Leni Riefenstahl y Oliver Stone: Arte y fascinación por el poder

Oliver Stone pertenece al arquetipo de artista fascinado por los autócratas

FRANCISCO SUNIAGA

Leni Riefenstahl brilló y fue famosa en su país, Alemania, como bailarina clásica -los críticos le auguraban una carrera extraordinaria, pero una lesión en los meniscos se la truncó-, como actriz, como directora de cine -actividad por la que fue mundialmente reconocida- y como fotógrafa. Vivió 101 años y muy contados seres los han vivido con tal plenitud hasta el último día; se hizo submarinista después de los 70 y saltaba en paracaídas a los 90. Además de talento artístico, tenía la capacidad insólita de reinventarse con cada revés de la vida. Como no pudo continuar su carrera de bailarina se dedicó a ser actriz y fue estrella del vigoroso cine alemán de los años veinte. Aburrida de la actuación, se dedicó a dirigir películas. Llevó el documentalismo a niveles inimaginables para entonces y su obra en ese renglón está considerada entre las más destacadas de la historia del arte. Prácticamente vetada como directora después de la Segunda Guerra, descolló como fotógrafa; sorprendió al mundo con su trabajo sobre los nubas de Sudán a finales de los 60. Terminó su carrera como fotógrafa y documentalista de la vida submarina.

No obstante sus grandes aportes al cine, Leni Riefenstahl fue dura, y justamente, cuestionada dentro y fuera de Alemania. La razón de ese cuestionamiento tiene su origen en un episodio ocurrido en 1932 y descrito por ella misma en sus memorias: su encuentro con Adolf Hitler en un mitin en Berlín. “Fue como si la tierra se abriera delante de mí”, escribió. A partir de ese encuentro, toda su capacidad de cineasta fue puesta al servicio del führer y su régimen. Nació así la obra por la que fue más conocida: El triunfo de la fe, documental sobre el congreso del partido nazi en 1933; El día de la libertad, sobre la Werhmacht hitleriana en 1935; El triunfo de la voluntad, sobre el congreso del partido de 1935, una suerte de continuación del anterior; y Olimpiadas, para celebrar los juegos de Berlín en 1936, con sus dos partes: El festival del pueblo y El festival de la belleza.

Según Leni Riefenstahl, ella desconocía las atrocidades comandadas por Hitler, pero muchos lo dudaron por su gran cercanía al dictador

Finalizada la guerra, Riefenstahl fue detenida por los aliados y llevada a juicio. Sus bienes fueron confiscados y se le sometió a un proceso de desnazificación por haber sido simpatizante del nazismo. Se defendió argumentando que su relación con Hitler y el nacionalsocialismo había sido absolutamente profesional y que, si bien había admirado al führer, desconocía sus atrocidades. Difícil de creer vista su cercanía con el dictador, de quien se dijo, incluso, llegó a ser amante.

El problema con los personajes como Leni Riefenstahl es que llegado el momento de rendir cuentas, nunca se sabe si actuaron movidos por una mezcla de vanidad artística con la más pura ingenuidad, o si se trata de una conducta calculada y una efectiva identificación con el poder y los poderosos, sin plantearse por ello problema ético alguno. Ante ese mismo dilema, y por aquello de la “duda razonable”, no la condenaron a prisión los tribunales aliados para juzgar a criminales de guerra.

En una obra artística hay un contenido más allá de lo estético y técnico. Hay un discurso, una valoración que se trasmite y es percibida como la esencia sustantiva de lo que se crea. Aún hoy, quien quiera que mire los documentales de Riefenstahl, percibirá que allí hay un discurso implícito que coincidía plenamente con el que el dictador expresaba a viva voz ante la masas; ella le prestó las imágenes, las más bellas imágenes, a las palabras de Hitler. Ese es precisamente el acto moral y político por el que gran parte de la humanidad condenará por siempre a la artista alemana.

El mismo arquetipo

Oliver Stone, el reconocido cineasta norteamericano, pertenece al mismo arquetipo de artista fascinado por los autócratas. Sus documentales sobre Fidel Castro, y el de ahora sobre Hugo Chávez (Al sur de la frontera), como ya han apuntado los críticos, enaltecen, edulcoran o por lo menos minimizan las barbaridades cometidas por el longevo dictador cubano, y las incipientes del teniente coronel venezolano desesperado por imitarlo. Si alguna vez Stone tuviera que rendir cuentas por eso ante algún tribunal, como su colega alemana, ya se sabe lo que dirá, pero, igual que ella, tendrá su condena eterna.

 
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