Durmiendo con el enemigo


Los ejércitos de las dictaduras son tropas en armas contra partes de la población civil del propio país que no se doblegan a los caprichos del dictador

Massimo Desiato
mdesiato2002@yahoo.com

A cierta altura de La crisis de la sociología occidental, Alvin Gouldner escribe: “La función social de tal estructura segmentada de roles (se refiere al mundo técnico-profesional) se asemeja a la de la obediencia refleja inducida por el entrenamiento militar. Al igual que la disciplina militar, esta estructura de roles tiene como función suprimir la sensibilidad y las normales responsabilidades morales de civiles y soldados, preparándolos para ser utilizados como contingentes de despliegue, dispuestos a perseguir, prácticamente, cualquier objetivo. En último análisis, tales ordenamientos engendran una irreflexiva disposición a matar o dañar a otros ­o a crear cosas que produzcan tales efectos­ cumpliendo órdenes”.

Tal vez, más de un lector encontrará el juicio de Gouldner un tanto severo. En el fondo, pensará, los ejércitos de los países democráticos están también formados para comprender el valor de la vida y reciben una “esmerada” formación humana. En palabras más sencillas, comprenden lo que es un ser humano y las razones por las cuales no debe ser tratado como ni siquiera tratamos a muchos animales. Pero nuestro lector deberá, sin embargo, reconocer que un ejército debe ser formado también en la noción de “enemigo”, pues si fuera formado en la pura noción de “amistad”, “peace brothers” y así sucesivamente, dejaría de ser lo que es.

Sostengo, pues, que la noción de “enemigo” priva sobre la de “ser humano”, que en un ejército la capacidad de dar muerte es superior a la de respetar la vida humana. El enemigo en principio es siempre el otro, es decir, el enemigo está fuera de las fronteras, que para eso existe el ejército de un país, para defendernos de las amenazas externas. En este caso, tendríamos sobre el papel lo siguiente: el respeto a la vida, al ser humano, es debido básicamente al propio pueblo, mientras que al enemigo se le reserva (aun con el respeto de todas las convenciones y tratados sobre la guerra) la capacidad de matar.

Cuando el enemigo está adentro

¿Qué sucede si el enemigo no está fuera sino dentro? ¿Qué sucede si un líder convence al ejército de que el enemigo no debe ser identificado con el territorio, las fronteras, sino con las clases sociales y su implicación con el supuesto neoimperialismo? Sucede lo que pasa en Venezuela y en muchos otros países, a saber, que una parte importante y significativa de la población de un determinado país no es vista como “el pueblo”, sino como enemiga del mismo. Para esa parte de la población tener un ejército es como “dormir con el enemigo”, pues el ejército no ve en esa gente seres humanos sino enemigos. Una vez que se activa la palabra-acción “enemigo”, el otro no puede sino defenderse, si no quiere que sus derechos queden sólo en el papel. Los ejércitos de las dictaduras son, antes que cualquier otra cosa, tropas en armas contra partes de la población civil del propio país que no se doblegan a los caprichos del dictador.

Recordemos, un militar es alguien entrenado para no pensar en la vida, sino para obedecer órdenes de alguien que está entrenado para pensar cómo matar, más allá de toda la hipocresía institucional que quiere ejércitos “liberadores”.

Mientras no se pruebe lo contrario, en Venezuela, todos “dormimos con el enemigo”: no es un sueño agradable, sino una pesadilla constante que, sin embargo, algunos venezolanos quieren obviar con “píldoras electorales” que en cualquier momento el ejército se tomará con agua mineral importada, con burbujitas.

 
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