LA COMUNA DE PARIS, LA REVOLUCION SEGÚN MARX

Fabio Solano
solanofabio@hotmail.com

*El objetivo de este alzamiento fue destruir al Estado Burgués para sustituirlo por el Estado Obrero, y fue exaltado por el teórico alemán como el ejemplo práctico de su teoría

El hombre se ajustaba los quevedos para poder leer aquel papel un poco amarillento, con pliegos arrugados, casi como los dedos que lo sostenían. Don Pedro estaba cerca de la ventana, buscando la luz que los años le negaban, mientras el dependiente atendía a la señora que había entrado para ver los muebles nuevos, importados de Trinidad, aunque eso muy pocos los sabían, pues oficialmente el almacén “Mueblería Londres”, los ofrecía como europeos, “lo último en ambientes para recibir a sus amistades”. El comerciante estaba un tanto emocionado, pues tenía tiempo que no recibía carta de Fernando, a quien había enviado a Paris a estudiar en la universidad. Era un verdadero sacrificio, pero era su único hijo y bien valía gastar los pesos en su educación. Ya tenía un año allá, pero poco se sabía de lo que hacía pues el correo a Caracas era lento.

Don Pedro alisó los folios contra la pulida y brillante madera del escritorio, y torciendo un poco el torso, procedió a leer la carta, fechada en Paris, 1871. “Buen día querido padre. En primer lugar quiero saludarte con un gran abrazo, y que le lleves mis saludos a la tía Ernestina y a mis estimadas primas. ¿Cómo sigue tu pierna? Espero estés tomando los medicamentos que te recomendé en mi última carta. Son lo mejor para la gota. Por aquí lamentablemente debo decirte que nada está tranquilo, y en vista de las circunstancias me he alejado un poco de Paris, invitado por la familia de la señorita De Valois, que como tú sabes, ha tenido mi preferencia sentimental en los últimos tiempos. Ella y sus padres se han mudado temporalmente a Lyon mientras pasa este desorden, y yo también me he ido a esa ciudad, a un hotelito el cual sale más barato.

Karl Marx

“Ya me imagino que en nuestra atrasada Caracas las noticias no llegan a tiempo y por ello intentaré explicarte cómo suceden las cosas por estos lares. Los prusianos lograron ganar a los franceses de Napoleón III, pero mientras esto sucedía, en Paris, sin que nadie se diera cuenta, se preparó una revuelta. Al parecer hay un barbudo alemán llamado Marx, quien inspira, escribe y ordena agitar a la gente que no tiene dinero. Esos son los obreros básicamente, quienes seguro no serán muy conocidos en Venezuela, pero en Europa han comenzado a aparecer por miles, pues aquí se está desarrollando la industria con grandes fábricas. En fin para no meterme en honduras, miles de estas gentes que reciben un pago por día de trabajo, el salario, se levantaron en armas aprovechando el desorden de un París casi a la deriva. Y entonces se declararon comuneros. Eso también es nuevo.

Ellos derrocaron el gobierno municipal de París, que tenía siglos de instaurado, y declararon La Comuna, una asamblea de 90 personas. Ellos pretenden ser sus propios jefes, elegir delegados por distrito y entonces discutir de todo en la comuna. De primera expulsaron al ejército y a la policía, creando una milicia con los revolucionarios armados, sus propios

soldados. Se declararon como un gobierno revolucionario, con los obreros como jefes, aunque también participan abogados, periodistas y artesanos. Ellos siguen las recomendaciones del Marx, quien en 1848 anunció que venía el fantasma del comunismo.

“Para que mejor entiendas lo que es la comuna y la revolución, te diré que los comuneros han eliminado la propiedad privada. Si estuvieran en Caracas ya te hubieran quitado tu negocio y seguramente confiscarían nuestra casa. Quieren imponer reglas nuevas y extrañas: Todos somos iguales, nadie puede tener más que los demás, y que todos ganaran un salario de obrero. O sea que no habrá patrón. En verdad es una cosa medio anárquica, donde la palabra libertad siempre sale a flote. Por supuesto, quien no esté de acuerdo corre el riesgo de que lo detengan y lo pasen por las armas. Por eso me fui a tiempo de la ciudad, haciendo caso al señor de Valois, quien así me lo sugirió. Así que no te preocupes por tu hijo, pues tuvo el acierto de irse de Paris. De todas formas, por los vientos que soplan eso de la Comuna no va a durar mucho y cuando las aguas vuelvan a su nivel regresaré. Mientras tanto, mándame el dinero a la misma casa de crédito, pero en Lyon. Un abrazo padre. Cuídate mucho de la gota”.

EL FANTASMA DEL COMUNISMO

Los movimientos sociales que convulsionan a una sociedad no son gratuitos y no se producen por simples deseos de los políticos o líderes. Siempre habrá una causa, visible o no, y en ellos tiene que ver las más de las veces el tema económico. Esos movimientos telúricos, a veces llamados revoluciones, son ineludibles. Lo inteligente está en cómo conducirlos o confrontarlos, según el bando donde se ubiquen quienes se vean involucrados en la situación. En Europa, en los inicios de la era industrial, Francia era uno de los países donde el ambiente era propicio para una revolución, de acuerdo a los postulados de Marx, el gran teórico de la nueva clase social emergente, los obreros. Este país había tenido la gran revolución francesa en 1789, que no era proletaria precisamente, pero si fue sangrienta y radical, de la mano de Robespierre y su guillotina. Después apareció Napoleón y su imperio y el retorno de los borbones. En 1848 otro de esos movimientos revolucionarios asoló al país galo, y fue en ese año cuando apareció el barbudo alemán, Marx, quien lanzó el famoso manifiesto que se inicia con “Un fantasma recorre el mundo, es el fantasma del comunismo…”.

En Francia, luego de derrotada esa revolución de 1848, hubo una época de bonanza económica. En principio, de acuerdo con las normas republicanas, fue electo Presidente constitucional Luis Napoleón Bonaparte, sobrino del antiguo emperador. La democracia no duró mucho, pues en 1851, haciendo honor a su tío, el mandatario se convirtió en Napoleón III, con la aprobación de los elementos más conservadores de la época. El bienestar duró poco debido a los grandes errores cometidos por el nuevo monarca, y más de una vez fue a la guerra para exacerbar el nacionalismo francés. Veinte años después, este Napoleón estaba agotado como gobernante, y en un último intento de sobrevivir declaró la guerra a Prusia, en medio de la peor situación económica que vivía el pueblo francés. No había pasado un año cuando fue derrotado y apresado por el bando rival.

Ante el fracaso total, los franceses instauran de nuevo la República, y colocaron al mando a Louis Adolphe Thiers, quien procedió a negociar la paz con Prusia, en términos de verdadera desventaja para Francia, lo cual incluía el pago de cinco mil millones de francos que no existían en el tesoro. Firmado el Tratado de Frankfurt, los prusianos que ya ocupaban buena parte de Francia, exigieron ir a Paris, pues necesitaban ocupar la capital para demostrar al mundo que su victoria había sido total. Thiers y su nuevo gabinete ejecutivo, conformado por representantes del comercio y de la producción industrial, lo que un experto en clases sociales llamaría la burguesía emergente, se instaló en Versalles, en las afueras de Paris. Los nuevos gobernantes sabían que la ciudad no los recibiría con los brazos abiertos, y prefirieron no correr riesgos. Acordaron con los prusianos una corta ocupación ceremonial en una parte de la ciudad, para evitar males mayores.

La verdad era que Paris en ese momento era el perfecto caldo de cultivo para iniciar una revolución y así lo comprendieron los dirigentes de todas las tendencias, desde el anarquismo puro, hasta los furibundos socialistas radicales. El sentimiento nacionalista del parisino estaba bien sentido, pues muchos de ellos habían luchado contra los prusianos durante la corta guerra, y ahora tuvieron que aceptar la presencia del enemigo en plan de vencedor. A ese repudio se le unía lo más grave, que no había alimentos para la población. Todo era un caos, la policía había sido echada por las turbas, nadie tenía autoridad legítima, pues todos los dirigentes parisinos coincidieron en rechazar el gobierno de Thiers. Fue cuando un grito comenzó a oírse en las calles, en los distritos más populares: ¡La république démocratique et sociale!


ESTALLA LA COMUNA

El 18 de marzo de 1871, Thiers ordenó tomar 400 cañones almacenados en la colina Montmartre. Esas armas eran un remanente de la guerra, y la milicia creada por los revolucionarios de París habían decidido “guardarlos”. Las tropas del gobierno de Versalles no acataron el mandato y más bien se amistaron con sus colegas de la Guardia Nacional. Un general llamado Claude Martin Lecomte exigió a sus soldados disparar contra la milicia parisina, y en vez de ello lo bajaron de su caballo, para luego fusilarlo en compañía del general Clement Thomas. En ese momento comenzó la rebelión, pues otras unidades del ejército regular fueron atacadas, por lo cual fueron evacuadas de inmediato. Entonces como único mando en Paris quedó el comité central de la Guardia Nacional, el cual declinó su autoridad para convocar a elecciones municipales.

El 28 de marzo se decretó la primera Comuna que la historia conoce: 92 delegados se instalaron en el poder, con una mayoría obrera, incluyendo también periodistas y abogados, representando todas las tendencias, desde socialistas, anarquistas, reformistas, o republicanos, hasta antiguos jacobinos. De inmediato los miembros de este consejo o concilio se aprestaron a gobernar para los dos millones de habitantes de Paris y procedieron a tomar decisiones radicales. Por primera vez en la historia de Francia un nuevo poder reemplazaba al milenario poder municipal y aspiraba a extender esa modalidad a todo el país. Lo que sucedió de inmediato, durante los 61 días que existió la Comuna de París, ha sido tomado como ejemplo para hacer realidad una revolución socialista, y fue tanta la importancia para sus seguidores, que el propio Karl Marx la calificó como la realidad práctica de su teoría marxista, la cual plantea la destrucción total del estado burgués, para sustituirlo por un estado obrero. El alemán estaba tan entusiasmado con los acontecimientos que envió a Paris a su yerno, Paúl Lafargue, a trabajar con la Comuna y también para recibir de primera mano información sobre de todas las decisiones de los revolucionarios.

Lo primero que hicieron los alzados fue sustituir al ejército convencional por una guardia nacional revolucionaria, “el pueblo en armas”. Desde el consejo comunal nombraron una comisión ejecutiva con todas las potestades, incluyendo el legislativo y el judicial, centralizando así el poder en unos pocos. Desde la ejecutiva salían comisiones en diversos temas y fue así como la encargada del poder judicial destituyó a todos los magistrados, para que el pueblo eligiera a los nuevos jueces y obtuviera justicia gratuita. Los alquileres fueron congelados, las deudas también corrieron la misma suerte y se decretó que todo funcionario ganaría un salario igual al de un obrero. Se expropiaron todos los bienes de quienes se marcharon de la ciudad. Decretaron la libre asociación de personas, pero al mismo tiempo ordenaron la detención de “saboteadores y espías”, entre quienes resultaron ejecutados algunos prelados católicos.

Con respecto a la iglesia permitieron sus actividades en la mañana, pues en la tarde todos los templos fueron obligados a permanecer abiertos, para que el pueblo asistiera a reuniones políticas. En cuanto a la propiedad industrial se estableció “el derecho de los empleados a tomar el control de una empresa si fuese abandonada por su dueño”. Como diría luego el propio Marx: “La Comuna fue el gobierno de la clase obrera, expresión última del conflicto entre la clase productora contra la clase apropiadora que se adueña del producto de su trabajo”. Sin embargo, del otro lado, los desplazados del poder temporalmente hacían fuerza para que el gobierno constitucional tomara medidas drásticas, para acabar con la revolución impuesta en la capital. Los propietarios de las fábricas, los dueños del comercio, los burgueses capitalistas, presionaban para volver al anterior status, y para ello contaban con el ejército francés republicano.

El 2 de abril de 1871 las tropas de Thiers atacaron por primera vez a Paris y entonces los alzados de la Comuna supieron que no habría descanso ni paz. La lucha fue dura y sangrienta de lado y lado. Hasta el 28 de mayo los revolucionarios pelearon distrito por distrito, desorganizados a pesar de que habían recibido ayuda de extranjeros, incluyendo un general polaco, y de la propia gente enviada por el partido de Marx. Como ejemplo de las atrocidades cometidas por los dos bandos, está lo sucedido el 27 de mayo cuando una multitud dirigida por los revolucionarios asesinó a 50 rehenes indefensos, entre quienes estaban sacerdotes católicos.

Del bando del gobierno de Versalles tampoco fueron nada nobles y al día siguiente, cuando finalmente cayó Paris, se supo que más de cien obreras, conocidas como “las petroleras”, fueron fusiladas en el muro del cementerio de Père Lachaise. En total se calcula que unos 50 mil franceses resultaron muertos en combate o fusilados sumariamente durante este alzamiento. Siete mil fueron exiliados y Paris vivió los siguientes cinco años en estado de sitio, bajo ley marcial. En 1889 se dictó una amnistía general para quienes participaron en estos hechos, los presos salieron en libertad y los exiliados regresaron.

Así terminó la Comuna de París, un experimento que apenas duro 61 días. Luego vino la revolución rusa con los soviets obreros, copia de la comuna, y esta vez pasaron 60 años antes de que se evidenciara su fracaso. A pesar de ello, en estos días, con más de un siglo de atraso, todavía hay quien pretende instaurar la comuna marxista, para destruir al “Estado Burgués y sustituirlo por el Estado Obrero”, según los sueños del barbudo alemán.

 
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