llegó tardíamente, por ciertas trabas que la corona española imponía en su comercialización y producción en sus colonias. Sin embargo, a mediados del siglo XVI, se instaló en México la primera cervecería de América, continuando su expansión, primero hacia el norte y luego al resto del continente.

En Venezuela existe la cámara que agrupa al gremio; y según sus registros, a nuestra región llegó la cerveza finalizando ya el siglo XVII; no produciéndose en el territorio, se importó desde España y las Antillas hasta que en la Colonia Tovar, en 1843, los colonos alemanes produjeron la primera cerveza que podríamos llamar venezolana.

Hoy está muy difundido el consumo de cerveza en Venezuela, y no hay juego de pelota sin “la catira”, ni día de playa sin la cava llena de la refrescante bebida. Muchos venezolanos acostumbran a sentarse a la mesa con su botellita por delante, generalmente con un oso polar en la etiqueta. De allí que a todos los venezolanos nos preocupa la suerte de la popular marca, amenazada por un atrabiliario enemigo de todo lo que huela a éxito económico, bienestar social o eficiencia empresarial, y todos tememos que tal inquina resulte algún día en ausencia de la bebida en los anaqueles o, más grave aún, que los tradicionales vendedores, con su gavera al hombro, dejen de circular por las tribunas de nuestros estadios pregonando ¡la fría, la fría!

Y uno, que nada más piensa en el bienestar de los venezolanos, y en aras de que continuemos luciendo nuestra “barriguita cervecera”, se atreve a sugerir un concurso de ideas que contribuyan a reducir el abismo que existe entre los dueños de la lupulosa empresa y quien se cree amo absoluto del país. Por ejemplo, que en lugar de oso polar, el emblema sea alguna de las especies autóctonas como el palmero o el frontino, y que cambie de rumbo, caminando hacia la izquierda como el caballo de Bolívar, para complacer al tipo aquel.

Y todos contentos, excepto la competencia, que desde ya parece frotarse las manos ante el panorama.

“Patria, o socialismo y muerte”

 
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