Demasiado para Obama

Francisco Basterra

La presidencia de Obama choca con la realidad y pierde pie como el bañista inseguro que se aleja de la playa. Antes de llegar al ecuador de su primer mandato, el “sí podemos” que le funcionó tan bien al presidente en campaña provocando una oleada mundial de esperanza se ha convertido en un bumerán. El chapapote de la marea negra provocada en el golfo de México por la escandalosa negligencia de British Petroleum ha potenciado el malestar con el rumbo político del país y evidencia la impotencia del Gobierno para controlar los acontecimientos. El Estado es un testigo impotente. El otro día, Malia, la hija mayor del presidente, formuló la pregunta del millón que refleja la desnudez del ocupante del Despacho Oval. “¿Papi, ya tapaste ese agujero?”. No sabemos cómo le respondió, pero el presidente contestó más tarde a los ciudadanos afectados, en un restaurante de Luisiana, a cuya costa ha llegado la marea negra. “No puedo bucear hasta el fondo y taparlo. Tampoco puedo sorber el petróleo con una pajita”. Estamos hablando de un vertido de 9,5 millones de litros al día.

Acusado de incompetente por una oposición republicana que, aunque sin cabeza y solo oponiéndose a todo, está obteniendo un sorprendente éxito en su campaña de cerco populista al presidente, Obama reaccionó aprovechando el púlpito que le concede el cargo. Por primera vez desde que llegó a la Casa Blanca se dirigió a la nación desde su despacho en el horario de más audiencia televisiva. Habló de la insostenible adicción de EE UU al petróleo. Perforar en tus propias costas es el precio a pagar para que los ciudadanos norteamericanos sigan creyendo que el petróleo barato es uno de los derechos humanos. Cargó contra BP, a cuyos directivos posteriormente el Congreso sometió a un tercer grado público. Prohibió las perforaciones en el mar, decisión contestada inmediatamente como ilegal en los tribunales.

Pero las desgracias nunca vienen solas. La insubordinación de McChrystal, un gran ego y un bocazas, el general mimado de Obama, conductor de su guerra necesaria en Afganistán, vuelve a poner sobre el tapete los límites de la presidencia norteamericana. La dificultad, ya no de cambiar el mundo, sino de gestionar los conflictos. Obama ya había topado con los límites en Oriente Medio; Netanyahu no obedece; Irán no acepta su mano tendida y continúa adelante con su programa nuclear con el que posiblemente habrá que aprender a convivir; mientras los otros, Brasil y Turquía, aparecen con ideas propias en el patio trasero energético de EE UU, algo inconcebible hasta hace muy poco. Obama, que ya advirtió en campaña electoral que “era delgaducho, pero duro”, ha respondido de la única manera posible en una democracia. Destituyendo al general rebelde y confirmando la supremacía del poder civil. Algo más propio de otras latitudes y cuya necesidad puede parecer insólita en un país como Estados Unidos. La nación afronta dos guerras a la vez, la de Afganistán acaba de superar este mes en duración a la de Vietnam, y el caso McChrystal refleja una cierta militarización de la política norteamericana. Los generales, ahora el nuevo héroe es el general Petraeus, de quien ya se habla como posible candidato presidencial republicano en 2012, ocupan el espacio público. Obama aparece tan asediado que ni siquiera la firmeza demostrada con McChrystal puede ser interpretada del todo como un signo de fortaleza.

El órdago del militar contra la Casa Blanca va más allá y desnuda la estrategia seguida en Afganistán. A pesar de que Obama anuncia que no cambia de política, solo de general, la sensación de que se está perdiendo la guerra está muy extendida. Crecen la violencia y las víctimas en la coalición de la OTAN. La contrainsurgencia, que más que ir a por los malos, apuesta por apoyar a los buenos y proteger a la población civil ofreciéndole gobernabilidad, está fracasando. El Gobierno de Karzai, corrupto, deslegitimado y atrincherado en Kabul, solo tiene de tal el nombre. Afganos y paquistaníes piensan que Estados Unidos no tiene estómago, ni economía, para aguantar una guerra larga. “Las únicas opciones reales son perder pronto, perder tarde, perder por mucho, o perder por poco”, escribe Thomas Friedman en The New York Times. No hay soluciones mágicas para los problemas que enfrenta Estados Unidos. “América debe crecer y lo que necesitan los ciudadanos es la calidad que distingue a los adultos de los niños: paciencia”, recomienda Paul Starobin en The Washington Post. No esperen que Obama sea Superman.

Fuente: www.elpais.com

 
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