Y si el nepotismo levanta la voz…

Albersidades

Peter K Albers
peterkalbers@yahoo.com

Siempre creí que la palabra “nepotismo” se derivaba de “nipote”, que en italiano significa “sobrino” y también “nieto”. Lo cual no deja de ser un inconveniente, pues cuando un italiano se refiere a su “nipote” uno no sabe si habla del hijo de su hermano o del hijo de su hijo. Un enredo.

En todo caso, el DRAE lo define como la “desmedida preferencia que algunos dan a sus parientes para las concesiones o empleos públicos”. En lo personal, no estoy muy de acuerdo con lo de “desmedida”, pues en muchos casos es muy bien “medida” esa preferencia, y se traduce en venezolano como “cuánto hay pa’eso”.

Pero, hurgando un poco más en el mundo de la informática descubre uno que también hubo un romano llamado Julio y apodado Nepote, quien llegó a emperador de Occidente por ser el esposo de una sobrina de la mujer de León I Magno, emperador de Oriente (Roma estaba dividida entonces en dos imperios), y que eso dio origen a la expresión “nepotismo” que a algunos parece molestar mucho cuando se lo endilgan, a causa de tener a algún familiar cercano dentro del organismo público bajo su responsabilidad. Imagínese el lector: si nombrar emperador al esposo de la sobrina de la mujer del emperador es nepotismo, ¿qué quedará cuando el gobernante designa al hijo o al hermano para un cargo público bajo su jurisdicción?

Desde hace mucho tiempo viene uno leyendo u oyendo en los medios noticiosos sobre casos de esa “desmedida preferencia que algunos dan a sus parientes para las concesiones o empleos públicos” en todos los niveles de este régimen “socialista del siglo XXI”. Hijos, hermanos, primos, esposas o esposos, tíos, compañeras o compañeros de vida, padres o madres, y hasta abuelos y abuelas, son enchufados en nóminas de organismos públicos con excelentes estipendios, no importa que trabajen o no, son casos de los que uno se entera por habladurías y cotorreos de botiquín. Que, en muchos casos, no pasan de ser eso: chismes de barra.

Pero otras veces son revelaciones completas, con nombre y apellido, de personas que “colaboran” con el mandatario y cuyo único mérito para figurar en nómina es el parentesco familiar; y lo curioso del asunto es que el aludido, luego de reconocer públicamente la “preferencia” dada a algunos de esos parientes a la hora de conceder el empleo público, demanda a quien se ha limitado a informar a sus lectores sobre lo que considera una irregularidad.

Como premio a su afán periodístico, la justicia le da con todo al preocupado informador, faltándole solamente, como decía un amigo mío “fusilarlo provisionalmente”. Que, si a ver vamos, suspenderle el derecho a ejercer su profesión es ya de por sí, para quien en su vida no ha hecho otra cosa que ejercer la noble profesión del periodismo, un fusilamiento moral.

Pero “moral” tal vez no sea la expresión correcta, pues el injustamente castigado periodista mantiene su moral muy alta, frente a la inmoralidad mostrada por quienes reclaman unas “pruebas” que están ahí a la vista de todos, en lugar de probar que no existe tal nepotismo, si tal cosa es posible.

Para no hablar de la moral de un juez que dicta tan despatarrada sentencia. Pero si los romanos, padres de códigos de leyes que todavía hoy se estudian en las universidades, nada pudieron hacer contra el nepotismo ¿qué queda para un pueblo donde el sistema judicial está corrompido?

“Patria, o socialismo y muerte”.


 
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