El ojo de los rojos

Argelia Rios


Argelia Ríos
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Los ciudadanos deben comenzar a mirarse del modo como los miran sus secuestradores

Con todo el poder en sus manos, los miembros de la nomenclatura bolivariana -y su hiperlíder- no se sienten empoderados. La resistencia de la sociedad venezolana les impide sentirse seguros del control que han conseguido ejercer. No es temor exactamente lo que manifiestan: aunque puede haber una dosis de susto -porque el país le ha mostrado el pecho durante once años-, lo que les mueve, lo que les estimula, es el afán por reforzar y consolidarse en el poder.

El reforzamiento que procura el elenco rojo busca reducir el factor de riesgo que le representa esa enorme masa de ciudadanos a la cual no se ha logrado oprimir. Si bien todos reconocen que en la calle gravita el sobresalto, no creen haber logrado el objetivo de degradar el espíritu ni la consistencia, cada vez más espesa, de la crítica. Lo que se han propuesto es sembrar la pusilanimidad de la nación, que se mantiene levantisca y que, poco a poco, parece acercarse a una crucial encrucijada: ésa en la que aparecerán, inevitablemente, nuevas manifestaciones de rechazo al comunismo: expresiones menos tolerantes, y más radicales, frente a la imposición en Venezuela del modelo comunista cubano.

El clan revolucionario conoce bien lo que tiene enfrente: y lo conoce mucho mejor de lo que la resistencia se conoce a sí misma, convencida como ésta se encuentra de que sólo tiene en su haber una ristra de experimentos fracasados, o incompletos, según se le vea. Los secuestradores del poder intentan blindarse porque no desestiman lo que el país, en cambio, suele subestimar permanentemente: la potencia devastadora de su resistencia firme y terca, aunque ella haya atravesado un período de pasividad, rayano en la conformidad y la anuencia.

El poder toma el abuso como precaución, e intenta evitar la eventualidad de un giro que, de ocurrir, produciría un definitivo choque de trenes. Una suerte de guerra asimétrica, en la que los venezolanos -reconociendo su poder y decididos a ejercerlo- conseguirían constituirse en una auténtica amenaza para la revolución. Sólo entonces los postulantes del modelo cubano sentirán genuino temor a los ciudadanos, que, negados a navegar hacia “el mar de la felicidad”, les colocarán en el escenario de repeler con represión sostenida una nueva ola de protestas callejeras.

Son tiempos duros los que se avizoran. La revolución lo reconoce y actúa para lograr la rendición de los venezolanos. Pero la sociedad aún está a tiempo de negarse. Cuando ella se reconozca a sí misma como una fuerza poderosa, sucederá el giro que la nomenclatura roja ya intuye… Los ciudadanos deben comenzar a mirarse del modo como los miran sus secuestradores: como una masa gigante, viva, enérgica, con capacidad y valor para definir el destino que desea darse.

 
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