ÉRAMOS FELICES Y NO LO SABÍAMOS

Alfredo Fermín

Alfredo Fermín

En los años 70, en un París que todavía no había superado los traumas de la II Guerra Mundial y los estragos causados por Hitler, que quería quemarla como Nerón a Roma, teníamos un amigo venezolano flojísimo. Sólo le gustaba quedarse en su cuarto viendo televisión o tomando vino que allá es tan bueno y tan barato. Siempre que lo convidábamos para salir tenía una excusa.

En esa época, como consecuencia del Mayo Francés del 68, había, por todas partes, exposiciones y actos gratuitos para todos los gustos. En una oportunidad, le invitamos a ver el Ballet Real de Londres, interpretando El Lago de los Cisnes, con Rudolf Nureyev y Natalia Makarova, como solistas, en el patio de El Louvre. Nos dijo que estaba resfriado y que el sereno lo podía empeorar. Otra noche, lo convidamos a dar una vuelta por la plaza de La Concordia donde, en la víspera del 14 de Julio, tienen celebraciones rumbosas por el día de la independencia de Francia. La respuesta fue la misma.

Para la fastuosa apertura de la exposición Cien años del Impresionismo, en el Museo de Arte Contemporáneo (todavía no habían inaugurado el Pompidou) a donde llevaron obras de maestros impresionistas de los museos más importantes del mundo, conseguimos dos invitaciones. Una se la ofrecimos y la rechazó argumentando que allí había mucha gente.

Poniéndole las cosas más sencillas, lo invitamos al café de Flora, en el bulevar de Saint Germain, donde se podían ver personajes como María Félix, Julio Cortázar, Octavio Paz o George Mustaki. La respuesta era igual: estoy ocupado, hace mucho frío o eso es muy lejos. Optamos por no invitarlo, pero siempre le informábamos sobre lo que habíamos visto en aquél París que marca para siempre a los que viven allá.

Años más tarde nuestro amigo, hoy fallecido, venía a Valencia a dictar cursos en una extensión que tenía aquí la Universidad Simón Bolívar y cuando conversábamos nos decía que estaba obstinado de Caracas, porque allá no había nada que ver. “Sueño con regresar a París porque no puedo vivir sin asistir a exposiciones, conciertos, espectáculos como los que veíamos cuando estábamos allá”.Le escuchábamos en silencio,conteniéndonos para

no decirle que era un mitómano porque creo que, en los cuatro años que estuvo en aquella ciudad, no conoció ni siquiera La Torre Eiffel que se ve de todas partes.

La apatía nos envuelve

Esta anécdota la recordamos siempre que vamos al Cine de Arte Patio Trigal, donde proyectan obras maestras de la cinematografía, para un público demasiado reducido quizá porque profesores, estudiantes y trabajadores de la Universidad de Carabobo, a la que pertenece dicha fundación, tienen las mismas excusas de nuestro amigo en París.

Estamos seguros de que sí, a consecuencia de la difícil situación presupuestaria que tienen las universidades, la sala llega a ser clausurada, serán muchos los que se lamentarán y hasta firmarán remitidos por haber sido privados del derecho a ver buen cine, así no hayan ido nunca. Acaba de finalizar el Festival de Cine Francés durante el cual fueron proyectadas obras maestras, premiadas en los festivales de Cannes y de Venecia. Sentimos mucha tristeza y desaliento en la acogedora sala casi desierta, tanto que algunas sesiones estuvieron a punto de ser suspendidas por falta de público.

Cosas que pasan

El asunto no sería más lamentable si no se presentasen otros casos que ponen en entredicho la formación y la responsabilidad de quienes dirigen y siguen estudios especializados como la Literatura. A comienzos de este mes, con el apoyo su Dirección de Cultura, la Universidad de Carabobo celebró el Octavo Encuentro Internacional de Poesía en el que estuvieron como invitados especiales los poetas Gerhard Falkner, de Alemania; Emilio Coco, de Italia; Jordi Villaronga, de España e Igor Barreto, de Venezuela, además de otros destacados intelectuales nacionales. Sin embargo, el público, aunque numeroso, no fue mayoritariamente universitario ni llenó por completo el auditorio de El Carabobeño donde tuvieron lugar memorables foros y recitales.

¿Será que esos profesores y estudiantes están tan “sobrados” en sus conocimientos que no les hace falta asistir a esos acontecimientos literarios? Creemos que el vicerrectorado académico y los decanos de las facultades, que tienen que ver con el Arte, deberían revisar si la docencia universitaria se está impartiendo con el debido respeto a la academia.

Posiblemente cuando eliminen ese festival poético, por falta de público, estudiantes y profesores tomarán el Arco de Bárbula y quemarán camiones en defensa del derecho a la Poesía y vendrán a los medios a decir que denunciarán este atropello, ante las organizaciones de defensa de derechos humanos. No es una ironía, es que los venezolanos somos así. Por eso, es tan acertado el dicho de que, antes de Chávez, éramos felices y no lo sabíamos.

www.el-carabobeno.com

 
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