Cuidado con Manuelita

JESÚS HERAS –

Hubo distintas interpretaciones sobre las intenciones que tuviera el Presidente al traer, primero, los restos simbólicos de Manuelita, desde el árido puerto de Paita, al norte del Perú, cruzando las fronteras de su patria, Ecuador, internándose luego en Colombia y, finalmente, encontrándose, no ella, sino las arenas del sitio donde murió, con su ser amado, quien -sin embargo- impávido permanecía en urna sellada, a la espera de las primeras horas de la madrugada, cuando en la fecha más próxima a su cumpleaños -227 años cumpliría Simón- la Luna desapareciera al ocultarse exactamente en el punto intermedio entre la Tierra y el Sol.

Así tenía que ser, en una noche negra-negrita, como lo habrían prescrito los oficiantes quienes, vestidos de un blanco impecable, el Presidente incluido, hemos de suponer, abrirían la urna para dar renovado poder a quien se siente falto de fuerzas -y de medios- para superar la crisis que se le viene encima. Pero a Manuelita quedó fuera. Sería sólo el Presidente y no su ardiente amada, quien sentiría la llamarada que emanaba de los huesos sagrados de quien nos dio la libertad. Ésta es una interpretación.

Pero no sería curiosamente el hijo de Sabaneta quien resucitaría. A unas mil millas al Norte, sería otro cadáver insepulto -la frase es de Betancourt- quien cobraría vida. De pronto Fidel Castro, el líder de la Revolución eterna, comenzaba a hacer anuncios proféticos y por vez primera en varios años salía de su casa, apareciendo en sitios públicos y culminaba su inicial periplo rindiendo homenaje al poeta José Martí, padre simbólico de su pequeña patria, en una fecha, el 26 de julio, en la que -sin embargo- se conmemora su primera hazaña armada, la de Fidel, su asalto al Cuartel Moncada en Santiago de Cuba.

Una segunda interpretación, no excluyente de la primera, tiene que ver con el sarcófago al que fueron destinados los restos del Libertador, y la ceremonia en la cual, el Presidente, acompañado de su vicepresidente, colocaba sobre el ataúd la bandera nacional, ahora con sus ocho estrellas, cobrando esa, la octava estrella, una nueva connotación, porque así como pudo representar inicialmente a Guayana, sería ahora -vista la resurrección- símbolo de la nación cubana, la octava isla en el argot canario, y del sometimiento definitivo de nuestro país a los designios de su líder, quien desde hace algún tiempo, define las actuaciones de nuestro Presidente, emitiendo órdenes que le son transmitidas por su procónsul, el Comandante Ramiro Valdez.

En este contexto, la suerte de Venezuela, encarnada  en Bolívar, o Bolívar encarnado en Venezuela, quedaría por siempre atrapada en su nuevo ataúd, cubierto por una bandera, la nuestra, simbólicamente trocada en camisa de fuerza de nuestra soberanía nacional.

Sólo que a Manuelita la han dejado fuera, y es ella, -y ningún otro- la Libertadora del Libertador.

 
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