Entre la tragedia y la joda

Alberto Barrera Tyszka

El país es una eterna clase de aeróbics. Cada dos minutos te cambian los movimientos, tienes que mirar hacia otro lado. Probablemente, si Manuelita Sáenz viviera, estaría indignada con tanta cursilería inútil…

Alberto Barrera Tyszka
abarrera60@gmail.com

El sistema de alarmas se encendió cuando recibí el correo de un lector que me enviaba su número de cédula de identidad, su dirección y su teléfono, advirtiéndome que vivía en Acarigua pero que en seis meses más se mudaría a San Carlos, desde donde, con el mismo entusiasmo, se ponía a la orden para formalizar la fundación del partido en esa entidad. Se me arrugó la sonrisa en la cara. ¿Este tipo está hablando en serio? A partir de la columna de la semana pasada, también hubo lectores que escribieron ofreciendo sus experiencias propias, experiencias que muy bien podrían empezar a organizar un largo museo del disparate nacional. Venezolanos y venezolanas que trabajan en hospitales, en liceos o en universidades, empleados de empresas públicas y privadas; personas de todo tipo, rojos y verdes, azules y de color indefinido; gente que vive el país desde la simple condición ciudadana, gente harta de tanta loquetera, de tanto absurdo.

De pronto, tuve la sensación de que sólo somos un mapa fuera de control, moviéndose sin brújula, perdiendo sus formas, construyendo un vacío.

Una imagen que se repitió en varios correos: en este momento, hay más de un compatriota que sólo quiere asomarse a la ventana, subirse a una platabanda o pararse en mitad de la calle y gritar: “¡Coño!”, y exigir algo de sindéresis, alguito de lógica, por favor, por más que sea, ¿en qué parte de este país se consigue medio gramo de sentido común? Ana Black mandó el diseño de un afiche con el eslogan “¡Un poquito de coherencia, carajo!”. La lectora María Teresa propuso otras posibilidades: “Colirio y no más delirios” o “No a la vida en alto voltaje”. Hugo Parra, desde Maracaibo, sumó esta consigna: “¡Al frente, con dos dedos de frente!”… Hay mucha gente con muchas ideas ante un único hartazgo, ante la desesperación de no entender qué pasa, cómo llegamos hasta aquí.

Pero no hay tiempo para pensar. Al menos, eso nos dicen los medios a cada rato. El país es una eterna clase de aeróbics. Cada dos minutos te cambian los movimientos, tienes que mirar hacia otro lado, estar pendiente de otra cosa. Eso que llaman síndrome de déficit de atención, aquí en Venezuela lo llamamos identidad, ciudadanía.

Cada minuto hay un nuevo suceso, otra amenaza, un show, una cadena, un decreto, otra expropiación… Mientras tenemos las cifras de inseguridad social más altas del continente, mientras descubrimos un crimen de negligencia alimentaria sin precedentes, mientras asistimos a la imposición legal de un modelo que fue rechazado en elecciones democráticas en 2007…, mientras todo esto, y otras cosas más, van ocurriendo, el Gobierno promueve una telenovela que para qué te cuento Delia Fiallo, olvídate de cualquier folletín exitoso, aquí te traigo el disparate de esta semana.

No se la pierda. Es un melodrama sacado de la vida misma. El próximo 5 de julio. Por, en y desde ese único canal de televisión llamado Venezuela, en vivo y directo, en cadena nacional, por supuesto, el capítulo final de la más conmovedora historia del continente: los amores de Manuela y Simón. No es broma. Es algo tan serio que forma, además, parte de la celebración del bicentenario. Los “restos simbólicos” de Manuelita Sáenz serán traídos y reunidos junto a los del Libertador.

Es una teleculebra que viene peregrinando desde hace meses pues, informa Telesur, doña Manuela ya lleva rato recorriendo Ecuador, Perú y Colombia, con el fin de llegar a reunirse con su amado, por fin, esta semana, en la ciudad de Caracas.

Pasé días tratando de imaginar qué podían ser los “restos simbólicos” de Manuelita Sáenz. Había algo que no encajaba bien dentro de esas comillas. Finalmente, conseguí la información: se trata de “dos urnas simbólicas contentivas de tierra de Paita”, según la misma Telesur. Es realmente admirable. Es tan insólito como jocoso. La Fuerza Armada Nacional Bolivariana rindiéndole honores a las simbólicas urnas que traen los restos simbólicos de la heroína ecuatoriana, para que, finalmente, después de tantos capítulos, los dos amantes estén juntos para siempre. ¿Cómo no sentirse ridículo frente a todo esto? Estamos ante un gobierno que intenta legitimarse de cualquier manera, que pretende que una revolución sea un melodrama.

Probablemente, si Manuelita Sáenz viviera, estaría indignada con tanta cursilería inútil, con tanta pompa destinada a sacralizar a los poderosos.

No es fácil lidiar con el absurdo. Mucho menos cuando el absurdo es un plan oficial, un proyecto de país. Quizás, también, por eso estamos así. Tal vez por eso nos tomamos en serio lo que sólo es una broma. Tal vez por eso sólo podemos tomarnos en joda lo que es trágicamente serio.

 
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