Morir de nuevo

Alberto Barrera Tyszka

Alberto Barrera Tyszka
abarrera60@gmail.com

La tumba de Bolívar está abierta sólo porque alguien siente un latido, porque alguien cree que el Libertador fue asesinado.

Se abre el telón y aparece Hamlet, el mismo, el de siempre, el príncipe de Dinamarca. Avanza cargando una valija. Es una maleta azul, gastada por los años. En el brazo izquierdo, para ayudar al auditorio, trae acunada la típica calavera que identifica al personaje.

Hamlet viste traje safari y lleva puesto un sombrero de paja. Luce algo incómodo con esa ropa. Se detiene, mira hacia el frente, otea también hacia sus lados, buscando. Tras unos segundos, exclama: “¿Ya llegué? ¿Esto es Venezuela?”.

Se cierra el telón.

Primer Acto

Es muy difícil negar que el pasado viernes 16 de julio los venezolanos asistimos a una muy particular obra de teatro. Por más que el Gobierno insista en reelaborar lo ocurrido y mostrarlo como un simple proceso técnico, científico, ya es muy tarde.

El espectáculo ya ocurrió. No importa lo que asegure Elías Jaua: nada de lo que se hace, sin aviso y a las 2:00 de la mañana, es transparente. La apertura del sarcófago del Libertador, y todo lo ocurrido esa madrugada, no pertenece al discurso de la información, no califica como noticia sino como representación. Todos los venezolanos, de bando y bando, lo sabemos. Más allá de la interpretación que cada quien quiera darle. No era una primicia. Estábamos ante una ceremonia.

Segundo Acto

Se abre el telón: en un costado del escenario, se encuentra la fiscal general de la República. Su figura destaca sobre un fondo completamente negro. Está detenida frente a un pequeño esqueleto de plástico, detallando con interés los huesos. En el costado opuesto sólo caen gotas de sangre. De manera acompasada, puntual. Cada vez a mayor velocidad y de manera más dispersa. Pronto podrían ser una lluvia. Mientras baja el telón, ella sigue sin voltear.

Al igual que en la conocida pieza de Shakespeare, el origen de todo pertenece al territorio de lo inasible, de la intuición, del sueño. Un pálpito o un fantasma pesan lo mismo. La tumba de Bolívar está abierta sólo porque alguien siente un latido, porque alguien cree que el Libertador fue asesinado. No tiene ninguna prueba. No posee otro argumento más sólido que su vocación personal. Supone que puede oler el crimen a la distancia de 180 años. O, al menos, esa es la excusa.

Mientras el asesinato de Danilo Anderson, por nombrar un caso emblemático, sigue sin resolverse, el Ministerio Público tiene “el honor” de tratar de reinventar la muerte de Bolívar.

Intermedio

Algunas ideas sueltas para el intermedio: en Fuerte Tiuna juegan una caimanera futbolística entre el equipo bolivariano y un equipo del resto del mundo, capitaneado por Maradona. Ganan los locales cinco a dos.

Todos los goles (incluso los goles en contra) los mete el mismo jugador. El Gobierno organiza un desfile especial para el anuncio del envío de tanques al Vaticano. En acto público, se decreta el lanzamiento de un plan nacional para frenar la inflación y el desempleo: nombrar a un representante del Estado en la junta directiva de Globovisión. En cadena nacional, se comienzan a transmitir las promociones del próximo tour de los dos ligaditos: “Ahí viene Fidel”.

Tercer Acto

Se abre nuevamente el telón: no aparece nada sobre el escenario. Todo está lleno de sombras. Sólo se escucha un tecleo rápido. Es la voz del Twitter, como un opaco médium, mandando sus señales. No se puede ver con claridad lo que ocurre porque lo que ocurre justamente está en el más allá. El telón no cae: se desliza. Poco a poco, muy despacio.

El uso de la figura del Libertador cuenta con una larga tradición en la historia política del país. Pero quizás nunca como ahora había existido una voluntad tan mediática y mesiánica. Ya las cenizas del culto también son un show. El Gobierno ha convertido la patria en género televisivo.

Quieren reinventar nuestros símbolos, transformar la memoria. Intentan imponer un nuevo mito de la nacionalidad. Aludiendo a la propuesta oficial de reconstruir ­con la ayuda de un software especializado­ las facciones del Libertador, el escritor Javier Guerrero ha puesto a rodar una duda que sintetiza extraordinariamente la mejor suspicacia ciudadana ante las maniobras de poder: ¿A quién se parecerá ahora la cara de Bolívar? Quizás ahí respira el sentido más secreto de esta representación. Tal vez por eso Bolívar debe morir de nuevo. Para resucitar con otro rostro.

Finale

Se abre el telón: se avisa al público en general que, a partir de este momento y hasta nuevo aviso, el país no existe. La función permanecerá abierta de manera indefinida, hasta que aparezca, vestido de gala y sobre un caballo blanco, nuestro nuevo libertador. ¡Viva la revolución!

 
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