El apetito del monstruo

Ricardo Bello

Ricardo Bello

El 31 de julio de 1944 en la mañana, Antoine de Saint-Exupéry, decano de los pilotos de guerra de los ejércitos aliados en la II Guerra Mundial, partió a bordo de un avión para efectuar fotografías de reconocimiento a gran altura de objetivos militares nazis en Europa. Tenía previsto regresar a mediodía, pero nunca lo hizo. Fue interceptado por un avión de combate alemán que lo derribó sobre las aguas del Mediterráneo, muy cerca de su amada Francia. Saint-Exupéry no sólo era el aviador con más experiencia de las tropas francesas, sino que era además uno de los mejores escritores del mundo. Sus libros: Piloto de guerra, Correo del Sur, Vuelo nocturno y sobre todo El Principito habían sido traducidos a varios idiomas. Tanta era la admiración y el respeto que despertaba que el propio Presidente Roosevelt lo autorizó para volar las nuevas aeronaves norteamericanas Lightning P-38, reservadas únicamente para pilotos con menos de 30 años de edad. El escritor tenía 44, pero su experiencia ya le había valido varias condecoraciones, la última de las cuales otorgada apenas un mes atrás por su heroísmo y valor en una misión en los Alpes.

El francés Saint-Exupéry se ganó un lugar en la historia de la literatura con “El Principito”, de 1943, editado un año antes

El oficial alemán Horst Rippert, sobrevolaba el Mediterráneo ese mismo 31 de julio en su avión de combate a fin de limitar las expediciones aéreas aliadas. Cuando vio el avión de Saint-Exupéry, lo interceptó y lo derribó. Horst Rippert mantuvo en secreto durante décadas el triunfo militar de ese día, pues había comenzado a volar al leer sus libros y era un ferviente admirador suyo. De haber sabido que el escritor iba en ese avión, le confesó a un periodista muchos años más tarde, me hubiese alejado sin dispararle. He cargado con esa culpa en mi conciencia toda mi vida y no podré liberarme de ella jamás. Lo interesante es que el escritor y aviador francés era enemigo acérrimo de los totalitarismos y había peleado en el aire contra los alemanes desde la I Guerra Mundial. En uno de sus libros –Cartas a un rehén– daba sus impresiones sobre el comportamiento extraño de algunos hombres y mujeres que se negaban a reconocer el peligro del militarismo. Ignoran el apetito del monstruo, decía, y se comportan como si fuera época de fiestas, propicia para visitar casinos y bares. Algunos países pequeños, como Portugal, se resistían a creer en la maldad y la destrucción en ciernes. El continente entero, atrapado bajo las garras de la ambición hitleriana, pesaba como una montaña gigantesca en la mente de esas personas y sin embargo, se negaban a reconocer los signos inequívocos de la invasión de la barbarie, ya en las puertas de la casa.

La lucha de Saint-Exupéry no era sólo contra el totalitarismo. Se aferraba a principios de orden espiritual. Detestaba la época que le había tocado vivir, donde militares de muy poca formación intelectual, sedientos de poder y desprecio por las ideas, intentaban controlar la sociedad. La decadencia espiritual de los países sometidos a la bota nazi era aterradora. Si su suerte era morir en un combate aéreo, llegó a escribir, tal como le sucedió en la vida real, será lo mejor. ¿En qué trabajo podré refugiarme, si a mi país lo han transformado en una pila de cenizas, arrojada a un abismo moral sin fondo, donde se esconden la incompetencia y la avaricia? Hay una sola tarea pendiente, trató de explicarle a su Comandante: debemos regresarles a los hombres su significación espiritual. Debemos hacer que llueva sobre ellos el equivalente a un canto gregoriano. Sin belleza, y la belleza es de orden moral, la vida misma carece de sentido.

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