Implorando la Salvación *

“Rebasaba lo permisible, aullaba suplicando que alguien lo detuviera, pero llevaba en su pecho un tatuaje con la cara del amo del poder. Ante esa contraseña todos levantaban las manos y se apartaban. Nadie podía ponerle límites. Todos contemplaron su viaje hacia la perdición como quien ve desde la orilla el tránsito de un tronco hacia la catarata…. Exactamente lo mismo está ocurriéndole al país.”

Milagros Socorro
msocorro@el-nacional.com

E l Inca Valero corría a la destrucción de su mundo y de su propia vida. Rebasaba lo permisible, aullaba suplicando que alguien lo detuviera, pero llevaba en su pecho un tatuaje con la cara del amo del poder.

Ante esa contraseña todos levantaban las manos y se apartaban. Nadie podía ponerle límites. Todos contemplaron su viaje hacia la perdición como quien ve desde la orilla el tránsito de un tronco hacia la catarata.

Exactamente lo mismo está ocurriéndole al país. Quien tiene una mínima conciencia de la realidad y de los peligros que nos asedian sabe que nos encaminamos a la ruina. Los errores se multiplican, la destrucción cobra mayor fuerza y velocidad. Se echa a la hoguera lo bueno del país y se desatan los males. La sociedad clama por un freno a la rodada. Pero no hay quien lo ponga, porque somos rehenes de un desaforado abuso de poder: todas las decisiones e iniciativas están en manos de una sola persona, que, para desgracia de la República, carece totalmente de preparación intelectual, de atributos morales y de la natural contención del varón que valora la sobriedad de su talante. Como el esquiador que intenta inútilmente asirse de una rama de pino, el país se desmelena en una cuesta. Da manotazos en procura de un obstáculo que ralentice su caída. Pero no lo encuentra.

Venezuela es un país desesperado. En manos de un autócrata irresponsable cuyas únicas prioridades son su permanencia en el poder y su divertimento cotidiano, que no otra cosa han devenido los asuntos públicos, subalternos de la payasada del día. Suprimida la separación de los poderes, no hay quien le ponga coto. La ciudadanía abusada, aterrorizada, desempleada, no sabe a adónde acudir. Todas las rutas de escape se dan contra el muro del abuso de poder que ha secuestrado la nación.

Frente a esto se han manejado hasta ahora dos opciones, más o menos borrosas: la violencia y la institucionalidad. La primera supondría la salida a las calles de la población declarada en desobediencia, tal como lo prefigura un artículo de la Constitución. Ante esta tentación el régimen ha dado muestras de su disposición a reprimir con la mayor brutalidad y las armas del Estado a quienes no tienen más que ira y desesperanza. Hay motivos para pensar que el tirano ha hecho todo para provocar un estallido cuyo aplastamiento resulte conveniente a su proyecto de coronarse entre la humareda.

Queda la institución, el eventual rescate de la Asamblea y con ello una revascularización del Poder Legislativo, hoy pasto de necrosis. Pero ya esto se antoja insuficiente o demasiado tardío para muchos compatriotas que ven un septiembre remoto y el hacha tan cerca que parece desplazar el viento en su cara. Se teme, también, que una vez ganada la Asamblea para la alternativa democrática, el tirano destructor la reduzca a un cascarón vacío, como suele decirse. Ya se ha visto que los desmanes del régimen son objeto de un escrutinio, hecho básicamente por los partidos políticos democráticos y por los medios de comunicación independientes, pero eso no tiene consecuencia porque cada vez que estas fuerzas proponen una investigación en la Asamblea, son rechazadas. Las denuncias son declaradas fuera de orden y la conserje, emplazada allí por el tirano, arrebata el micrófono.

En los últimos días se ha abierto paso un tercer clamor: que la Mesa de la Unidad Democrática nos defienda, que sus miembros salgan de las reuniones y vayan a detener al ogro devastador. Da la impresión de que se exige a la MUD que haga como esos juguetes que se transfiguran de carros en titanes: que por la mañana sean relojeros afanados en la alianza perfecta y por las tardes se conviertan en la contrafigura del aniquilador, que le devuelvan los insultos, que se aparezcan en sus actos públicos y atraviesen las cien cadenas de seguridad, que impidan la confiscación de empresas, que se interpongan entre los policías y las enfermeras sacadas a rastras…

Todo eso sería inútil. Y deliquio del autócrata. La MUD no puede rebajarse a un intercambio de dimes y diretes con el asolador porque debe concentrarse en su trabajo de amarrar la convergencia democrática, única vía para detener esa marcha hacia el barranco. Es un trabajo mucho más complejo de lo que parece, que hacen unas pocas personas, con muy pocos recursos. Es, además, lo contrario del personalismo, aberración que nadie debe repetir.

La verdad es que la Mesa está haciendo lo que le corresponde en un entorno demencial y frente a un país que implora salvación

“Rebasaba lo permisible, aullaba suplicando que alguien lo detuviera, pero llevaba en su pecho un tatuaje con la cara del amo del poder. Ante esa contraseña todos levantaban las manos y se apartaban. Nadie podía ponerle límites. Todos contemplaron su viaje hacia la perdición como quien ve desde la orilla el tránsito de un tronco hacia la catarata…. Exactamente lo mismo está ocurriéndole al país.”


* Título original: ¡Salvación!

 
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