En defensa del amigo

Victor Bolívar

EN TIEMPO REAL

Víctor Antonio Bolívar

La mayor demostración de amistad que ha recibido las FARC en sus largos 54 años de vida, está implícita en la decisión unilateral del presidente Chávez de romper relaciones con Colombia en un acto cómplice de protección con quienes tienen un proyecto político que él comparte y respeta. Ante ese hecho trascendente, vale preguntarse por quién rompemos.

Ese grupo irregular que se formó con una esencia ideológica marxista-leninista, convirtiéndose en el brazo armado del partido comunista colombiano, se perdió en un entramado de lamentables ejecutorias cuando, amparados en condición de guerrillas, se convirtió en el primer cartel del tráfico de drogas del mundo.

Se estima que las FARC obtienen el 78% de sus recursos del narcotráfico, y la mayor parte del dinero que logran por este delito es por el impuesto al “gramaje”, pagado por cada gramo producido por los campesinos cocaleros y grupos narcotraficantes, superando con creces lo que fueron antes sus principales fuentes de ingreso: los secuestros, la extorsión (a través de vacunas) y el robo de ganado. Para lograr su cometido llevan a cabo ataques con armas no convencionales, apelan al reclutamiento forzado y a la siembra de minas antipersonales, y al terrorismo.

El Gobierno de Venezuela no las considera terroristas, cuando la Unión Europea y muchos países así las califican, y solicita se les otorgue un estatus de grupo beligerante. Otros como Brasil, a pesar de que las consideran un asunto interno de Colombia, les han prohibido entrar en su territorio, manifestando que si penetran sus fronteras, serán “recibidas a bala”.

Ese grupo guerrillero es el mismo por el cual nuestro Comandante en Jefe se rasga las vestiduras. La crisis diplomática que generó entre los dos países la muerte de Raúl Reyes, tras el bombardeo colombiano, es el mejor antecedente de la clara solidaridad que existe con la narcoguerrilla.

El oficialismo incorporó a Colombia en sus odios estratégicos, un tipo de desafecto que Betancourt consideraba la forma a la que apelan los autócratas para procurarse un enemigo externo. Con el hermano país, hubo que recurrir al rompimiento para así no dar ninguna explicación a las bien fundamentadas evidencias que, tras el ataque colombiano, se obtuvieron sobre el permanente respaldo y protección de nuestro gobierno a las FARC.

Ya en agosto pasado, el insólito canciller patrio recibía instrucciones para que fuese preparando la ruptura por considerar que una mayor presencia militar estadounidense en la vecina nación suponía una amenaza a su proyecto socialista.

Para este régimen el mensaje hacia adentro es que Colombia, ayudada por los norteamericanos -con quienes no hemos roto relaciones- prepara una invasión a Venezuela, de la que seguramente nos defenderemos con el apoyo de las FARC. Se ha sabido que la inteligencia militar colombiana ha interceptado comunicaciones de las FARC en las que usan el sobrenombre de El Amigo para referirse a quien desde aquí les brinda apoyo.

Pero la mayor irresponsabilidad gubernamental, en esta suerte de política a retazos, subyace en sus verdaderas intenciones: distraer la atención sobre las carencias del pueblo, en el marco de la incertidumbre que siente sobre si mantendrá o no una mayoría calificada en el nuevo parlamento de este país secuestrado.

El régimen ha hecho un llamado para que sin distingos de nuestra postura política nos unamos se supone para rechazar las evidencias que Colombia presentó ante la OEA sobre la supuesta presencia de las FARC y el ELN en territorio nacional. Lo haremos, pero para manifestar nuestro absoluto repudio a semejante temeridad.

 
Víctor A. Bolívar C.Víctor A. Bolívar C.
Top