Comunismo vs. anticomunismo

Vladimir Villegas

Vladimir Villegas

Me separé de las filas de la Juventud Comunista en tiempos de la llamada Perestroika, encabezada por Mijaíl Gorbachov.

A partir del desmoronamiento de la Unión Soviética y de la caída del Muro de Berlín, no era cosa sencilla buscarle explicaciones a lo ocurrido sin una crítica integral a los modelos socialistas que se establecieron en Europa Oriental, en Asia e incluso en América Latina.

El PCV no encaró ese debate con real espíritu autocrítico, como era de esperarse.

El socialismo, a causa de tantos errores y tantas injusticias cometidos en su nombre y a pesar de algunos logros en el ámbito social, educativo e incluso deportivo, pasó a ser prácticamente una mala palabra. Reagan, la derecha internacional, el anticomunismo, tuvieron en sus manos el trofeo anhelado durante tantos y tantos años. Se creía que llegaba el fin de la historia, cuando sólo se trataba del fin de un modelo que cayó por el peso de sus aberraciones.

Ahora se quiere embarcar a los venezolanos en un esquema polarizador que busca reproducir el clima de la Guerra Fría. Desde el Gobierno se le pone el apellido socialista a cualquier cosa, a sabiendas de que lo que se está construyendo es el obeso capitalismo de Estado que ya conocimos. Y la fraseología revolucionaria, aprendida de caletre, sale de la boca de burócratas que en el fondo de su alma no sienten ni un gramo de convicción auténtica. Hay mucho vivo pegado a ese carro, incluidos no pocos anticomunistas de viejo cuño que tragan grueso y ahora se visten de rojo-rojito para confundirse con gente que en verdad sí cree en el socialismo y que para allá va Venezuela.

Desde la oposición el discurso predominante es el anticomunismo. Me imagino que ese libreto debe tener incómodos a no pocos luchadores sociales que están enfrentados al Gobierno pero que no abjuran de sus posiciones de izquierda.

Así como el comunismo, de acuerdo con las experiencias socialistas ya conocidas, ha sido asociado al estalinismo, al autoritarismo, a la ausencia de debate abierto y democrático, a la represión y al culto a la personalidad, el anticomunismo tiene también sus cuentitos y sus personajes nefastos. Hitler, Pinochet, Franco, Videla, Posada Carriles… Imaginen entonces ustedes el dilema en el cual quieren meter a los venezolanos.

Por una parte, el Gobierno impulsa su modelo sobre la base del culto al líder único, de la estigmatización del pensamiento diverso, de la utilización de la justicia con descarada parcialidad y de una errada obsesión de doblegar al sector productivo y a la propia organización sindical, para dar como resultado un remedo de los lunares del llamado socialismo real.

Y por la otra, la principal oferta electoral opositora es el anticomunismo, bajo cuyo manto se esconden no pocas perversiones, entre ellas el ideal de un sistema político supeditado a los intereses de grupos tan minoritarios como poderosos y la consecuente renuncia al sueño de una sociedad más justa, de un mundo más democrático.

Ambas propuestas, la de un gobierno excluyente, prepotente e intolerante a la crítica, al debate, a la disidencia, y la de un sector de la oposición que no da muestras de evolución hacia un discurso y una práctica de real compromiso social, y que prefiere anclarse en el anticomunismo, van contra el interés de las grandes mayorías. Por eso la necesidad de crear y fortalecer un nuevo espacio y abrir camino a una nueva esperanza, ajena a los fantasmas del presente y del pasado, y que pueda unificar al país en torno al modelo que se deriva de la Constitución de 1999.

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