El Apocalipsis de septiembre

Simon Alberto Consalvi

Simón Alberto Consalvi
sconsalvi@el-nacional.com

El Presidente de la República tiene tres eslóganes para anunciar el Apocalipsis que llegará en septiembre a Venezuela. Uno es: “Vienen por mí”. Otro: “Ustedes se quedarán sin alimentos”. Un tercero: “La revolución se acabará”. El temible Apocalipsis no es otra cosa que la elección de una nueva Asamblea Nacional.

El jefe del Estado la compara con el fin del mundo. Esto es lo que da a entender cuando proclama que “se trata de vida o muerte”. Quizás prefiera el fin del mundo a una Asamblea Nacional independiente, que cumpla la Constitución y la haga cumplir, que restablezca la práctica del equilibrio de poderes, piedra fundamental del Estado de Derecho. Uno no sabe si, en efecto, el Presidente prefiere cualquier otra alternativa, natural o sobrenatural, a un Parlamento pluralista y dispuesto a devolvernos la democracia.

Cuando el Presidente repite eso de “vienen por mí”, no dice la verdad. Simplemente, pretende hacerle ver a sus devotos que la Asamblea Nacional atentará contra él y contra su gobierno. Es la máxima dramatización del Apocalipsis, el rostro oculto de la realidad: la confesión de que él es incompatible con un poder del Estado que no obedezca incondicionalmente sus órdenes. Que no hay espacio en Venezuela sino para un Poder Ejecutivo que domine de manera absoluta todas las estructuras del Estado. Que, por consiguiente, la elección del nuevo Parlamento significaría un dilema: el presidente o la Asamblea. Así se dirige a los militantes del PSUV en los términos conocidos: “Vienen por mí”.

El segundo eslogan intenta ir más allá, quiere incluir a todo el mundo en el “vienen por mí”. Es como si dijera: “Vienen por nosotros”, lo cual habría sido una versión más elegante y menos personalista. Aun cuando el personalismo es una fea herencia del pasado, no hay manera de que se abandone.

Así, le advierte a la gente en tono patéticamente apocalíptico: “Ustedes se quedarán sin alimentos”.

Como si los alimentos que distribuye u ofrece el Estado venezolano dependieran exclusivamente de su generosidad personal. Veamos: los alimentos se venden en Mercal o en Pdval porque no hay quien exija rendición de cuentas, y por eso, si el pueblo elige unos diputados que vayan a la Asamblea Nacional a fiscalizar al Gobierno, esos votos irán contra ellos y se morirán de hambre. Por consiguiente, una Asamblea que no le obedezca ciegamente al jefe del Estado sería incompatible con el bienestar de la gente.

El tercer eslogan no es menos catastrófico: “La revolución se acabará”. De ser elegida una mayoría parlamentaria independiente de Miraflores, la revolución llegará a su fin, porque restablecido el Estado de Derecho la revolución estaría condenada a muerte, según la profecía presidencial. De lo cual es obvio deducir que el jefe del PSUV está persuadido de que la revolución sólo es posible donde no exista ley, o donde la ley (si se desea darle ese nombre) es dictada como se dictan decretos en regímenes de facto.

Los tres eslóganes deforman y adulteran la realidad, pero retratan, en todo caso, el dramatismo con el cual se percibe la posibilidad de que los venezolanos voten por una Asamblea Nacional donde el oficialismo sea minoría. Para el Presidente de la República esa posibilidad es una pesadilla de la cual no se atreve a despertar. Si por desgracia una Asamblea llegara a reclamar las cuentas, se cumpliría la condena: “La revolución se acabará”. Tercera conclusión: la revolución sólo puede ser posible donde no exista Estado de Derecho, donde no haya Poder Legislativo o Asamblea Nacional que dicte las leyes, algo que sólo debería estar reservado al Líder Supremo. O sea, en palabras más simples, con Parlamento independiente no hay líder supremo, sólo habrá lo que pauta la Constitución, un presidente de la República, comandante en jefe de la Fuerza Armada, respetuoso del orden jurídico.

No creo que estos sean ejercicios imaginarios. Ni que hagamos concesiones cándidas a utopías de la propia invención.

Una Asamblea Nacional con mayoría democrática es posible y, desde luego, no sería el Apocalipsis. Pero, septiembre es una prueba de fuego para la democracia venezolana, y no puede ni debe verse en otro contexto.

El universo político de los venezolanos democráticos es variado, plural y buena parte tiene una experiencia invalorable: conoce a fondo los desastres del personalismo, los riesgos a que se condenan a las sociedades en nombre de los salvadores de la patria, de los obsesionados con su papel en la historia. O sea, los providenciales, los “hombres del destino”, los gendarmes necesarios de todas épocas y de todas las épicas.

Aviso: Una Asamblea Nacional plural, destinada a restaurar el Estado de Derecho, a cumplir y hacer cumplir la Constitución, podrá enseñarle al Presidente de la República que no hay otro camino que la democracia. Finalmente anotaré que la indigencia intelectual de los escogidos del PSUV (más por su obediencia que por sus luces) es augurio de considerables ventajas. Mentalmente ya son minoría.

 
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