LO QUE YO VEO

JESÚS HERAS –

Dos dramas avanzan hacia un desenlace.

En Cuba, los Castro recurren a la Iglesia para liberar 52 presos de conciencia. Se ven obligados a hacerlo. La inmolación de un mulato injustamente encarcelado, ha disipado en la izquierda europea el mito heroico de Fidel.

La presión de las Damas de Blanco, reclamando la liberación de sus esposos, padres o hijos; la ubicuidad mediática de Yoani Sánchez, transmitiendo con inusual sutileza todo cuanto acontece en la Isla; la huelga de hambre del indómito Fariñas, antiguo miembro del Ejercito de la Revolución, ejercen, con el recuerdo vivo del obrero inmolado, presiones insostenibles. El mito romántico de la Revolución cubana no resiste un muerto más.

Un drama similar viven los Chávez. La imagen de Hugo, lugarteniente de Castro en Venezuela, está al borde del colapso… y con ésta, la supervivencia económica del Régimen cubano. Hace un año, quizás más, Castro personalmente asumió las riendas. Ramiro Valdez es quien imparte las instrucciones. Chávez no puede escuchar a nadie más. Su círculo íntimo se siente aislado. Su seguridad, su vida misma, Hugo lo sabe, dependen de servicios de seguridad cubanos. Castro no quiere correr más riesgos. Su pupilo debe asumir el poder total.

Pero surgen imponderables. Primero, la derrota de 2007. Luego su gobierno, el de Chávez, víctima del derroche, la negligencia y la corrupción, hace aguas: los apagones, el desempleo, la insuficiencia financiera, la devaluación, los focos de rebelión internos, la escasez de productos, la escalada inflacionaria… y para completar el trágico cuadro, aparecen en todos los rincones del país miles de furgones putrefactos, cargados de millones de kilos de alimentos… abandonados por su propia gente.

Chávez busca opacar la noticia. Interviene el Banco Federal, persigue a Guillermo Zuloaga, y, desesperado por hacer bulla, hace aprobar en primera discusión la Ley de Comunas, enajenándose de paso la lealtad de sus propios gobernadores y alcaldes. Pero ni siquiera la fiebre futbolista despertada por la Copa Mundial logra detener la hedentina.

Por último, ofende al primado de la Iglesia venezolana, quizás buscando un contrincante con quien polemizar en torno a las comunas. El acontecimiento enardece a los católicos, pero el hedor continúa.

Hugo como Fidel, los Chávez como los Castro, están presos. Son víctimas de sus propios abusos, de su propia ambición, de sus propias circunstancias, pero cuan criaturas siamesas, a un mismo destino están atados.

Si Fidel deja morir a Fariñas o Chávez promulga la Ley de Comunas, el tinglado se desploma.

La dinámica cobra vida, se acelera. Dos dramas avanzan hacia un desenlace incierto.

Es lo que veo.

 
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