Las Noches de la Isabela

Luis Cubillán Fonseca

Luis Cubillán Fonseca
cufons@hotmail.com

De un manotazo, ¿zarpazo? Le fue quitado a sus dueños el viejo Ateneo de Valencia, el Ateneo no; digamos bien: -la sede-, construida por la generosidad del pueblo de Valencia. Luego que se financió la construcción, Premio Nacional de Arquitectura… y la joven Presidenta de aquel período Sra. Frida Añez, no cabía de contento: ya la Exposición Internacional de Pintura, que habían programado para festejar el aniversario de la ciudad, tendría una sede digna. Ahora Oswaldo Vigas, actuando como agente cultural en Europa, podría enviar obras de los artistas “comunistas” que aun quedaban, a cuya cabeza iba Picasso.

De igual manera como se procedió a la fundación de aquella institución, hace casi ochenta años, ha sido la tarea de rescatar otra casa: “La Isabela”, sede para que la cultura se aloje. La Isabela, fue construida por Juan Miguel Iturriza, vasco de origen. A su paso por España, estuvo alojado en la Isabela. Era un balneario. Los efectos curativos de sus aguas se extendían a males tan dispares como “reuma, gota, erupción de la piel, efectos nerviosos, enajenación mental, epilepsia, convulsiones, hipocondría, asmas nerviosas, neuralgias, parálisis, cálculos, hepatitis y efectos sifilíticos, oftalmias, bronquitis y catarros por señalar tan sólo los más comunes.

Queda constancia de que en el año 1512, es decir, tres siglos antes de ser constituida la casa de baños, ya acudían enfermos a buscar remedio para sus dolencias, y entre ellos don Gonzalo de Córdoba, el Gran Capitán. Sus aguas podían tomarse bebidas o en baño. La gente prefería emplearlas por el segundo sistema, debido al mal sabor que, incluso a baja temperatura, suelen tener las aguas sulfurosas.

Ahora está de moda en España ‘La memoria del agua’, novela de la periodista y escritora Teresa Viejo, que nos presenta ese lugar como escenario en dos tiempos muy diferentes: sus años dorados a comienzos de los veinte, cuando allí acudían los más ricos y nobles a relajarse con sus aguas termales, y en plena guerra civil.

De allí el nombre del palacete. Además la esposa de Iturriza se llamaba Isabel.

Siguiendo la orientación del Gobernador, la Secretaría de Cultura del estado Carabobo, a cuyo frente está la ex presidenta del Ateneo de Valencia, María Cora Páez de Toppel, y el distinguido arquitecto Pedro Dohuai Toledo, han hecho de la vieja casona, un esplendido lugar, donde se reúnen cientos de personas a disfrutar los magníficos espectáculos, conferencias, charlas, y exposiciones. Allí gente de todas las edades, de todas las tendencias, han encontrado un refugio para la cultura. Es una experiencia maravillosa asistir a la programación que la Dirección de Cultura y la Dirección de Patrimonio Cultural desarrollan en el viejo caserón restaurado por el Gobierno de Henrique Salas Römer.

La Isabela estuvo durante más de cuarenta años abandonada, cuando la declaramos Monumento Nacional, (Junta Nacional Conservadora del Patrimonio Histórico y Artístico, donde pasé 20 años peleando), hubo gente que critico la medida “pues allí no había pasado nada histórico” como si el discurrir de la vida no es algo histórico. Además el diseño de la casa es una muestra del desarrollo arquitectónico que había alcanzado la ciudad hace tan solo 100 años. Como si la obra del arquitecto Francisco de Paula Fernández Paz graduado de Agrimensor Público en la Universidad de Valencia, (no existía la carrera de Arquitectura)  La  verdad es que La Isabela estaba a punto de derrumbarse. Luego de cada lluvia, nos acercábamos al viejo cascarón temiendo  su desplome.  Muchos recomendaron entonces a Salas Römer que lo dejara caer, pero éste insistió pese a que el dueño no aparecía.  Argumentaban que se trataba de un mamotreto arquitectónico, que no tenía ningún valor que no fuera la cursilería de una época. Pero éste respondía, “si no tiene ningún valor, ¿porque veo siempre pintores allí en la esquina, dibujando su imagen como para salvarla?”.

Tardó tres años el gobernador Salas-Römer en descubrir que el inmueble pertenecía a una oscura empresa constructora de Pedro Tinoco que la había adquirido años antes para levantar un edificio, solo que al construirse el distribuidor de  la Fábrica de Cemento, los retiros obligatorios redujeron demasiado el espacio construible. Fue gracias ese hecho accidental, el haber quedado vetusta estructura en medio de una encrucijada de caminos, lo que la había salvado de una demolición.

Rápidamente llegó  el Gobernador a un acuerdo con la empresa, el gobierno regional la adquirió a un precio razonable, y la entregó para su restauración a un hombre con alma de poeta que había vivido en ella parte de su niñez.

Fue un acierto del  Doctor Salas-Römer… pero también un error. Un error poético, digamos, porque Luis Castrillo tardó cuatro años en reconstruirla, haciendo que cada teja fuera dedicada en memoria de aquella memorable hazaña.  Un acierto, por la calidad profesional del restaurador, por el esmero con que acometió la tarea y por la perfección y encanto de la obra terminada.

Su nombre MUSEO DE LA CIUDAD, se lo dio el Gobernador  Salas- Römer luego de su viaje a la provincia de Vladimir, Rusia, en 1995, donde encontró un museíllo similar que, como éste, no tenía otro mérito que el de ser – como lo es en Puerto Cabello la Calle Lanceros- un hito simbólico de la ciudad.

 
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