Golpe desde el estado *

Carlos Blanco

La creación del Estado paralelo es un autogolpe. Chávez cree estar en la construcción del socialismo y lo que construye es una sociedad prefeudal, muy parecida a lo que Marx denominó Modo de Producción Asiático. Éste consistía en un sistema de propiedad ejercida colectivamente en la que nada era de nadie en particular sino de la comuna y que generó una élite dominante, encabezada por un faraón o un inca convertido en jefe y real propietario de lo que supuestamente pertenecía a todos. Las leyes sobre las comunas, la contraloría social, la propiedad social, son instrumentos para destruir los restos de institucionalidad. Así como las milicias están destinadas a la supresión de la FAN profesional, el dispositivo comunal es la trampa cazabobos dispuesta para un arrase total, momento en el cual el ególatra se transformaría en Faraón.

No lo hace porque se sienta fuerte, más bien su movimiento está arratonado por las putrefacciones y peleas domésticas, por el tesoro o por el poder. Pero, sin duda, estas jugadas atemorizan a la sociedad porque tienden a convertir a los propietarios en poseedores precarios, lo cual es una mutilación de la condición humana. Los ciudadanos no sólo tienen menos debido a la inflación, el desempleo y el crimen, sino que ahora son menos ciudadanos. El mordisco chavista destroza los bolsillos y también el alma.

Nadie sabe si el país podrá resistir este embate; nadie sabe si el régimen tiene fuerza para imponerse como el tuerto del país de los ciegos; nadie sabe si éste es un desafío que obligará a sacar los ímpetus de donde no existan para ponerle freno. Sea lo que sea es un golpe de estado desde el gobierno.

Un asalto al poder

La Revolución Nonata. Aquí no hay revolución, en el sentido de un cambio progresivo de las estructuras económicas y sociales del país. Lo que ha habido es un asalto al poder de una camarilla inescrupulosa, prevalida del apoyo que las élites le dieron en los orígenes de su aventura. Durante mucho tiempo el resultado ha tenido más el sabor del abordaje de las mafias rusas al Estado ex soviético que la gesta romántica, a ratos gloriosa, y siempre sangrienta de la revolución cubana.

La característica esencial de este cambio en Venezuela es que ha sido impulsado desde arriba, con apoyo social pero sin participación popular. Las masas de Chávez no han sido actoras sino sólo la audiencia entusiasta que aplaude su soliloquio. Las revoluciones, al menos durante un tiempo, tienen a las masas como las protagonistas, con su insólita y mortífera belleza, con la guillotina o los fusilamientos como instrumentos de su justicia poética. En Venezuela no ha habido ni hay revolución y ya, a estas alturas, no puede haberla, aunque eso es lo que intentan ahora con el poder comunal.

Ha sido un simple asalto al poder de un grupo que una vez obtenida la carta blanca del control de todos los poderes, ha hecho y deshecho, con las solas sujeciones de la sociedad civil en la calle y la necesidad de guardar ciertas apariencias ante la comunidad internacional. Al amparo de este alboroto se ha formado una nueva casta enriquecida, formada por viejos empresarios, varios de los nuevos, entre los cuales se cuentan doctores, tenientes, capitanes, generales y “luchadores sociales”, especímenes éstos que abominan de sus condiciones económicas previas y aseguran que ni por un santiamén regresarán al barrio o a la modesta urbanización que los vio hacer “trabajo de masas”. En este contexto se ha producido el encumbramiento de Chávez, convertido en propietario de los recursos del Estado con más boato, excentricidades y ridiculeces que los ricos que critica.

La degollina institucional

Chávez quiere sinceramente una sociedad que se enrumbe al comunismo. Tiene dos problemas; no sabe mucho en qué consiste y tampoco sabe cómo se construye. Como ha confesado que es un marxista sin haber leído a Marx, algún alma caritativa debiera decirle que es fascista sin haber explorado el pensamiento de Mussolini. En todo caso, Chávez tiene una deuda pendiente con él que es la construcción del socialismo, tras haberlo pavimentado con boliburgueses, con personajes impúdicos como Rafael Ramírez y generales serviles.

El Comun(al)ismo. Ahora pretenden resolver el problema de la carencia de pueblo a través de las comunas. De este modo ensayan darle al asalto al poder un barniz de revolución socialista. Sin embargo, ya es tarde para construir una genuina fuerza popular. Este régimen tiene una falla de origen: recibió apoyo popular pero no promovió la participación popular; usa a la gente, pero no la respeta; invoca las necesidades del pueblo pero quien habla en su nombre y al final lo sustituye es Chávez. Cuando él bosteza es porque el pueblo tiene sueño; cuando enloquece -¡exprópiese! ¡Exprópiese!- se ve en el espejo y sólo alcanza a ver al pueblo desquiciado.

Ahora pretende que el pueblo participe; pero eso sí, “mi pueblo”, el suyo nada más. El que él decide. Pero además, debe hacerlo bajo estricta dependencia de un ministerio y de la Presidencia, tanto para los recursos como para las decisiones. Ese pequeño íncubo que ha dado a luz en forma de comuna puede convertirse en su más poderoso instrumento para la anunciada degollina institucional. Los consejos comunales pueden hacer y deshacer; ellos serían el poder, aunque en realidad sólo sean el muñeco del ventrílocuo. En vez de tener al Faraón apuntando con su dedo para decidir una confiscación se tendría la mano interpuesta de la comuna.

Un prólogo para la resistencia

En esta armazón desaparece la participación porque basta que cuatro gatos se reúnan y se constituyan en poder comunal para que sus decisiones sean de obligatorio cumplimiento. Recuérdese que en la derrotada reforma constitucional de 2007 Chávez proponía el siguiente artículo: “El pueblo es el depositario de la soberanía y la ejerce directamente a través del Poder Popular. Este no nace del sufragio ni de elección, sino que nace de la condición de los grupos humanos organizados como base de la población. El Poder Popular se expresa constituyendo las comunidades, las comunas y el autogobierno de las ciudades, a través de los consejos comunales, los consejos obreros, los consejos campesinos, los consejos estudiantiles y otros entes que señale la ley”. No hay sufragio, no hay elección, sólo la voluntad popular constituida en asamblea. ¡Ah! ¡El Terror! ¡Ay, Robespierre!

El encuentro convocado por los alcaldes Gerardo Blyde, Emilio Graterón, Myriam Do Nascimento y Ovidio Lozada puede ser la base de un movimiento de resistencia. Insertar la participación electoral en la lucha contra este autogolpe parece un camino capaz de llevar a la disidencia democrática a caminar con las dos piernas: elecciones y conflicto social. ¿Qué tal si la convocatoria de la semana que viene es el prólogo para un Congreso Federal por la Democracia y la Libertad?

Puente: www.tiempodepalabra.com


* Título original GOLPE BAJO.  Para hacer mas explicito la intención del autor, ABC de la semana toma prestado como titular un concepto planteado en un trabajo anterior por el Profesor Fernando Mires

 
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