Gobierno vs. Iglesia: Una lucha desigual

Orlando Ochoa Terán
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Las diferencias entre la Iglesia y el Estado llevan centurias. Pero lo más relevante del caso venezolano es la procacidad de los dirigentes bolivarianos para expresarlas y la cándida aspiración de someter a su voluntad a una de las más poderosas instituciones del planeta. Otros regímenes con poderes colosales, comparados con los de la liliputiense revolución, fracasaron.

El concepto de separación del Estado y la Iglesia se remontan a las ideas políticas del filósofo inglés John Locke. No obstante, la precisión doctrinaria se le atribuye a Thomas Jefferson quien, con el propósito de despejar los temores de una potencial influencia de la religión en cuestiones de Estado, se refirió por primera vez al “muro de separación entre la Iglesia y el Estado”. Paradójicamente este principio no lo recoge expresamente la Constitución de EE UU sino de una forma interpretativa.

La Revolución Francesa, por el contrario, decide una separación expresa y más estricta que más tarde adoptan la Revolución Mejicana, la Constitución de 1931 de España y la de 1905 en Francia.

Los académicos tradicionalmente han dividido las separaciones como hostiles y amistosas. El mejor ejemplo de la primera es la francesa y la segunda la de EE UU. Pero no es la primera vez que un gobierno autoritario ha pretendido circunscribir a la Iglesia Católica a la educación, los ritos religiosos y los asuntos de conciencia al tiempo que se reservan el derecho de explotar los valores de la religión con fines ideológicos o de propaganda.

Iglesia y autocracias.

A los que se asombran de las manifestaciones, correcciones e inspiraciones en la supuesta fe católica del presidente Chávez, es necesario recordarles que Hitler también creció en medio de una familia católica y en su libro Mein Kampf, observaba: “Estoy convencido que actúo como agente de nuestro Creador”. Igualmente aludía a los judíos como asesinos de Cristo y a la venganza como un deber.

Alguna vez llegó a decir que veía a Heinrich Himmler, el director de la Gestapo, “como a nuestro Ignacio de Loyola”. Sin embargo, nunca llegó al extremo de decir que Cristo fundó al “nacional-socialismo”.

Otros dictadores también han recurrido a la fe católica para encubrir atrocidades o disparates a granel

¿Ejemplos? Ngo Diem de Vietnam; Ferdinand Marcos de Filipinas; Robert Mugabe de Zimbabwe; los Duvalier de Haiti. El propio Castro proclamó por un tiempo su adherencia católica. El general Pinochet apeló constantemente a su catolicismo y a sus credenciales anti-comunistas para evitar o amainar lo ataques del cardenal Silva Enríquez.

¿Coincidencias?

Cuando el daño que un régimen inflige a un pueblo es tan ostensible, la Iglesia Católica siempre ha tomado partido por los más débiles y no es coincidencia que en casi todas estas circunstancias haya sido un factor del desenlace. ¿Cómo evitar asociar la decisión de la Curia Vaticana de excomulgar a Juan Perón con los sucesos de septiembre de 1955? ¿Cómo separar las cartas del cardenal Crisanto Luque con el destino del general Rojas Pinilla en Colombia, o la Carta Pastoral del arzobispo Arias Blanco con los sucesos del 23 de enero de 1958? El protagonismo de monseñor Baltazar Porras en los sucesos del 11 de abril de 2002, dejó una herida en el orgullo del presidente Chávez que aún no ha cicatrizado.

No es que la historia se repita, como aclaraba un intelectual gringo, sino que a veces rima. Por esta razón o quizás por una simple ironía del destino el otrora poderoso y arrogante hombre de Panamá, Manuel Noriega, seleccionó al Nuncio Apostólico en Panamá, monseñor José Sebastián Loboa, como el objeto de sus desafueros verbales. Al sobrevenir la invasión gringa de 1989, fue precisamente monseñor Loboa quien lo refugia en la sede apostólica que es de inmediato sitiada por las tropas gringas. El mismo recinto diplomático había servido de santuario, poco antes, a Guillermo Endara, el hombre que sustituye a Manuel Noriega en el poder.

Monseñor Giacinto Berlocco, hasta hace poco Nuncio Apostólico de la Santa Sede en Caracas, negoció entonces, en nombre de la Santa Sede, la entrega de Noriega a las autoridades de EE UU donde es enjuiciado y condenado a 17 años de presidio por cómplice de lavado de dinero y tráfico de drogas.

Cumplida la sentencia, Noriega es extraditado a Francia. Esta semana el fiscal, Michel Maes, solicitó la pena máxima y sostuvo que el papel de Noriega “fue simple y claro: proteger el transporte regular de droga por Panamá y de sumas de dinero íntimamente vinculado con el narcotráfico de Colombia”.

 
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