Ironía contra poder

Tulio Hernández

Tulio Hernández
hernandezmontenegro@cantv.net

Entre tantos otros talentos, una de las más llamativas virtudes del escritor mexicano Carlos Monsiváis era sacar de la manga breves y contundentes frases con las que solía demoler magistralmente las imposturas del poder y toda tentación de facilismo intelectual. La ironía era su fuerte, y la negación a dejarse encasillar en los dilemas elementales de quienes miran el mundo desde el balcón de los fanáticos, una vocación.

Alguna vez, recién conociéndolo allá por los años ochenta, tuve la oportunidad de preguntarle qué pensaba del proyecto neoliberal de Salinas de Gortari para México. Con toda seriedad, me respondió: “Es impecable. Excelente. Sólo que deja fuera a 40 millones de mexicanos”. Años más tarde, luego de recordarle los fracasos históricos de los socialismos, los neoliberalismos, los militarismos y los populismos en América Latina, un periodista angustiado le preguntó: “¿Después de esto qué podemos hacer en la región?”. Lo meditó un segundo y dijo: “Pues, intentar nuevos fracasos”. Y así concluyó la entrevista.

Su capacidad para citar por igual a Wittgenstein o a Benjamin junto a las frívolas frases de Agustín Lara, desplantes de María Félix, rancheras de Pedro Infante o boleros de Toña La Negra, con su persistente interés por las telenovelas, la lucha libre o la gramática edulcorada de la revista Hola, le convirtieron en un intelectual al que se le puede aplicar sin titubeos el lugar común aquel de que “con él se rompió el molde”.

Era único. En alguna ocasión, en estas mismas páginas, a propósito de una visita suya a Venezuela, escribí que uno de los mejores retratos de la leyenda en la que se había convertido se encontraba en la portada de la primera edición de su libro Rituales del caos. Es una ilustración, hecha al estilo colorido e ingenuo de los cómics o “monitos mexicanos”, en la que vemos a Carlos Monsiváis viajando de pie en un vagón del Metro, mientras toma unas notas en su libreta. A sus espaldas, agarrado al pasamanos, se encuentra Santo, el enmascarado de plata, dios de la lucha libre mexicana. A su lado, casi rozándole las piernas, una dama sensual ligera de ropas que insinúa a Gloria Trevi, la cantante pop de escándalos muy largos y faldas muy cortas. Y como corolario, la imagen de la Virgen de Guadalupe actuando como telón de fondo protector de las nuevas y viejas mitologías urbanas.

Monsiváis tenía el don de la ubicuidad y no discriminaba escenarios. Igual se le veía un día disertando en los salones académicos más exigentes de México, otro en un videoclip de Luis Miguel, fotografiado con uniforme de futbolista en el estadio Azteca, como ícono intelectual en las revista de rock pesado, o extraviado al amanecer por bares juveniles, como lo vi hacerlo una noche en Caracas en una visita que le organizamos en 1991, cuando la Cinemateca Nacional estaba llena de vida, público y pluralismo intelectual.

Ahora ya no está con nosotros. Hace ya dos semanas, una afección respiratoria lo sacó de este mundo para tristeza de amigos, lectores, radioescuchas y televidentes.

Sus seguidores guardamos con celo ejemplares de sus publicaciones. En mi caso, cuido tres libros que expresan sus pasiones a cabalidad. Nuevo catecismo para indios remisos, un compendio de ironías sobre los prejuicios raciales de las élites mexicanas; A través del espejo. El cine mexicano y su público, un ingenioso repaso de las mitologías del cine mexicano, y Amor perdido, la más provocadora lectura sobre el papel del melodrama en la cultura de los pobres latinoamericanos.

En su despedida en el Palacio de Bellas Artes, Elena Poniatowska exclamó: “¿Qué vamos a hacer sin ti, Monsi? Si eres el enfrentamiento más lúcido a los abusos de poder”. Excelente definición. Es lo que explica por qué, siendo un hombre de izquierda, con los mismos razonamientos éticos con los que atacó a las derechas del continente se distanció siempre de los modelos autoritarios de la izquierda marxista. Solía decir: “No porque una derecha espantosa les ataque, se puede justificar la dictadura de Fidel Castro o el personalismo autoritario de Hugo Chávez”. Luego se quedaba mirando en silencio con una perturbadora sonrisa que su descomunal mandíbula inferior hacía aún más enigmática.

Lo extrañaremos.

 
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