Maradona es un jugador más en la selección de Argentina

Diego nunca dejó de ser jugador, aunque se vista de traje y corbata y dirija la Selección. Cuando le pasa una pelota cerca, no resiste la tentación y ofrece un lujo. De su relación con el plantel, dice: “Es mejor consensuar que castigar”.Y reafirma que cualquier idea de los jugadores está abierta con este cuerpo técnico. Y el plantel lo sabe muy bien.

Marcelo Máximo
El ícono de la calidad. Venía hacia él. La pelota, la indómita Jabulani. Y Maradona, vestido de DT, igual la “acaricia” de taco y la devuelve al escenario. El estadio bramó.

Lo juega, con esa camiseta que lleva en la piel. Lo siente, como en aquellos buenos viejos tiempos de gambeta y corazón. Se persigna, una, dos, tres veces. Lo arenga a Angel Di María, lo aplaude a Javier Mascherano, lo abraza a Carlos Tevez. La pelota cae, al pie, a la medida de su zapato para que se saque las ganas de ofrecer, ante los 82.174 espectadores, un taco de magia, un paso de tango elegante con traje de gala. Y el inevitable murmullo de admiración que nace como ovación al que fue un fenómeno. Diego Maradona, el entrenador que lo vive de afuera hacia adentro, el de los gestos, palabras, y quejas y broncas y desahogo, el que va de diez.
Cada vez que se consulta a alguno de los 23 integrantes de este plantel sobre la riqueza de su entrenador la punta del ovillo es la misma: es un jugador más. Desde el concepto, la definición tiene directa relación con la puesta en escena. Diego camina hacia el banco de los suplentes, un globo se cruza, es celeste, y lo toca suave, como si fuese un pase al compañero. El himno suena y la imagen que muestra caras, sensaciones y pensamientos de los jugadores termina en esa inconfundible expresión patentada desde ese banderín en mano y su brazalete. “No sé cuánto crecí en este tiempo como entrenador, siempre me puse a disposición para que los jugadores me usaran de la mejor manera”, dice. Su aporte, indudable, tiene que ver con sus memorias y luces de estadios. Es eso lo que a Maradona, a ese símbolo para estos chicos quizás inalcanzable y ahora terrenal, lo une en esta atmósfera mundialista con sus dirigidos. ¿Cómo no pensar en ese tobillo inflamado de los 90, su llanto en la final o su gol de flipper contra Grecia en Estados Unidos 94? Esas son, en definitiva, las referencias de esta generación a su cargo. Eso es lo que contagia.

SOMOS ALEGRES


Grita Maradona, la boca bien abierta sin importar las formas. Como un hincha, desde su corralito, por ese gol en contra de Park Chu Young que pone el 1 a 0. Diego Milito es el primero que se cruza en esa tribuna imaginaria, para el abrazo del alma. “Somos alegres, hay esa onda en el grupo y se respira en cada lugar de la concentración”, comenta. Ese, parece, un aspecto fundamental para esta metamorfosis no tan marcada en el juego pero sí en el compromiso.
Cuentan, quienes están cerca del entrenador, que las reuniones, las charlas y el diálogo abierto han sido un punto clave en la convivencia y el crecimiento. Maradona, en la conferencia de prensa, ya sin camisa y corbata, con ropa deportiva -con su pilcha- lo explica: “Si tienen que decir algo, remarcarlo, como por ejemplo alguna idea del rival, o siendo ex compañeros como Tevez con Ji Sung Park… Toda idea está abierta en este cuerpo técnico. Incluso, hacemos reuniones para decir, contar y si tienen problemas íntimos también lo charlamos. Es el mejor camino, mejor es consensuar que castigar”.

Este equipo embarazado, ese que todavía no da garantías suficientes -al margen de delanteros inspirados que suplen la falta de elaboración- encuentra en la comunicación otro elemento para dar con su estilo.

Ocurrente, Maradona avisa que le gustan las mujeres, que tiene novia, que se llama Vero y es rubia, ante una consulta, en inglés, sobre si el amor con sus jugadores es el camino para ganar el Mundial. “No empecemos porque después van a decir que quiebro la muñeca”, avisa. Espontáneo, para gesticular con la mirada puesta en el banco del rival, al entrenador Huh Jung Moo. Mueve sus manos, dice que sus dirigidos gambetean y que los coreanos pegan. Su colega, que antes se había molestado por el elegante taco (¿quién sabe por qué razón?) abre los brazos. Insiste Diego, otra vez, cuando es Messi el que queda en el piso. Lo vive.


Tiene un sobre marrón en la mano, lo deja sobre la mesa de la conferencia. Parece una carta, y la pregunta se impone, aunque supone un comentario lógico. Algo va a contar. “Nobleza obliga muchachos. Platini me mandó esta carta diciendo que no dijo lo que dicen ustedes que dijo. Entonces, quiero pedirle disculpas por esta vía, a Platini. A Pelé, no”.
Maradona, auténtico, el que juega y siente, contesta, se pelea, se persigna y arenga.

El mismo.

 
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