Todo se explica y se justifica todo, también los errores más crasos


Ovidio Pérez Morales
ovidio.perez@gmail.com

El socialismo marxista (asumido por el socialismo del siglo XXI), postula dogmáticamente como suprema realización histórica el comunismo; en esta línea, formula y alienta, como dinámica del proceso social, la polarización conflictiva (de clases, ricos-pobres) tendiente a la eliminación de uno de los términos, para llegar así a la imposición exclusiva y excluyente del polo, supuestamente, de los pobres.

Estos entrarían así al reino de la libertad, de la felicidad.

Una lucha simbólica

La lucha actual del Gobierno contra la Polar reviste, en este sentido, un carácter paradigmático, altamente simbólico y muy estimulante en la perspectiva de la “revolución”. Se iza dicha empresa como bandera-ícono de lo que se trata de eliminar, para el establecimiento del Socialismo-aurora del Comunismo (así, con mayúscula, porque se los absolutiza). De allí la justificación de medidas persecutorias, sin que importe, por supuesto, que vayan en contra de la Constitución (así, “minusculizada”), dada su funcionalidad respecto del “proceso” socializante, sacralizado por la ideología.

En una lógica democrática o de eficiencia económica y social, se consideran un grave daño los efectos de una tal confrontación (desempleo, desabastecimiento, inflación, decrecimiento, corruptela burocrática y otros). En una lógica socialista-marxista, sin embargo, se juzgan como grandes logros, en cuanto desmontan la propiedad privada, desarticulan el movimiento obrero autónomo, acaban con la pluralidad de ofertas, y fortalecen de tal modo la planificación y administración centralizadas del Estado monopólico (estructurado en la pirámide ascendente gobierno-partidohiperlíder).

Empobrecer para validar

Lo más dramático o trágico de esta polarización bélica empujada por el sector oficial y asumida doctrinalmente como necesaria y obligante, es el deterioro de la calidad de la vida del venezolano, en sus varias dimensiones. La razón es que el real bienestar de la gente no cuenta. La suerte de los pobres, antes que interesar por sí misma, se convierte en función respecto de la validación de una doctrina, la realización de un proyecto político-ideológico que, histórica y previsiblemente, termina en la imposición totalitaria de una nomenklatura o nueva clase comandada por un hiperlíder omnisciente y omnipotente.

Oficialmente, entonces, todo se explica y se justifica todo, también los errores más crasos, ya achacándolos a conspiraciones contrarrevolucionarias, ya considerándolas como inevitables sombras en el luminoso camino de la revolución. Se llega hasta edulcorar la pobreza, tergiversando maliciosamente textos bíblicos, en tanto que la “nueva clase” se rodea de anillos de seguridad, abulta sus presupuestos y aumenta sus privilegios. La caída del PIB, los índices económicos negativos macro y micro, los cortes de luz-agua, las colas para adquirir la enflaquecida cesta básica y otras minucias parecen no quitar el sueño a quienes tienen el poder y buscan mantenerlo y acrecentarlo.

Para un sistema socialistamarxista (comunista), el que la gente sea más pobre, más desvalida, más temerosa, más dependiente, más insegura, ¡tanto mejor! Así se la somete y maneja con mayor facilidad.  Basta cruzar el “mar de la felicidad” para comprobarlo.

Hemos de ser muy lúcidos en interpretar la realidad, pues el país nos exige hoy un servicio de reconstrucción nacional muy esforzado, generoso, eficaz y esperanzado. Y, para ello, superar la presente polarización.

 
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