VAIVÉN DE LA OEA

Manuel Felipe Sierra

FABULA COTIDIANA
MANUEL FELIPE SIERRA

manuelfsierra@yahoo.com

En sólo doce meses la OEA ha sufrido un cambio dramático. En junio del año pasado en la asamblea de San Pedro Sula, la organización demostró responder a la influencia de los países del ALBA encabezado por Venezuela. En una sorpresiva resolución se exhortó el regreso de Cuba al seno del organismo, de donde fue excluida en los años sesenta por adherir el comunismo soviético e intervenir en los asuntos internos de otras naciones.

José Miguel Insulza

La invitación le ofreció a Raúl Castro la oportunidad de la revancha. El gobierno de La Habana respondió que no era prudente el retorno a una casa que había abandonado durante un buen tiempo sin que ello hubiese comprometido la sobrevivencia de la revolución.  Se trataba, sin embargo, de un signo de la recomposición política que sufría el viejo “ministerio de colonias” de los Estados Unidos. A los días, la crisis desatada en Honduras con la salida de Manuel Zelaya armó el escenario para su diligente actuación de manos de José Miguel Insulza, un personaje notablemente patético. Sin conocimiento de los hechos ni intermediación previa se condenó como “golpe de estado” la decisión de los poderes hondureños que designaron a Roberto Micheletti como presidente encargado. Se decretó un cerco y se aplicaron severas sanciones económicas y diplomáticas a la nación centroamericana; mientras otros órganos actuaban en la misma dirección decretando de esta forma la segura y rápida extinción del gobierno de facto.  Las resoluciones demostraban que la OEA estaba en manos del ALBA de manera directa o indirecta. Los países de la alianza (Bolivia, Venezuela, Nicaragua, Ecuador, Cuba, Antigua y Barbuda, Mancomunidad de Dominica, San Vicente y las Granadinas) influían sobre un conjunto de países permisivos aunque no plenamente solidarios con los objetivos de la propuesta. Chile, Uruguay, Brasil, República Dominicana, Guatemala y El Salvador apostaban  a la defensa de la unidad y los principios generales de la organización. El comportamiento de la OEA  también se correspondía con una nueva realidad política: buena parte de los gobiernos nacidos del voto se entusiasmaban con la moda de prolongar los mandatos presidenciales. Cobraba fuerza la tendencia señalada por Fernando Mires de los “golpes desde el Estado”, es decir, a partir de la legitimidad de origen se avanzaba en la deslegitimación de los desempeños. Chávez había exportado una fórmula más que tentadora. Se proponía una suerte de “combo Mc Donald`s” que consistía en ampliar las victorias electorales mediante procesos constituyentes de los cuales nacían nuevas constituciones; y éstas habrían de asegurar las reelecciones presidenciales de manera indefinida.

Precisamente, el afán reeleccionista de Zelaya había decretado la crisis de Honduras que finalmente fue solventada por la decisión democrática de los hondureños en contraposición al tutelaje de los organismos multilaterales. En otros contextos, la fórmula funcionó sin problemas como en Ecuador, Bolivia y Nicaragua. Sin embargo, en la medida que el proyecto chavista pasaba de los reacomodos políticos al ámbito económico las cosas habrían de complicarse.  La experiencia revolucionaria venezolana no es factible en otras naciones y menos aún sin que se produzca una reconversión a fondo de las fuerzas militares. Rafael Correa en Ecuador, hizo aprobar un texto constitucional que recoge demandas populares y ello le ha permitido impulsar algunos cambios significativos. No obstante, no ejerce el control de todos los poderes (estaría a punto de perder la mayoría parlamentaria por la aprobación de una controversial ley de medios); y menos aún tiene influencia decisoria en la institución castrense. Evo Morales en Bolivia agota una agenda de cambios nada novedosos en la movediza arena histórica boliviana, pero tampoco puede avanzar hacia la configuración de un modelo totalitario; y Daniel Ortega en Nicaragua, no pudo en los años 80 (en el marco de la Guerra Fría) imponer el socialismo soviético-cubano; y menos ahora cuando gobierna en alianza con sus enemigos históricos y enfrenta un cuadro de ingobernabilidad.

Álvaro Uribe

Al mismo tiempo los aliados indirectos del ALBA tienden a alejarse de ésta en virtud de las dinámicas nacionales como ocurrió en Chile con la elección de Piñera y como posiblemente ocurra en Brasil y Argentina en los próximos meses. De esta manera, las expectativas creadas por el ALBA languidecen inevitablemente y ésta se reduce en los hechos a los socios iniciales: Cuba y Venezuela. No es de extrañar entonces que esta semana Chávez haya sido sentado en el banquillo de los acusados de la OEA señalado por Álvaro Uribe por sus vinculaciones con la narcoguerrilla colombiana. Hace dos años cuando las computadoras dejadas por Raúl Reyes pusieron en claro estas relaciones, Uribe se abstuvo de concretarlas por la mediación de otros gobiernos y en esos días la amenaza se disolvió en un abrazo forzado entre los dos mandatarios.

Hugo Chavez

El simple hecho de que el tema sea reactualizado y planteado formalmente ante la OEA, revela un cambio notable en el organismo y al mismo tiempo demuestra el retroceso de la estrategia chavista, que pudo avanzar en la medida que no mostraba sus propósitos finales ni su verdadera contextura ideológica. Chávez es posible que plantee el abandono del organismo o insista en un órgano paralelo que pareciera no tener vida sin el oxígeno de Estados Unidos. En cualquier caso, una cosa es cierta: el inefable José Miguel Insulza, ya ratificado como Secretario General, ha demostrado la propiedad del corcho para flotar al vaivén de las más furiosas tormentas.

 
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