Periodismo vs. poder

Vladimir Villegas

EL DEBATE DE LA SEMANA
Vladimir Villegas

El Presidente de la República ha reclamado un periodismo consustanciado con la ética y la verdad.

Y es una demanda que históricamente se ha formulado a quienes ejercemos esta digna y difícil profesión. Cuando esta demanda viene desde el poder hay que tomarla con pinzas.

El ejercicio indecoroso del periodismo no tiene ideología. En nombre de cualquier postulado filosófico o político se puede hacer periodismo de calidad o caricatura de periodismo. Periodismo ético o palangrismo de la peor especie. Es cuestión de condición humana, no de ideologías.

Creer, por ejemplo, que se le hace un servicio a la revolución, al socialismo, a la redención de los oprimidos sobre la base de un periodismo domesticado, alcahueta del abuso de poder y ayuno de crítica, de denuncia o de reflejos ciertos del descontento que existe en la sociedad es, cuando menos, un autoengaño.

La mejor manera de lograr que la corrupción, que la indolencia en la gestión pública, la incapacidad, la injusticia y la impunidad terminen por imponerse es estigmatizar el ejercicio del periodismo y pretender reducirlo a la condición de simple instrumento de la adulancia del poder, en cualquiera de sus manifestaciones: político, económico, religioso o militar. El conflicto entre el poder y el periodismo debe mantenerse por el bien de la ciudadanía. No puede ni debe resolverse a favor de ninguna de estos factores, sino a favor de los derechos de la gente, de la verdad, de la justicia. No puede haber transformación social verdadera, transferencia de poder real a la gente y construcción del nuevo Estado que recoge la constitución de 1999 si se pretende reducir, limitar, desfigurar o incluso desaparecer los contenidos que en materia de libertad de expresión, derecho a la información y derecho de informar están plasmados en la carta magna.

Por eso la búsqueda de la llamada hegemonía comunicacional es una estrategia del poder para controlar el espíritu crítico que siempre existe en la sociedad, el cual tiene en el periodismo uno de los vehículos necesarios para manifestarse. Soy partidario de la no-hegemonía comunicacional, porque incluso en una sociedad polarizada el flujo de información deja de ser democrático y se reduce a lo que los polos dominantes pretenden imponer, sin dejar espacio a los matices, a los grises, a las visiones intermedias y diversas de los problemas y de la vida misma.

No creo que el modelo de periodismo que requiere Venezuela sea el que se está construyendo en los medios del Estado. Si cierto periodismo en tiempos del bipartidismo buscaba hacer invisibles los sectores marginados, ahora desde los medios oficiales se estimula la censura a la crítica, e incluso, a las posturas disidentes, aunque se asuman desde el respaldo al Gobierno o al Presidente.

Los reclamos laborales, las denuncias de corrupción, los abusos de poder, los casos como el de la comida vencida o podrida, aunque sean denunciados por el propio pueblo chavista, no pasan el filtro. Y de paso, ha quedado claro que los mecanismos de manipulación de la justicia están dando pasos cada vez más firmes hacia la criminalización de la opinión y la denuncia periodística.

Y no es que no existan motivos suficientes para criticar la labor periodística que se hace desde los medios privados. Pero en la hora actual el debate que debe convocarnos es el que apunte hacia la preservación de la diversidad como una característica irrenunciable del periodismo. Es necesario rechazar, con firmeza, la pretensión de imponernos un modelo comunicacional que legitime la autocensura, que promueva la incondicionalidad y que busque reducir al mínimo posible las voces divergentes. Si el periodismo sucumbe al poder, estamos fritos.

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