Analfabetas de alma

Jonathan Humpierres (*Juan Diego)

Juan Diego y sus reflexiones
Jonathan Humpierres

juandiegocd@yahoo.com

“Educar no es dar carrera para vivir, sino templar el alma para las dificultades de la vida.” Pitágoras

La ecuación del complejo sistema integral de la educación, pareciera invocar y  reforzar la epidemia más profunda de nuestro joven siglo: la crisis humanística.

Vivimos en una centrífuga agitada de aceleración continua, bajo postulados engañosos de un supuesto nuevo pensamiento filosófico, que procura como única finalidad la ficticia línea de lograr el triunfo.

Somos críticos feroces de nuestra realidad, de nuestra sociedad, de nuestra política, tenemos el hábito soberbio de la visión omnipotente; del análisis acartonado y de la recurrente evasiva de sentir que no somos responsables frente al mundo en el que nos toca transitar.

El núcleo genuino de formación para la construcción de una sociedad se rige bajo dos exclusivos pilares estructurales, la familia y la educación escolar, allí reposan la herramientas claves para tallar al individuo, al hombre que asumirá el compromiso de ejercer la tan mencionada “generación de relevo”.

Pero alguna vez nos hemos preguntado con coraje desbordado, ¿qué clase de hombres y mujeres estamos preparando? ¿Nos hemos detenido en algún momento con franqueza cierta para revisar qué clase de educación formal reciben nuestros hijos en el colegio? ¿O estamos bajo la tónica espeluznante de basar tan profunda tarea en lo que los grandes rectores de la educación denominan “índices académicos”? ¿Asumimos que la síntesis de la formación vocacional se encuentra en una boleta de calificaciones?

Pues si a cada uno de los cuestionamientos anteriores encuentran una respuesta positiva, entenderán con mayor facilidad el desastre desbordado de un mundo que está próximo a un capítulo final, al verdadero Apocalipsis: la muerte espiritual y moral  del individuo.

El ejercicio de la docencia requiere de una maestría superior al conocimiento material de alguna ciencia específica, va mucho más allá de la instrucción básica de un sinfín de materias que poco aportarán a la formación integral del alumno; es mucho más complejo que un dictado simple de conocimientos, requiere del pulso de la sabiduría y de la reflexión espiritual.

Nuestra estructura educativa y familiar está en el foso más hondo. Me alarma la frivolidad desmedida en que se han convertido las aulas; el materialismo desbordante como regla  de aceptación, la cantidad innumerable de profesores sin sentido alguno de la sacra misión que representa formar a un alumno, niños y niñas en profunda desconexión con lo verdaderamente humano, preparados para todo menos para la vida misma, sumergidos en una burbuja de cristal, frágil, que  estallará en pedazos al primer tropiezo con el mundo depredador.

Este protocolo que rige los patrones de la enseñanza académica es una sentencia a muerte a la formación de una sociedad evolutiva y sana. Si no asumimos con responsabilidad clara la dirección de la conducción intelectual y emocional de nuestros hijos estamos muy cerca de enfrentarnos a una generación estéril y poco transformadora, llena de altos índices académicos, de calificaciones extraordinarias, de títulos reconocidos, de  “triunfadores”, pero  de una  infelicidad extrema.

Estaremos entonces en  presencia de grandes analfabetas de alma.

 
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