MAGNICIDIOS

Manuel Felipe Sierra

Fábula Cotidiana
Manuel Felipe Sierra

manuelfsierra@yahoo.com

A las 9 de la mañana del 24 de junio de 1960, hace cincuenta años, Rafael Leonidas Trujillo esperaba la noticia que a esa hora transmitía “La Voz Dominicana”: “El presidente de Venezuela Rómulo Betancourt, acaba de ser ajusticiado en la avenida Los Próceres de Caracas”. En ese momento el automóvil presidencial era devorado por las llamas; había funcionado el plan magnicida de un grupo de conspiradores entrenados en “La Fundación”, el refugio campestre del dictador y bajo las órdenes directas de éste.

El Presidente Rómulo Betancourt se dirige a la Nación, un día después del intento de magnicidio.

1960 prometía ser un año difícil para el gobierno del Pacto de Puntofijo. La acción subversiva del perejimenismo y la derecha militar avanzaba en los cuarteles; y a ella se unía un clima de tensión social y política alentada por la Revolución Cubana. Días antes, Acción Democrática daba nacimiento al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR); y el 20 de abril, el general Jesús María Castro León cruzó la frontera colombiana para apoderarse de la guarnición de Táchira. El militar venía de Santo Domingo con instrucciones del entorno trujillista. La tentativa fue frustrada pero revelaba la frágil estabilidad del ensayo democrático.

Ya en enero, Betancourt denunció los planes de Trujillo para derrocarlo y las emisoras dominicanas iniciaban una feroz campaña contra el mandatario. Aquella mañana, Betancourt se sobrepuso a quebrantos de salud y marchó a presidir el desfile militar del Día del Ejército. Cuando la caravana se aproximaba a la tribuna de honor, un cadillac azul estacionado a la derecha de la vía, detonó una carga explosiva que cubrió el área. El periodista Miguel de los Santos Reyero relata: “el Presidente reacciona, no ve ni oye, apenas siente un zumbido espantoso, tiene cubierta la cara de sangre, le arde la piel, están destrozados sus anteojos de gruesos aros oscuros y logra con un impulso concentrado abrir la puerta”.

Betancourt fue atendido en el Clínico Universitario, y al día siguiente se dirigió al país y se trasladó a Miraflores. El coronel Ramón Armas Pérez jefe de la Casa Militar y un transeúnte desprevenido resultaron muertos. Fueron identificados y capturados la mayoría de los autores del atentado: Capitán de Navío Eduardo Morales Luengo, Manuel Vicente Yánez Bustamante, Luis Cabrera Sifontes, Carlos Chávez, Juan Manuel Sanoja, Lorenzo Mercado, Luis Álvarez Veitía y Juvenal Zavala. Los imputados aportaron los detalles de la operación y una comisión de la OEA comprobó la injerencia del régimen trujillista.

En su VI Reunión de Cancilleres en San José de Costa Rica, ordenó el retiro de los embajadores de los países miembros y decretó un bloqueo económico. El trujillismo comenzaba a sentir los efectos del aislamiento. El 14 de junio de 1959, un año antes, un grupo de expedicionarios había llegado a las costas de Constanza, Maimón y Estero Hondo con el objetivo de derrocar al dictador. Al frente se encontraban el exiliado Enrique Jiménez Moya y el comandante cubano Delio Gómez Ochoa. Jiménez Moya vivió en Caracas como refugiado y allí se concibió el plan de la expedición a la cual se incorporaron varios estudiantes venezolanos, entre ellos Jorge Giordani, con los años superministro de la economía chavista, quien finalmente no pudo participar. Fidel Castro asumió la responsabilidad de la invasión con el argumento de que Trujillo tenía una fuerza aérea superior a la cubana, ya que disponía de 240 aviones y 3500 efectivos que podrían ser utilizados por Estados Unidos para frenar su proceso revolucionario.

El automóvil presidencial en llamas horas después del atentado de 1960.

Betancourt, habría aportado 250 mil dólares para la acción y ahora se inclinaba por aplazarla al considerar que la empresa podría resultar políticamente muy costosa. Con ese propósito envió a Carlos Andrés Pérez a La Habana para entrevistarse con Castro. La advertencia fue desoída, se ordenó la invasión y ésta fue brutalmente aplastada; sin embargo, ella marcó el comienzo de grandes acontecimientos; la represión política se hizo más intensa; la Iglesia Católica pasó a jugar un papel activo en la oposición y se produjo el monstruoso asesinato de las hermanas Mirabal, un hecho de notable repercusión internacional. Trujillo se encontraba en su elemento: se sabía que cuando era informado de la ejecución de un enemigo, pedía una explicación detallada, se ajustaba sus lentes de cristales verdes y exclamaba: “¡un hermoso crimen, un hermoso crimen!”.

Rafael Leonidas Trujillo

Betancourt se oponía ahora a la acción porque seguramente pensaba que de ésta resultar fallida, la respuesta de Trujillo no sería contra Cuba, entonces en plena efervescencia revolucionaria, sino que la venganza podría desviarse contra su gobierno enfrentado a graves dificultades. La presunción habría quedado demostrada un año después con el atentado donde estuvo a punto de perder la vida.

El año 1961 acentuó las complicaciones para Trujillo. El cerco diplomático y económico generaba un malestar que tocaba incluso sus círculos más íntimos. El 30 de mayo a las 9 de la noche, Trujillo salió de su residencia y tomó la avenida George Washington con rumbo a “La Fundación”. A los minutos tres carros iniciaron extrañas maniobras alrededor de su auto; se oyó un fuerte cruce de disparos, reinó la confusión y según la versión de un testigo: “Antonio de la Maza cogió a Trujillo por el pecho y después de unas palabras, recordándole el asesinato de su hermano Octavio, le disparó con su pistola 45 en la barbilla, entonces el tirano cayó como un fardo, muerto”. Trujillo era la víctima de otro hermoso crimen.


 
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