El rey Voltaire

Se ve que creía en su propia gloria y en que la posteridad no lo olvidaría. Se ve que se creía Voltaire, y en realidad lo era

Sergio Ramírez

Cuando estudié sexto grado de primaria en el Instituto Pedagógico de Managua, regentado por los hermanos cristianos de San Juan Bautista de la Salle, el prefecto de primaria dejaba ir a veces, sin motivo aparente, furibundas invectivas en contra de Voltaire, de quien decía que en castigo de su grave pecado de ateísmo había muerto ahogado en sus propios excrementos, algo que puede darnos la medida del tamaño de la inquina que tantos siglos después seguían guardándole las instituciones eclesiásticas a las que tanto incordió.

He recordado esos extremos de ingenua enemistad capaz de atravesar las épocas, ahora que he tenido la oportunidad de visitar la casa de Voltaire en la locali dad de Ferney, situada en el borde fronterizo de Francia con Suiza, y que es hoy en día un suburbio de Ginebra donde no pocos funcionarios de las Naciones Unidas se refugian a vivir para protegerse de cargas impositivas y otras molestias.

Voltaire, tras las múltiples peripecias de su vida, siempre perseguido por el poder político de la corona en Francia, decidió recalar en este paraje perdido donde vivió durante veinte años, el último de sus refugios, lejano a las cortes del rey de Prusia, Federico II, y de la emperadora de Rusia, Catalina la Grande, de los que había sido huésped privilegiado, algunos dicen que debido precisamente a la cercanía de la frontera con Suiza, hacia donde podía huir cada vez que la policía de Luis XV llegara a buscarlo, sin más apuro que atravesar a pie los predios de la finca donde se asentaba su palacete.

Para construirlo mandó a demoler el antiguo castillo medieval que había allí, y para que la alameda de ingreso a la propiedad desde la aldea de Ferney no tuviera estorbo, demolió la pequeña iglesia por lo que, claro está, el cura se alzó en su contra. Voltaire aceptó construir una nueva, sólo que el litigio siguió porque en el frontis hizo inscribir su propio nombre, y en una de las paredes laterales agregó una pirámide, símbolo masón y poco católico, mitad dentro de la nave, mitad afuera, y donde pretendía ser enterrado como señor del feudo. Estas provocaciones de un espíritu siempre burlón e inquieto, son las que atravesaron los siglos hasta llegar al prefecto de los hermanos cristianos en Managua, que tanto odiaba a Voltaire por ateo aunque nunca lo fue, creyente acérrimo en el Gran Creador, Arquitecto del Universo.

La localidad se llama ahora Ferney-Voltaire, en honor del ilustre huésped que la transformó y le dio fama, héroe de la ilustración, filósofo iluminista, mentor de las monarquías ilustradas, poeta, narrador y prosista, dramaturgo y defensor público incansable de los atropellados por la justicia, además de copioso corresponsal cuyas cartas forman numerosos volúmenes. Si fuera contemporáneo nuestro, de seguro tendría un blog, y una red en el Facebook.

Su nombre y su efigie están por todas partes en Ferney, estatuas, calles, plazas y negocios, y su palacete es un lugar de peregrinación, convertido ahora en museo bajo el cuido del estado francés, tras haber pasado por varias manos a lo largo de los siglos, y haber amenazado no pocas veces ruina, toda una peripecia que empezó cuando su sobrina y amante, madame Denis, la vendió apresuradamente tras la muerte de su dueño, acaecida en París a sus 84 años de edad, y adonde había regresado por primera vez en mucho tiempo.

Voltaire prefería llamar castillo a este palacete de proporciones y decorados más bien modestos, rodeado por un hermoso parque que no tiene sin embargo ninguna de las suntuosidades de Versalles, como él pretendía, pues también se pensaba un rey en competencia con Luis XV, el rey Voltaire, el libre pensador radical que enderezaba sus baterías poderosas en contra del absolutismo, del oscurantismo religioso, y de la intolerancia, que gustaba sin embargo de los placeres y halagos de la vida de la corte, y por eso estableció la suya propia en Ferney.

Era un hombre rico para sostener semejante tren, empezando por una mesa a la que sentaba doscientos comensales, mucho de ellos sus huéspedes alojados en el palacete, llegados de diversas partes de Europa en peregrinación. Sobre las fuentes de su riqueza, que para empezar la permitió edificar el palacete, se cuentan muchas historias, pero hay una que me seduce, y es que ganó cinco veces la lotería gracias a su dominio de los cálculos matemáticos, aprendidos por las enseñanzas de su amante ilustrada, la marquesa de Châtelet, estudiosa de Newton.

Ahora, en el vestíbulo de la casa, en los nichos a ambos lados de la puerta, han colocado de un lado la estatua de Juan Jacobo Rosseau, el célebre filósofo ginebrino, y del otro la del propio Voltaire, algo que hubiera sido impensable cuando este último fue el amo y señor de sus dominios de Ferney, pues ya se sabe que se convirtieron en feroces enemigos, nada extraño entre filósofos, o escritores.

En el mármol, Rosseau luce serio y algo altivo, mientras, desde el otro lado, Voltaire lo mira de manera más que maliciosa, como si no olvidara la ironía del museógrafo de ponerlos frente a frente, igual que fueron colocados sus restos mortales en el Panteón de París, también frente a frente.

La guía que nos conduce por los aposentos de la casa, una muchacha graciosa y llena de ingenio como el personaje al que ahora sirve, no se cansa de llamarlo “el rey Voltaire”, con no poco de ironía.

Se detiene frente a una pintura colocada en lo que fue su dormitorio, y explica que la encargó él mismo a un pintor de los alrededores, ahora olvidado. El cuadro representa la apoteosis de Voltaire siendo coronado de lauros por el mismo Apolo que ha bajado de su carro celestial con ese solo propósito.

Se ve que creía en su propia gloria y en que la posteridad no lo olvidaría. Se ve que se creía Voltaire, y en realidad lo era.

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