El evangelio, según Saramago

Simon Alberto Consalvi

Simón Alberto Consalvi
sconsalvi @el-nacional.com

Un grabado de Alberto Durero, El Gran Calvario, de 1495, está colgado frente al novelista, mientras comienza a escribir El Evangelio según Jesucristo. José Saramago lo describe desde el ángulo izquierdo superior, allí donde está el sol, el astro-rey, “una cabeza de hombre de la que surgen rayos de aguda luz y sinuosas llamaradas… y esa cabeza tiene un rostro que llora, crispado en un dolor que no cesa…”. Bajo el sol, un hombre desnudo: el Buen Ladrón, atado a un tronco de árbol. Un hombre de gran barba tapa las raíces de ese árbol.

José Saramago

Ese hombre es José de Arimatea, vestido con ricas, holgadas y abundantes ropas. Lo sigue una mujer de nombre María, como tantas que llevan ese nombre, pero ésta es, sin duda, la Magdalena, pues sólo “una persona como ella, de disoluto pasado, se habría atrevido a presentarse, en esta hora trágica, con un escote tan abierto…”.

A esta mujer la sigue otra mujer. Su nombre es también María… “Fuera del rostro lagrimoso y de las manos desfallecidas, nada se alcanza a ver de su cuerpo, cubierto por los pliegues múltiples del manto y de la túnica, ceñida a la cintura por un cordón cuya aspereza se adivina… Es la viuda de un carpintero llamado José, y madre de numerosos hijos e hijas, aunque sólo uno de ellos, por imperativos del destino o de quien lo gobierna, haya llegado a prosperar, en vida de manera mediocre pero mayormente después de la muerte”.

Reclinada está esta María sobre el muslo de otra mujer, también arrodillada, “también María de nombre, y en definitiva, pese a que no podamos ver ni imaginar su escote, tal vez la verdadera Magdalena”. Esta María mira directamente el rostro del Crucificado. “Sólo una mujer que hubiese amado tanto como imaginamos que María Magdalena amó, podría mirar de esa manera, con lo que, en definitiva, queda probado que es ésta y ninguna otra, excluida la que a su lado se encuentra…”.

Hay una cuarta María, de mirada vaga, y un hombre adolescente, que es Juan, de cabellos ensortijados y labios trémulos, que a su vez también tapa las raíces de otro tronco de árbol, del cual cuelga otro hombre desnudo. Es el Mal Ladrón, “rectísimo hombre en definitiva, a quien sobró conciencia para no fingir creer, a cubierto de leyes divinas y humanas, que un minuto de arrepentimiento basta para redimir una vida entera de maldad o una simple hora de flaqueza”.

En estos personajes de un grabado de Durero están las claves de la novela El evangelio según Jesucristo: el sol y la luna, cuatro mujeres que se llaman María, el Buen y el Mal Ladrón, José de Arimatea, Juan, cuatro jinetes, cuatro ángeles y ese personaje que se aleja en el horizonte, con su vinagre y con su agua, con su cubo y su caña, para quien la misión había terminado. Y, en el centro, Jesús, el Crucificado, cuya historia apenas empieza.

Esta es una de las grandes novelas de José Saramago.

Mientras repaso todas y busco algunas notas viejas y otras no, sobre La balsa de piedra, El hombre duplicado, El viaje del elefante, la última Caín (2009), pienso que El año de la muerte de Ricardo Reis, sobre un hombre fantasmal, el gran Fernando Pessoa, y El evangelio según Jesucristo son sus obras capitales. No obstante, son tantas y tan excelentes que no pocos podrían alegar que Ensayo sobre la ceguera está entre las mejores de nuestro tiempo, y véase que no hablo del siglo XX ni del XXI porque Saramago perteneció a ambos, o sea, a la edad de la incertidumbre.

Es una de las fábulas más terribles y despiadadas sobre la condición humana, la parábola de la ceguera que desnuda lo invisible.

Saramago comenzó con novelas como Cuaderno de pintura y caligrafía, Alzado del suelo, Historia del cerco de Lisboa, Memorial del convento, El año de la muerte de Ricardo Reis, La balsa de piedra, El evangelio según Jesucristo. En etapas más recientes escribió La caverna, Todos los nombres, Ensayo sobre la ceguera, Ensayo sobre la lucidez, El hombre duplicado, Intermitencias de la muerte. Al poco tiempo de comenzar a escribir El viaje del elefante, el novelista enfermó de gravedad y temió dejar inconclusa tan singular historia. Regresó de la muerte, y no sólo la terminó, sino que escribió Caín, la última.

Más que ateo, Saramago era como un polemista irreverente que escogió a Dios como su contendor, y negó y contradijo, y se aventuró al complejo mundo de las Santas Escrituras, el Nuevo y el Viejo Testamento.

Caín es la novela de la discordancia incesante entre el creador y la criatura, una defensa de Caín contra el bueno de Abel que no lo era tanto, en medio del fragor de guerras del Antiguo Testamento.

Adán y Eva fueron echados del Paraíso por haber probado del Árbol del Bien y del Mal. Si era un árbol prohibido, ¿por qué ponerlo allí? Y, ¿de dónde y para qué el “Creced y multiplicaos”, si apenas lo ensayaron ya habían pecado? José Saramago está y estará aquí, evangelista del desasosiego, como Ricardo Reis.

 
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