Cuando los pueblos despiertan *

Santiago Quintero
santiagoquintero@gmail.com

En una isla desolada de su pensamiento, el eximio nobel José Saramago discurría pinceladas narrativas para ilustrar su relato “El cuento de la isla desconocida”, el cual introduce con la siguiente escena: “Un hombre llamó a la puerta del Rey y le dijo, Dame un barco…”. A partir de ese momento, todos los lectores nos quedamos prendados con una sucesión de eventos que a su vez se entrecruzan en la madeja de sucesos de la sociedad en la cual vivimos, no muy lejana de las motivaciones y acciones de los personajes que tienen un Rey como figura tutelar y por escenario un castillo de tres puertas, la de los obsequios, la de las peticiones y las de las decisiones.

Saramago no espera para dispararnos en el abrir del relato su punto culminante, porque es el momento de inflexión de todo el relato, constituido en una caricatura válida de una suerte de ficción de la realidad.

El Reino es el país, la comarca, el sitio donde todos son siervos que obedecen a una sola voluntad. El Rey representa al poder único, absoluto, cuyas órdenes son transmitidas por una corte de secretarios y ayudantes, que se nos antoja infinita entre la puerta de los obsequios y la puerta de las solicitudes. Al Rey le encanta quedarse apostado en la puerta de los obsequios. Y no va a compartir eso con nadie, ni siquiera con ese Yo interno que llaman conciencia, no señor, ubiquen ese cuento en otro cuento, no en éste. Nada más placentero al ego que recibir regalos de todos, prebendas por doquier, sin que ninguna de ellas se haya requerido en tanto que son recibidas sin contraprestación. Al Rey le gusta que le obsequien poder y riquezas, pero es muy tacaño para dar. Cuando recibe, lo hace directamente para obtener la tajada mayor. Cuando otorga un favor o una gracia, lo delega hasta el último funcionario que podrá dar muy poco cuando en él esté la decisión.

Esta estructura del relato es profundamente reveladora. Así funciona el Poder Único, postergando decisiones, acumulando el poder que le confiere el vivir de la renta de no tomarlas; en cambio, si las tomara rápido, entonces no acumularía el poder que otorga su retardo. Así logra que el problema se haga mayor y recibir más obsequios por brindar la misma solución. Es claro que la política vive de no resolver problemas y de acumularlos, arguyéndose como la única solución posible a ellos. Pero es preciso que la notoriedad de la ausencia de la solución no sea pública, sino íntima, que el problema esté en cada quien pero que no se haga colectivo en la multitud, porque entonces tendrá fuerza pública y habrá de resolverse. Allí la solución puede ser más difícil, la Asamblea comprenderá que convocándose a menudo sustituirá los poderes del Rey y hará que éste sea prescindible.

Hagan un lado la teoría, el pueblo francés no generó una revolución porque leyó a Voltaire, Rousseau, Montesquieu o Dalembert. El pueblo de Francia hizo una revolución porque ya no había pan y pretendían darle comida descompuesta como reemplazo de aquél. Y la comida descompuesta incluye la demagogia de no dar un alimento de verdad procurando calidad de vida para todos. Hasta que alguien se atreve y pide un barco cerrando la puerta de los obsequios porque el Poder no atiende la de las peticiones. Así suele pasar hasta con los cuentos, con el permiso de Saramago, porque a los pueblos no les pueden alargar mucho la ficción.


* Título original: DAME UN BARCO

 
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